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Roberto Juarroz: Poesía Vertical II, Fragmentos verticales (Emecé, 2005)

Roberto Juarroz: Poesía vertical. Tomo 2 Fragmentos verticales



No ceder al discurso y retener únicamente los núcleos esenciales del pensar y la poesía, renunciando a la tentación del desarrollo, responde de algún modo a la naturaleza más íntima de la creación y la visión del hombre.

Estamos sometidos al tiempo y la realidad sólo se entrega fragmentariamente y en momentos de excepción. ¿Cómo hacer entonces para no traicionar esos instantes de epifanía, al prolongarlos o extenderlos forzadamente, como si fueran una sustancia elástica? ¿Cómo no perder o licuar lo casi inasible de esas fugaces concordancias con la realidad, esos relámpagos de ser, esas intensidades que apenas nos rozan? ¿Cómo acallar nuestra veleidad de amontonar palabras y rescatar en cambio esos soplos parecidos al despertar? ¿Cómo salvar esos raptos reveladores de lo abierto yRoberto Juarroz aproximarnos a ellos con la palabra justa? ¿Cómo evitar que se escapen los brevísimos lapsos de iluminación que parecen traer hasta nosotros los datos y las experiencias más significativas?

Hay dos modalidades del lenguaje mediante las cuales podemos acercarnos a expresar esos momentos, plasmándolos en síntesis que armonicen o se conjuguen con la fugacidad de esa presencia, sin alterarla o malograrla. No conforma aquí hablar de géneros literarios, porque esas dos configuraciones del lenguaje -el poema y el fragmento- se apartan de todos los géneros y no son en rigor literatura. Ambos representan la más concentrada, despojada, rigurosa y también arriesgada expresión humana en el plano del lenguaje o mejor en su extremo. Algunas veces rozan la literatura y otras veces son lo contrario de la literatura o se manifiestan en sus márgenes.

Sin dejar de reparar en sus diferencias y variaciones, se reconoce en ellos una acendrada afinindad, por su estructura, sus exigencias y su proyecto interior. Además, tanto el poema como el fragmento han acompañado siempre al hombre, en todas las edades.

Este libro sólo pretende ser otra alternativa de gestación del fragmento, como forma tangencial de la poesía y vislumbre de la arquitectura profunda y secreta de la creación humana.




CASI POESÍA
Casi poesía. No siempre la visión y la palabra coinciden hasta la suma del poema. Muchas veces sólo quedan algunos núcleos o gérmenes o imágenes o roces, como si fueran restos o quizá paradójicas ganancias de un naufragio. ¿Pero acaso es otra cosa toda la poesía? Tal vez se debiera entonces hablar aquí de fragmentos caídos, astillas de poemas, gestos de aproximación, trozos de materia poética de textos que no terminaron de nacer. Y consolarse con la idea de que nacer es un proceso que nunca termina.


CASI RAZON
Casi razón. Poco menos que razón. Deslizamiento de algo que no quiere alcanzar la razón, para no quedar anclado en su acotada zona. La pretensión de querer tener razón, desvía el pensamiento y lo convierte en rígida estatuaria mental. Contenerse en algo menos que razón quizá permita, en cambio, atisbar otros territorios más libres de la creación humana, como la poesía o ciertos inesperados paisajes de la imaginación. Un poco menos que razón puede llevarnos a algo más que razón.


CASI FICCION
Casi ficción. Allí donde la realidad está a punto de volatilizarse o volverse fantasma y vacío, la palabra la contiene o retiene en el límite, mediante los hilos poco menos que invisibles de la imaginación y la poesía, es decir la no ficción. Al borde de la ficción.


Roberto Juarroz (Argentina, 05.10.25-31.03.95)

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extraído de palabras preliminares y la presentación de cada uno de los apartados del libro:

Juarroz, Roberto: Poesía vertical: tomo 2 - 1º ed. - Buenos Aires, Emecé Editores, 2005.

Fragmentos verticales, págs. 387-512
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Edmond Jabès: El libro de los márgenes I. Eso sigue su curso. (Arena libros, 2004)

Edmond Jabès: El libro de los márgenes I. Eso sigue su curso. (Arena libros, 2004)

Lectura


El escritor no está libre de su escritura más que por el uso que hace de ella: es decir, por su propia lectura. Como si escribir tuviera por meta, en suma, instaurar la lectura de lo que acabará por escribirse, a partir de lo que ha sido escrito.
Por otro lado, lo que se ha escrito, al no ser leído más que cuando se escribe, es constantemente modificado por esta lectura.

El libro se escribe dándose a leer tal como será.
La palabra escrita introduce la lectura; es lo que, para empezar la distingue de la palabra pronunciada. Lo escrito no sustituye a lo dicho para fijarlo o formularlo mejor; sino, al contrario, para gozar de su fragmentación exponiéndolo a la lectura de cada una de sus partes, en sus estados diversos o a sus diferentes niveles de sentido.
Es el ojo quien desencadena la verdadera pregunta, la pregunta de las mil preguntas que dormitan en la letra, y no en el oído.

La lectura es dueña del signo; pero ¿no es del signo y en el signo donde nace y muere la lectura; donde nace y se apaga la mirada?


Edmond Jabès
(Nacido en El Cairo en 1912, de nacionalidad francesa - París, 1991)

Extraído de: El libro de los márgenes I. Eso sigue su curso.
Arena Libros S.L., 2004, Madrid.

Traducción de David Villanueva

más información sobre Edmond Jabès: en A media voz
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Hélène Cixous: La llegada a la escritura - fragmentos - (Amorrortu Editores, 2006)

Hélène Cixous - La llegada a la escritura - Ed. Amorrortu


Cualquier punto de llegada, ese momento privilegiado donde uno al fin habita, aunque sea por segundos, siempre interroga no sólo por el inicio desde dónde se ha partido, sino por esa trayectoria recorrida.
Llegar a la escritura no sencillamente como aquello que rasga una hoja o la pantalla de una computadora, sino aquello que raspa, que marca, instaura una huella que antes no estaba y que quizás no vuelva estar... Quizás el viento se la lleve, o la lluvia, pero en ese recorrido aquel que la lee se ha transformado en ese mismo acto.
La escritura... modo de decir/se, de llamar a esa dificultad que está al otro lado de algo que es necesario atravesar... hacer/se esa inscripción que a la vez extranjera, produce un lugar donde habitar... cada vez.

La llegada a la escritura metáfora carnal de tantas vicisitudes cotidianas donde el hambre puede ser tan real: la necesariedad de los alimentos, la necesariedad de los textos.


Al principio, adoré. Lo que adoraba era humano. No personas; no totalidades, no seres denominados y delimitados. Sino signos. Parpadeos de ser que me impactaban, que me incendiaban. Fulguraciones que llegaban a mí: ¡Mira! Yo me abrasaba. Y el signo se retiraba. Desaparecía. Mientras yo ardía y me consumía entera. Lo que me sucedía, poderosamente lanzado desde un cuerpo humano, era la Belleza: había un rostro, en él estaban inscriptos, guardados, todos los misterios, yo estaba delante, presentía que había un más allá al que no tenía acceso, un allá sin límites, la mirada me oprimía, me impedía entrar, yo estaba afuera, en acecho animal. Un deseo buscaba su morada. Yo era ese deseo. Yo era la pregunta. Destino extraño de la pregunta: buscar, perseguir las respuestas que la calmen, que la anulen. Si algo la anima, la eleva, la incita a plantearse, es la impresión de que el otro está allí, muy cerca, existe, muy lejos, de que en algún lugar en el mundo, una vez cruzada la puerta, está la cara que promete, la respuesta por la cual uno continúa moviéndose, a causa de la cual uno no puede descansar, por amor a la cual uno se contiene de renunciar, de dejarse llevar; a muerte. ¡Qué desgracia, empero si la pregunta llegara a encontrar su respuesta! ¡Su fin!





Amar: conservar vivo: nombrar.








El rostro primitivo fue el de mi madre. Su cara podía a voluntad darme la vista, la vida, quitármelas. A causa de la pasión por el primer rostro, durante mucho tiempo esperé la muerte por ese lado. Con la ferocidad de un animal, no quitaba la vista de mi madre. Cálculo erróneo. En el tablero yo mimaba a la dama, y el que cayó fue el rey.




Escribir: para no dejarle el lugar al muerto, para hacer retroceder al olvido, para no dejarse sorprender jamás por el abismo. para no resignarse ni consolarse nunca, para no volverse nunca hacia la pared en la cama y dormirse como si nada hubiera pasado; nada podía pasar.








Mi escritura mira. Con los ojos cerrados.






¿Quién puede definir lo que quiere decir "tener"?; ¿dónde sucede el vivir?; ¿dónde se asegura el gozar?








Primero escribí en verdad para cerrarle el paso a la muerte. A causa de un muerto.








Con una mano, sufrir, vivir, palpar el dolor, la pérdida. Pero está la otra: la que escribe.



¿Escribir? Ni lo pensaba. Soñaba con eso todo el tiempo, pero con el pesar y la humillación, con la resignación, la inocencia de los pobres. La Escritura es Dios. Pero no el tuyo.



Yo comía los textos, los chupaba, los mamaba, los besaba. Soy el niño innumerable de su multitud.





Pero ¿escribir? ¿Con qué derecho? Después de todo, los leía sin derecho, sin permiso, a sus espaldas.




¿Escribir? Me moría de ganas, de amor, dar a la escritura lo que ella me había dado, ¡qué ambición! Qué imposible felicidad. Alimentar a mi propia madre. ¿Darle a mi vez mi leche? Loca imprudencia.







Todo en mí complotaba para vedarme la escritura: la Historia, mi historia, mi origen, mi género. Todo lo que constituía mi yo social, cultural. Empezando por lo necesario, que me faltaba, la materia en la cual la escritura se talla, de la que se arranca: la lengua.







Tú puedes desear. Puedes leer, adorar, ser invadida. Pero escribir no te está concedido.








Hablar (gritar, aullar, rajar el aire, la rabia me impelía a eso sin descanso) no deja huellas: tú puedes hablar, -eso se evapora, los oídos están hechos para no oír, la voz se pierde. ¡Pero escribir! Sellar un contrato con el tiempo. ¡Anotar! ¡¡¡Hacerse notar!!!



- Eso está prohibido.




- no tengo lugar donde escribir. Ningún lugar legítimo, ni tierra, ni patria, ni historia que sean mías.




Nada me corresponde - O bien todo y no más a mí que a cualquier otro.




- No tengo raíces: en qué fuentes podría hallar alimento para un texto. Efecto de diáspora.




- No tengo lengua legítima. En alemán canto, en inglés me disfrazo, en francés robo, soy ladrona, ¿dónde iba yo a recostar un texto?






- Hasta tal punto soy ya la inscripción de una distancia, que una distancia más es imposible. Me dan esta lección: tú, la extranjera, insértate. Toma la nacionalidad del país que te tolere. Pórtate bien, entra en vereda, en lo común, en lo que imperceptible, en lo doméstico.




He aquí tus leyes, no matarás, serás muerta, no robarás, no serás una mala recluta, no estarás loca ni enferma, sería una falta de consideración con quienes te hospedan, no zigzaguearás. No escribirás. Aprenderás las cuentas. No te tocarás. ¿En nombre de quién iba yo a escribir?






("Ella sólo se despierta al contacto del amor, antes de ese momento es sólo sueño. Pero en esta existencia de sueño se pueden distinguir dos etapas: primero el amor sueña con ella, luego ella sueña con el amor.")






Arriba, vivo en la escritura. Leo para vivir. Leí muy pronto: no comía, leía. Siempre "supe" sin saberlo, que me alimentaba de texto. Sin saberlo. O sin metáfora. Había poco sitio para la metáfora en mi existencia, un espacio muy restringido, que a menudo yo anulaba. Tengo dos hambres: una buena y una mala. O la misma sufrida de modo diferente. Tener hambre de libros era mi alegría y mi tormento. Libros, casi no tenía. No hay dinero, no hay libro. Roí en un año la bilbioteca municipal. Yo mordisqueaba, y al mismo tiempo devoraba. Como con los pasteles de Jánuca: pequeño tesoro anual de diez pasteles de canela y jengibre. ¿Cómo conservarlos consumiéndolos? Suplicio: deseo y cálculo. Economía del tormento. Por la boca aprendí la crueldad de cada decisión, un mordisco, lo irreversible. Guardar no es gozar. Gozar y no gozar más. La escritura es mi padre, mi madre, mi nodriza amenazada.






Me dejé alimentar sólo por la voz, por las palabras. Se había cerrado un trato: sólo tragaría si me hacían oír. Sed de mis oídos. Chantaje de deleites. Al comer, al incorporar, mientras me dejaba atiborrar, mi cabeza se hechizaba, mis pensamientos se evadían, mi cuerpo aquí, mi mente en viajes sin detenciones.






Tal vez he podido escribir porque esa lengua escapó al destino reservado a las caperucitas rojas. Cuando no te pones tu lengua en el bolsillo, siempre habrá una gramática que la censure.




He tenido esa suerte, ser la hija de la voz.






En mi lengua, mis fuentes, mis emociones son las lenguas "extranjeras". "Extranjeras": música en mí de la otra parte; preciosa advertencia: no olvides que no todo está aquí, alégrate de ser sólo una parcela, un grano de azar, no hay centro del mundo, levántate, ve lo innumerable, escucha lo intraducible;








Con la ayuda de la memoria y del olvido, yo podía releer el libro. Recomenzarlo. Desde otro punto de vista, desde otros y otros. Leyendo descubrí que la escritura es lo infinito. Lo indesgastable. Lo eterno.






Leer: escribir las dies mil páginas de cada página, traerlas a la luz, creced y multiplicaos y la página se multiplicará. Pero para eso, leer; hacerle el amor al texto. Es el mismo ejercicio espiritual.




¿Era yo una mujer? Al revivir esta pregunta interpelo a toda la Historia de las mujeres.





¿Escribir? Si escribía "YO", ¿quién hubiera sido? Podía pasar muy bien bajo "YO" en la vida cotidiana sin saber más al respecto, pero ¿cómo hubiera hecho para escribir sin saber quién-yo? No tenía derecho. ¿Acaso la escritura no era el lugar de lo Verdadero? ¿Acaso lo Verdadero no es claro, distinto y uno? Y yo imprecisa, varias, simultánea, impura. ¡Renuncia!





Yo renunciaba. Eso se calmaba. Se hacía olvidar. Mis esfuerzos eran recompensados. Veía lucir mi doméstica santidad. Me aglutinaba. Me desmochaba. Estaba a punto de advenir a la una-misma.




Pero, como lo supe luego, lo reprimido vuelve.






Escribir: como si aun tuviera ansia de gozar, de sentirme plena, de pujar, de sentir la fuerza de mis músculos, y mi armonía, estar embarazada y en el mismo momento procurarme las alegrías del alumbramiento, las de la madre y las del niño. A mí también darme nacimiento y leche, darme el pecho. La vida llama a la vida. El goce quiere relanzarse. ¡Otra vez! No escribí. ¿Para qué? La leche se me ha subido a la cabeza...





- ¿Quién eres? - Lo sé cada vez menos. Renuncio.




En verdad no tengo ninguna "razón" para escribir. Todo viene de ese viento de locura.






Lo único que tengo para escribir es lo que no sé. Les escribo con los ojos cerrados. Pero sé leer con los ojos cerrados. A ustedes, que tienen ojos para no leer, no tengo nada que revelarles. La mujer es una de esas cosas que no están en condiciones de comprender.





Hice todo lo posible para acallarlo. Todo lo que digo es más que verdadero. ¿Para qué sirve excusarse? No se puede barrer la feminidad. La feminidad es inevitable. Les pido que reinicien su partida. Tomen ustedes sus partes vergonzantes. A ella sus partes (partie/les parties) orgullosas le caen muy bien.








No tengo nada que decir sobre mi muerte. Fue demasiado grande para mí hasta ahora. En cierto modo todos mis textos "nacieron" de ella. Huyeron de ella. Salieron de ella. Mi escritura tiene varias fuentes, varios soplos la animan y la arrastran.








... al escribir, porque escribir es siempre primero una manera de no lograr hacer el duelo de la muerte.




Y digo: hay que haber sido amada por la muerte, para nacer y pasar a la escritura. La condición por la que comenzar a escribir se vuelve necesaria -(y)- posible: perder todo, haber una vez perdido todo. Y esta no es una "condición" pensable. Tú no puedes querer perder: si quieres, entonces hay y hay querer, hay no-perdido. Escribir -comienza, sin ti, sin yo, sin ley, sin saber, sin luz, sin esperanza, sin lazo, sin nadie cerca de ti, pues aunque la historia mundial continúa, tú no eres ahí, tú eres "en" "infierno"...








Si estás perdida solamente entonces el amor puede hallarse en ti sin perderse.






... libérate de las viejas mentiras, atrévete a lo que no te atreves, ahí es donde gozarás, haz siempre tu aquí de un allí, y alégrate, alégrate del terror, síguelo por donde tienes miedo de ir, lánzate, ¡es por ahí! Escucha: no le debes nada al pasado, no le debes nada a la ley. Gana tu libertad: devuelve todo, vomita todo, dalo todo. Dalo absolutamente todo, óyeme, todo, da tus bienes, ¿de acuerdo? No te guardes nada, aquello que te importa, dalo, ¿entiendes?





De la muerte, creo, no se puede salir más que lanzando una carcajada. Yo reí.





Al principio, no puede haber otra cosa que morir, el abismo, la primera risa.





Después, no sabes. Lo decide la vida. Su terrible fuerza de invención, que nos supera. Nuestra vida se nos anticipa. Siempre sobre ti, una altura por delante, un deseo, el buen abismo, el que te sugiere: "salta y pasa al infinito". ¡Escribe! ¿Qué? Toma el viento, toma la escritura, haz cuerpo con la letra. ¡Vive! Arriesga: el que no arriesga no tiene nada, el que arriesga no arriesga ya nada.





Al principio hay un fin. No temas: es tu muerte la que muere. Después: todos los principios.



Cuando has tocado el fin, sólo entonces el Principio puede advenir.




Escribir es un gesto del amor. El Gesto.




Cuando haya terminado de escribir, cuando hayamos retornado al aire del canto que somos, el cuerpo de textos que hayamos hecho será uno de sus nombres entre tantos otros.




Ahora, escucha lo que tu cuerpo no osaba dejar aflorar.




Yo no "empiezo" por "escribir": yo no escribo. La vida hace texto a partir de mi cuerpo. Soy ya texto.




Continuidad, abundancia, deriva, ¿es esto específicamente femenino? Así lo creo.




Hundirse en la propia noche, tener con lo que sale de mi cuerpo la misma relación que con el mar, aceptar la angustia de la sumersión. Hacer cuerpo con el río hasta los rápidos más bien que con la barca, exponerse a este peligro, es un goce femenino. Mar tú retornas al mar, y ritmo al ritmo. Y el constructor: de polvo en polvo a través de sus monumentos erigidos.






La feminidad de un texto no se deja reunir en conjunto ni señalar con flechas. ¿Quién le pasará el freno a la divagación? ¿Quién traerá el afuera a los muros?






Nosotras mismas en la escritura como los peces en el agua, como los sentidos en nuestras lenguas y la transformación en nuestros inconscientes.





Hélène Cixous




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Hélène Cixous: Nació en Orán, Argelia, en 1937, de nacionalidad francesa.
Crítica literaria, filósofa, dramaturga y feminista.




Extraído de:


Cixous, Hélène: La llegada a la escritura - 1º ed. Buenos Aires: Amorrortu, 2006
Traducción: Irene Agoff

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Camilo Blajaquis: La venganza del cordero atado. Ed. Continente, Bs.As., 2010 ("Es más peligroso un pibe que piensa que un pibe que roba")

"Hallarse en un agujero, en el fondo de un agujero, en una soledad casi total y descubrir que sólo la escritura te salvará."
"No se puede escribir sin la fuerza del cuerpo. Para abordar la escritura hay que ser más fuerte que uno mismo, hay que ser más fuerte que lo que se escribe."


Marguerite Duras

César González - Camilo Blajaquis El mismo día que nuevamente la más descarnada brutalidad por una lucha de poder terminó con la vida de un joven, Mariano Ferreyra, asesinado cobardemente, así como aquellos ideales que él sostenía; por la mañana de ese mismo día, en un programa radial por casualidad, descubrí a otro joven, César Gonzalez o mejor dicho, su nombre como poeta, Camilo Blajaquis, nombre que tomó cuando la literatura atravesó su cuerpo y las balas que también están allí y como él afirmó, "Escribir y leer no me hizo nacer de nuevo, directamente me hizo nacer". En esta tan violenta ciudad ambas realidades, ambos destinos descubiertos. Cuando la violencia sigue siendo el modo de "dominar" lo presente, de imponer, de amedrentar, de sojuzgar, para todo aquel que intenta sostener otro ideal de lucha, de protesta, de manifestación, ahí, la muerte, la vida vaciada de toda subjetividad y arrojada a su biología, a su organismo, a un número más para los fines de un poder que siempre devora, despedaza, a aquellos que intentan hacerse sus hijos. Y de todos los sectores se escucha "un muerto" como si de eso se tratara la vida, la muerte de Mariano Ferreyra... Su persona, su vida, perdida en el más aberrante campo de intereses que nada tienen que ver con el valor de lo que fue, de lo que ha sido, de lo que había hecho por él y tantos otros.
Y sin embargo, otro joven, nombrado "pibe chorro" que en ese reportaje radial dice, que a través de la literatura, pudo escaparse de ese destino señalado para él como para tantos jóvenes que viven en villas, en barrios humildes, que son esos números de los que se alimenta el sistema también, para sus propias estadísticas de "inseguridad", de "paranoia", de racismo, de delincuencia, de violencia; de esa "basura" donde son arrojados, este pibe que estuvo preso cinco años. pudo alojar y a la vez fue alojado por alguien que desde su deseo de brindar espectáculos de magia los trataba como "personas"... palabra extraña, parece, para mucha gente, para muchos jóvenes, niños que habitualmente vemos en las calles. Y por esta otra persona, el descubrimiento de los libros, de Rodolfo Walsh, de la historia, de nuestra historia, de la lectura, de la escritura.
Y ocurre entonces otro efecto distinto que aquel de la devoración o la muerte o la mudez: cuando un ser humano es sacado del ámbito de la biología y se apuesta a la posibilidad, a la existencia de un sujeto, se lo supone, se lo nombra persona y eso abre una dimensión cuya consecuencia, en este caso deviene la lectura en propia escritura: la vida toma otro valor de circulación, una manera de alojar un deseo ya no de lo mortífero sino de lo vivificante.
Y en este caso, con la literatura "“Mi cabeza empezó a cambiar, a incorporar cosas nuevas; todo un mundo que no conocía hasta antes de caer preso, cuando me di cuenta de todo lo que se le oculta a un joven que le toca nacer en un barrio de clase baja, en una condición pobre y humilde como en la que nací. Aparte de excluirte económicamente, te excluyen cultural y simbólicamente. Te excluyen porque sos el negro de una villa, el negro de mierda, vas a ser chorro, obrero y nada más. El sistema te excluye y es mucho más cruel de lo que uno cree –repasa su aprendizaje–. Lo que juega es una exclusión simbólica: el de la villa es un ignorante, es un posible delincuente.” dice en un reportaje a Página/12.
Otro tratamiento posible para la violencia desatada, que somete y disciplina los cuerpos y cierra destinos... en el cual estaba inmerso sin-saber.
Dejar de ser esos objetos deyectados del sistema de los que a la vez se nutre y necesita ese sistema de exclusión, para tomar otro protagonismo en la propia vida. Cesar Gonzalez/ Camilo Blajaquis, luego de ese encuentro con la literatura, desde ese nacimiento, comenzó a hacer una revista, publicar un libro, sostener un blog y recibir mensajes de otros semejantes a él, contando sus intentos de hacer/se un nombre revelándose a ese destino fatalmente determinado; y también, que lo convoquen de distintos medios, distintos jóvenes, para que hable desde ese atravesamiento que en su cuerpo ha acontecido a través de la lectura, de la escritura y de su poesía.
Siempre retorna la pregunta sobre qué valor tendrá el arte en la experiencia colectiva, qué consecuencias tendrá la lectura, la literatura en esa soledad con el libro como acontecimiento subjetivo singular. Su respuesta ante ese destino de balas al que inexorablemente parecía fijado: nombrarse como nuevo nacimiento a través de la literatura, tomar su propia vida a su cargo; producir un golpe certero, un cross a la mandíbula de tantos, pero ni con armas, ni con sus puños cerrados, sino a través de sus manos y su escritura, a través del poder del lenguaje, de sus pensamientos, de sus palabras que ya circulan entre otros.


su blog es: camiloblajaquis.blogspot.com




Algunos de sus poemas transcriptos de su blog y publicados:

Preguntas, preguntas y más preguntas Camilo Blajaquis: La venganza del cordero atado. Ed. Continente, 2010

¿Qué es la verdad?
¿Acaso una sustancia, acaso una idea, acaso una esencia singular?
¿quién se adjudica autoridad moral para definirla?
¿es algo privado o un bien público?
¿qué leyes y códigos civiles la amparan?
¿es una virtud humana o una realidad de la naturaleza?
¿Una mísera palabra o un estado de ánimo?
¿donde está el pueblo que la defiende?
¿cuál es el país que la incorporó a su constitución?
¿Quién ha sido digno de habitar sus tierras?
¿quienes la roban, quienes la secuestran, quienes la matan?
¿tiene precio, existe un precio, qué es el precio?
¿Dónde están los corazones que la aman?
¿rie, llora, coje, caga, camina, corre?
¿Es una máscara, es un vestido, un par de zapatillas?
¿es eso que muestra la basura tecnicolor?
¿es el río donde la esperanza ahoga su desesperanza?
¿Es comprensible, es infinita, tiene patrones?
¿la poseen los valientes, los cagones o los neutrales?
¿abstracta, concreta, real, ficticia?
¿esta viva, esta muerta, o vive muerta? ...


Cross a la mandibula.

Estrellas lejanas brilantes e inpiradoras,
balas perforando sienes, celdas cerrando sus puertas
suicidios a causa del miedo.
Primaveras, enamorados y chocolate
exclusión economica
exclusión cultural exclusión psicológica.
Sol radiante, jardín de flores y aves cantoras
heridas con supura, torturados
y esclavizados.
Cielo de azul fresco, aire calmo y la montaña
HIV, basurales, tristezas y resignaciones.
Rayos de luz, el mar inmenso, los bosques
infancias a puro dolor, ausencias, envidias.
Selvas, lagunas, desiertos, glaciares
traiciones, masacres, contaminantes, mugre
La luna, las nubes, los ríos, la vida
el ser humano, propiedad privada, dinero, la muerte.



Diferencias invisibles.

La realidad es que estoy preso, en una cárcel.
Lo real es que soy libre demasiado libre.

La realidad dice que hay inseguridad
Lo real grita que la violencia es consecuencia
de la exclusión, de la marginación, de mentir.

La realidad es que nos quejamos de que todo es una mierda.
Lo real es que somos la especie más fácil de domar.

La realidad vive sometida a cirugías plásticas.
Lo real es eso que no puede ocultar ningún maquillaje.

La realidad puede comprarse... o venderse.
Lo real no tiene precio vive en un mundo donde el dinero no vale.

La realidad tiene un Dios, tiene leyes, trabajo y vacaciones.
Lo real quisiera rebelarse pero la realidad lo metería preso.

La realidad tiene responsabilidades, horarios y un estado.
Lo real tiene un corazón, sentimientos y manos que dibujan.
Camilo Blajaquis

Camilo Blajaquis. (Argentina, 1989)

Participa actualmente con sus poesías y entrevistas en la publicación Soy Gardel, un boletín bimestral para vecinos y vecinas de los barrios Carlos Gardel y Presidente Sarmiento realizado por el Municipio de Morón.

más notas:
Página 12 - Suplemento espectáculos 18/10/2010
Psicoanálisis y clínica contemporánea: Camilo Blajaquis
Presentación del libro en Eterna Cadencia
Presentación del libro Municipalidad de Morón






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Marguerite Yourcenar: Peregrina y extranjera (fragmentos del capítulo: "Cuadernos de notas, 1942-1948"). Ed. Alfaguara, 1992

Marguerite Yourcenar - Peregrina y extranjera. Editorial Alfaguara
Fragmentos de:

Cuadernos de notas, 1942-1948


1942. Todo hombre, capitán a bordo después de Dios. Todo hombre, prisionero en el fondo de la bodega. Y navío al mismo tiempo que marinero. Océanos vacíos, playas abandonadas para siempre o jamás alcanzadas, faros, naufragios, botella arrojada al mar: volvemos a un tiempo en que las metáforas recobran su peso y su densidad de cosas, vuelven a medirse en millas terrestres o marinas, en unidades de espacio o de peligro. Y si el frasco con cabellera de algas danza para siempre sobre el mar sin que nadie lo vislumbre, lo repesque y lo salve, al menos habrás hecho flotar un frágil objeto humano en la superficie de las olas.

*


Arte griego: el hombre es la naturaleza y la encierra dentro de sí toda entera. Arte de la Edad Media: el hombre está en la naturaleza como el pájaro en el bosque, como el pez en el río, objetos colocados sostenidos en el tiempo por la mano del Creador. Arte de Extremo Oriente: el hombre y la naturaleza, inextricablemente mezclados uno con otro, huyen, cambian y se disipan, apariencias cambiantes, onda que se mueve, juego de sombras paseadas por el lienzo eterno. Arte barroco: el hombre convierte a la naturaleza en objeto de su tiranía o de su meditación, inventa los parterres de Versalles o las soledades ordenadas de Poussin. Arte romántico: el hombre se precipita en la naturaleza, a ella lleva su pena y sus gritos de animal herido. Arte del siglo XX: el hombre hace estallar la naturaleza, detiene o precipita la evolución de las formas...

Una rosa es una rosa, pero de la rosa de Anacreonte a la rosa del Roman de la rose, de la rosa de las catedrales a los ramilletes de Renoir, se excluyen y se suceden todos los puntos de vista posibles sobre la rosa y la vida.


*


"No me gustan los poetas, decía Nietzsche, enturbian todas las aguas para que parezcan más profundas". Tampoco a mí me gustan los que añaden complicaciones muertas a las complejidades vivas, ni los que apartan los ojos de la sangre que se derrama pero aúllan de gozo cuando han embadurnado de rojo una cabeza de muñeca. ¿Por qué me habláis de actos gratuitos cuando apenas puedo hacer frente a los actos indispensables, por qué me habláis del absurdo en un mundo donde el amor y la muerte siguen su curso al igual que las estaciones sus leyes, como la salida de los astros en el horizonte? ¿Y qué he de hacer con los esqueletos de la novela policíaca y con los relojes blandos de Dalí, yo que, como todo el mundo, llevo dentro mi esqueleto y mi reloj?


*


Han cortado la rama de pino medio seca que durante cuatro años he visto balancearse junto a una tapia de ladrillo rojo. Esa madera, esa resina, esas escamas de corteza, esas delgadas agujas desaparecidas, se dibujan en mi memoria con la exacta precisión de un dibujo de Hokusai. Objeto cualquiera, inerte, sin relación conmigo, que ha cumplido su destino en otros reinos pero dotado por mi atención de una suerte de duración espiritual, destinado a sobrevivir, sin duda, o por lo menos a vivir tanto como yo, transmisible a otros, mudado en signo... ¿Qué crees probar con esto? Nada sino que quizá existan diferentes órdenes de realidad.


*


No juzgues... Juzga, por el contrario; no ceses, conciencia infatigable, de evaluar tus acciones, tus pensamientos y los de los demás con la ayuda de tus instrumentos aun primitivos; utiliza lo mejor que puedas tu balanza a la vez demasiado y poco sensible, nunca en el fiel, equilibrada bien que mal mediante la aportación de incesantes escrúpulos. Juzga para no ser juzgado el peor de los seres, el cobarde de espíritu, perezosamente dispuesto a todo, que se niega a juzgar.


*


1943. Es demasiado pronto para hablar, para escribir, para pensar quizá, y durante algún tiempo nuestro lenguaje se parecerá al tartamudeo del herido grave a quien se reeduca. Aprovechemos este silencio como si fuese un aprendizaje místico.


*


Aceptar que tal o cual ser, a quien amábamos, haya muerto. Aceptar que este o aquel ser no sea más que un muerto entre millones de muertos. Aceptar que éste o aquel, vivos, hayan tenido sus debilidades, sus bajezas, sus errores, que nosotros tratamos en vano de encubrir con piadosas mentiras, un poco por respeto y por compasión de ellos, mucho por compasión de nosotros mismos, y por la vanagloria de haber amado solamente la perfección, la inteligencia o la belleza. Aceptar su independencia de muertos, no encadenarlos, pobres sombras, a nuestro carro de vivos. Aceptar que hayan muerto antes de tiempo porque no existe el tiempo. Aceptar nuestro olvido, puesto que el olvido forma parte del orden de las cosas. Aceptar nuestro recuerdo, puesto que, en secreto, la memoria se esconde en el fondo del olvido. Aceptar incluso -aunque prometiéndonos que lo haremos mejor la próxima vez y en el próximo encuentro- el haberlos amado torpe y mediocremente.


*


Pase lo que pase, aprendo. Siempre salgo ganando.


*


Envejecer... Desprenderse de muchas cosas, correr el riesgo de aferrarse tanto más desesperadamente a aquello por lo cual rechazamos todo lo demás. "Habrá que dejar todo esto... ¡Y que me ha costado tanto!" Y Sainte-Beuve dice que si bien la primera exclamación de Mazarin es la de un amateur, la segunda es la del avaro. Se equivoca, y la segunda, precisamente, justifica la primera. Por lo que nos cuesta valoramos, lo más exactamente posible, el inestimable objeto amado.


*


No nos quejemos de que nuestros males no tengan igual: desde lo alto de las Pirámides, cuarenta siglos se reirían ante nuestras narices. No digamos tampoco que son insoportables: si lo fuesen, ya habríamos perdido la vida. Y los muertos callan o no se expresan sino con Dios.


*


Estos fragmentos proceden de un cuaderno de notas que tuve entre 1942 y 1948, o sea durante un período de seis años. Sólo llevan fecha aquellos escasos pasajes que se refieren claramente a acontecimientos exteriores.




Marguerite Yourcenar


(Marguerite de Crayencour; Bruselas, 1903 - isla de Mount Desert, Maine, EE.UU, 1987) Escritora francesa de origen belga.


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Extraído de:


Yourcenar, Marguerite: Peregrina y extranjera. Editorial Alfaguara, Madrid, 1992.


Traducción: Emma Calatayud.

(Título original: En pèlerin et en étranger. Éditions Gallimard, 1989)




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Silvina Ocampo: Ejércitos de la oscuridad. Ed. Sudamericana, Buenos Aires, 2008

Silvina Ocampo: Ejércitos de la oscuridad. Ed. Sudamericana, Buenos Aires, 2008

"Dios mío, perdóname por haber escrito tantas inútiles palabras. Sólo quise llenar el silencio que adoro."

¿Será una forma de jugar a las escondidas y al encontrarse con este libro, gritar: ¡Piedra libre para Silvina que está escondida en...!? Vaya a saber uno dónde. ¿Será aquí donde escondió algunos de sus cuentos, argumentos, pensamientos?
Como ella ha dejado escrito o expresó en una conversación con Noemí Ulla, el mejor lugar para esconder un cuento: es un libro; y a partir de ello, ese texto la abandone, se pierda allí en ese escondite, no sólo para los eventuales lectores, sino para su propia autora.
Y creo que de esto se trata el material de este libro, que tiene esa magnitud de sentidos: la ilusión de hallar otras pistas de Silvina Ocampo y sin embargo, en ese mismo instante, se disuelve, vuelve a desplegar su ironía, su humor, a esconder/se... o dejar plantado que no se puede evitar la muerte en los cuentos, como inevitablemente ocurre en la vida. Y en esa aparente contigüidad, destila que la sinceridad nada tiene que ver con el arte... Y en estos entramados que tejen y destejen sus palabras, quizás en algún sobresalto uno se atreva a decir: “Piedra libre” pero quizás porque cada lector/a encuentre en estos textos, algo que ilumine su vida, algún indicio por más pequeño que sea.
En su prólogo se afirma que en algún momento hubo de parte de Silvina Ocampo la intención de publicar en forma de libro estos papeles... pero ¿cómo saberlo? ¿No habrá querido que siguieran escondidos en algún cajón, en otros libros? En todo caso, como tampoco sabemos quién libra a quién, en ese laberíntico juego de escondidas, en este caso, me sirvo de algunas de esas frases para refrescarme, para que algunos de esos pensamientos calman mi sed. Y aunque no haya pedido esta agua, ni ella ni yo, a veces turbia, a veces clara, agradará también a cada sediento que pase a tomarla, a saborear lo dulce, lo ácido, lo árido, lo intenso, como sucede con muchos de sus cuentos, de sus novelas: “inútiles palabras” ofrecidas a ese adorable silencio, distinto para cada uno.


INSCRIPCIONES EN LA ARENA

Cualquier cosa que no existe y tiene un nombre termina por existir; en cambio cualquier cosa que existe y no tiene un nombre termina por no existir.

En algún momento somos siempre un perro para quien sólo existe la llegada de alguien.

Pretender evitar la muerte en los cuentos es tan difícil como querer evitarla en la vida.

Hay ciertas formas de olvido que más que la memoria enriquecen el recuerdo.

¿Por qué pensamos en la soledad de la muerte, y jamás en la del nacimiento, que es igualmente larga e igualmente futura?

Vamos dejándonos en todas partes, en cuartos, en campos, en mares, en personas, y cada uno de esos fragmentos, que dejó de ser nuestro, nos inspira celos.

La música se compone de infinidad de recuerdos que nos obligan a ser excesivamente injustos con ella.

Decir una verdad es tan difícil como decir una mentira: hay que componer, simplificar o complicar para que parezcan ciertas.

¡Qué melancólicos o radiantes son los días que se equivocan de estación!

Toda la vida es un proceso de despedidas prolongadas por el temor a lo súbito, y súbitas por el temor a las prolongaciones.

Recordamos con preferencia los defectos de la felicidad, como recordamos con preferencia los defectos de las personas que amamos. El horrible calor de un momento de dicha y no el perfume de los jazmines; una picadura de mosquito y no el iris azul de los ojos.

¿Decir lo que pensamos? Con decirlo ya modificamos lo que estábamos pensando.

Cuando perdemos nuestra felicidad nos acordamos de nosotros mismos con un afecto inusitado.

A veces subimos al infierno; hay hielo. A veces descendemos al cielo; hay llamas.

Para corregirnos tendríamos que exterminar a muchas personas.

Dame una prisión para evadirme y construiré una nueva prisión para que me encierres.

La suerte tiene memoria: cuando nos castiga siempre nos quita lo que más nos gusta.

Hay manos que piden y que dan del mismo modo.

Los lugares, como la música, mantienen vivos nuestros recuerdos, pero vivimos agregándoles otros recuerdos, como esos cuadros pintados sobre otros cuadros, que sólo con las vicisitudes del tiempo, o por accidente, dejan aparecer de nuevo la pintura original. La santa se convierte en prostituta, el león en un jardín; el niño jugando en un cuarto, en una playa, o viceversa.

Creo en las mentiras, por amabilidad, cuando me las dedican.

No aborrecemos a las personas porque son perversas, tediosas o estúpidas; las aborrecemos porque nos vuelven perversos, tediosos o estúpidos.

Conseguimos todo lo que queremos, anacrónicamente.

Me ha consolado a veces la tristeza.

El olvido cuando es perfecto se parece a la inocencia.

Las casas sueñan que son barcos cuando hay viento, de noche, y cerramos los ojos. Influidos por ese sueño, navegamos en el más perfecto de los mares.

Si corrigiésemos tanto el futuro como el pasado, seríamos más felices.

En qué lugar de nuestro cuerpo moriremos por última vez, después de haber muerto tantas otras veces, en broma.

No pretendo qué tiene que ver la sinceridad con el arte.

La lluvia convierte nuestra morada en senda o en celda: nos conduce o nos aísla con sus muros.

Un gato blanco es la luz que se mueve o que duerme, un gato negro es la sombra que se mueve o que duerme. Un perro es casi siempre un perro.

Cuando cantan los grillos, cierra los ojos para ver mejor las estrellas o el agua de un lago donde quisieras asomarte. Cuando aspires una rosa, cierra los ojos para ver mejor la rosa o la mano del que la ofrece.

Bajo un cedro estoy siempre en otra parte.

El tiempo es la invención más desproporcionada y arbitraria que conozco.

Enseñar es el modo más fácil de aprender.

Cuando oímos en los labios de nuestros rivales las palabras que dijimos a la persona amada, quisiéramos matarnos, retrospectivamente.

Los enamorados son excesivamente morales.

Después, una vez que se han revelado los negativos, nos desesperamos, ya sea por la claridad o por la falta de claridad de las fotografías: lo mismo sucede con la felicidad.

Dejamos de amar a alguien cuando ya no le mentimos para parecer peores o mejores.

Las nervaduras de cada hoja se parecen a la rama, cada rama se parece al árbol. Cada pluma se parece al ala, cada ala al pájaro. Ni el cielo tendrá cosas que no se parezcan a otras cosas.

Tardamos más en acostumbrarnos a nosotros mismo que a los otros.

No seas ingrato con nadie y lo serás contigo mismo.



Variación sobre lo invariable

Somos masoquistas con nuestros recuerdos, o sádicos con el porvenir.

Existe una inocencia en el miedo que nos conmueve.

La adversidad del amor es un gran consuelo, dijo un oso que jugaba con una mosca.

Por terror a la muerte o por amor a la vida, con frecuencia queremos morir. Por amor a la muerte, y porque la encontramos en todas partes, queremos vivir.

Masticando pan tostado o con un caramelo en la boca podríamos conseguir lo que no podríamos conseguir con nada: que nuestro interlocutor nos mate.



EJERCITOS DE LA OSCURIDAD

a Alejandra


Un poema perdido engendra otros poemas infinitos, pero el que recuperamos es de piedra y no podemos modificarlo.

¿Qué poema original habremos escrito? ¿Quién lo habrá escrito?

Recuerdo un cuento de Henry James que no existe. A ese recuerdo apócrifo le agrego cierta indefinida perfección y declaro que es el mejor cuento de Henry James. Como no recuerdo su título, nadie puede comprobar –ni siquiera yo misma- que el cuento no existe. Sobre esa base tal vez labré toda mi admiración por Henry James.

He descubierto que en un libro se puede esconder un cuento. Yo escondí uno en uno de mis libros. Después me arrepentí y fue inútil pretender que alguien lo leyera. Si lo publicara en una revista o en un diario, ¿alguien lo advertiría? Es un cuento que aprendió a esconderse, que sigue escondiéndose, y se valdría de otros textos para que nadie lo descubra. Si llevara una ilustración, los lectores pensarían que la ilustración pertenece a otro cuento. Yo no puedo protestar. Ya no es mío. Me ha abandonado.

Me acordé de mi padre: a mi padre también le amputaron una pierna. Volví a verlo cuando había aprendido a manejar la pierna. Después de la operación me dijeron que no le mirara la pierna. ¿Cómo podía mirarle una pierna que le faltaba? Yo tenía cinco años.

No elegiría otra época para vivir que la actual; tampoco elegiría otro país para hacerlo mío. Siempre fui muy obediente a mi destino.

Competencia desleal: ese joven parece una mujer, pero la vestimenta varonil le sienta mejor que a una mujer. Podría ser novio o novia con los mismos resultados.

Cuando te olvido sospecho que te quiero desesperadamente.

Otro argumento para un cuento que nunca escribí: una persona enamorada cuenta a otra sus amores. A medida que relata sus experiencias amorosas, sin darse cuenta, prefiere confiar el secreto que vivirlo, o mejor dicho, prefiere su confidente a su amante. Por hablar varias veces con el confidente falta a las citas y finalmente abandona sin quererlo al amante lamentándose de haberlo perdido, pero en un éxtasis comunicativo consagra definitivamente al confidente en amante.

Otro argumento que tal vez escribiré: una mujer sin brazos vive en un Instituto de Rehabilitación. Le falta, además, una pierna. Fue bailarina y sus movimientos son los de una bailarina extraña. Un médico del instituto se enamora de ella, pero nunca se lo confiesa porque tiene una novia celosa. La novia es celosas hasta de los enfermos y quisiera o aspira a tener un accidente para perder los brazos y conmover a su novio. En una fiesta truculenta, el médico revela su amor a la mujer lisiada. La novia trata de tener un accidente y no logra su propósito. Alguien la salva. Tal vez nunca escriba este cuento que en este instante me repugna.

Aprendí a mentir para ser más buena.

Otro argumento para un cuento: una persona llega a la santidad y a la perfección a través del mal que le hace la persona que quiere destruirla. Cuando esta última persona advierte el bien que ha hecho a quien quería destruir, se arrepiente e intenta quitarse la vida.

Otro argumento: una madre fomenta el homosexualismo de su hijo para mantenerlo a su lado y que no se case.

Otro argumento: un niño dibuja el porvenir de su madre cada vez que se pone a dibujar de noche.

Otro argumento: una persona llena de ideas morales comete actos inmorales para imponer su moralidad.

De noche no sólo navegan los barcos, sino las casas. Los crujidos de las maderas anuncian buen tiempo o mal tiempo. Y si no nos dormimos, hasta podemos marearnos.

Hay sueños que quedaron grabados en mi memoria. Éste es uno de ellos: en el jardín de mi infancia estoy sentada en la barranca. Nunca termina el día: un día perfecto, divino. Y lloro porque no terminará jamás. No hay nadie. Es la eternidad.

A los siete años yo deseaba tener una calesita. Nadie me desengañó diciéndome que no podría tenerla nunca. Pensé que la obtendría un buen día como tantas otras cosas que mis padres no me negaban. Llegó el momento en que me anunciaron su llegada. La esperé en el jardín. La desembalaron. Estaba envuelta en papel madera. La armaron. La ilusión duró poco. ¡Qué bien la recuerdo! Estaba pintada de verde y tenía cuatro asientos ¡y un animal! Con una palanca que disponía cada uno de los asientos, se ponía en movimiento un mecanismo de rueditas que pasaban por un riel circular. Me sentaron en un asiento. Yo no tenía suficiente fuerza para mover la palanca y la gente grande que me rodeaba no cabía en los asientos para secundarme.
- ¿Y los animales? – pregunté.
- Tendremos que esperar que sea más grande –dijo alguien.
-¿Yo o la calesita?
Mi esperanza era que la calesita creciera y se llenara de caballos y de tigres.
Ese regalo y otro de una muñeca que me dieron la víspera de mi operación de apendicitis, me angustiaron. Pero también me angustió, cuando fui más grande, una pulsera toda de brillantes que me regaló mi madre. El día que la estrené para ir al teatro la perdí: fue a propósito, sin duda. Como Polícrates cuando arrojó su anillo al mar para conservar la dicha, dejé caer la pulsera en un palco. Me gustaba demasiado. Sin duda mi brazo, al dejarla caer, resolvió hacer el sacrificio. Yo lo supe al día siguiente.

En el jardín de casa, en mi infancia, había una esfinge de porcelana azul y roja cuyos ojos fríos me cautivaban. No me asombraban sus patas y garras de animal, no me asombraban sus pechos de mujer, tampoco me hubiera asombrado que despegar sus labios para hablarme. Cuando llovía se ponía verde, cuando brillaba el sol se ponía más azul. Yo la alimentaba de secretos apoyando mi cabeza contra su cabeza para descansar de las mujeres reales que me rodeaban. Un día la esfinge desapareció del jardín. Demolieron la casa. Ahora siempre busco a esa esfinge en todas las casas de remates, en todas las demoliciones, y creo vislumbrarla cuando se trata a veces de plantas ocultas entre vidrios o de jarrones de porcelana que tiene el mismo color azul y colorado.

Desde la infancia veo en la oscuridad total de un cuarto, cuando estoy por dormirme, una suerte de raudo ejército azul y colorado que avanza en dirección a mí hasta que se pierde y vuelvo a recuperarlo en otro ángulo de la oscuridad, donde aparece para hacer la misma trayectoria. Me dirán que ese ejército podría ser un campo sembrado de jacintos, los hay rojos y los hay azules. Podría ser también el tablero de un juego con fichas vistosas, pero nunca se me ocurrió que pudiera ser otra cosa que un ejército de soldaditos vestidos de azul y de colorado que avanzan unidos como un solo soldado. Ese ejército fue siempre para mí el ejército de la noche. No sólo en la noche hay oscuridad, ya lo sé, pero de todos modos en el sitio en que lo vi con más frecuencia fue en la noche, que para mí es un sitio, el más importante del mundo. En el momento en que aparece el ejército de la noche, pienso, recuerdo, elucubro ideas e imágenes que no reconozco durante el día. Y ese ejército de pequeñísimas ideas, de recuerdos, de imágenes de mi mente pugna por vivir y trata de matarme porque sus divisiones son a veces mansas como corderos o dulces como la miel, pero otras veces silban o gritan o manejan cuchillos y venenos, se agazapan en los infinitos laberintos inexplorados donde las pierdo de vista para volverlas a encontrar en el sitio donde las espero de nuevo: la oscuridad.

Jules Supervielle sufría del corazón. Una vez lo vi tendido en el suelo, pálido, murmurando unas palabras como si rezara. Después me dijo cuando se sentía mal recitaba versos hasta que el malestar se disipaba. En robe de délire, vestido de delirio, es un de los versos que cuadraría para describirlo en ese estado.

¿Cuántas horas de la vida viviremos o valdrá la pena haber vivido? Equivaldrán a la vida de un perro o de un caballo, se me ocurre, pero ¿qué se entiende por vivir? Si yo lo supiera, ¿me dedicaría a vivir?

Hay días en que me siento ubicua, y es porque no soy muy observadora. Cualquier lugar podría ser otro, a veces. Esos días me parece que comprendo la angustia de Dios y la voluptuosidad ante su creación.

Un sueño que tuve no hace mucho se relacionaba con un piano; yo andaba por lugares oscuros y enmarañados, por un camino que subía. Me parece que era en una sierra. Yo sabía que entre las ramas se escondían bandidos que en cualquier momento podían atacarme, hasta que llegué a un abra y ahí, sobre una plataforma, encontré un piano de cola, negro. El goce que me produjo ese piano me colmaba de felicidad. Olvidé los peligros del camino. En esa plataforma me sentía a salvo de todo.

Recuerdo lugares donde nunca estuve.

Un argumento que podría servir para un cuento: alguien, para parecerse a otra persona, se envejece rápidamente. Se parece tanto que la otra persona se muere.

¿Cómo evitar la muerte en los cuentos? Me lo he preguntado varias veces. Es tan difícil como evitar la muerte en la vida, aunque Bernard Shaw pretendiera que era fácil.

Tengo menos miedo de morir que de vivir: lo primero sucede en una vez; lo segundo nadie sabe en cuántas veces.

Hay pasos que cuando se acercan son el compendio de todas las felicidades. En esos momentos quisiera ser perro.

Llenar un cuaderno con pensamientos -¿pensamientos?- es como llenar un vaso de agua para que otro lo tome, pero ¿le gustará a ese otro el agua? ¿Y acaso me la pidió? ¿Dónde encontraré un sediento? Aunque sea un vaso con el agua del río turbio, le agradará.

Es difícil no mirar el mundo como si fuera un film cuando funcionan la radio del automóvil y la luz roa del semáforo.

La ama de llaves de la casa de mis padres, cuando veía una pareja de enamorados en las esquinas, por más recatados que fueran, exclamaba: “Chancho”. Cuando en cambio veía a un exhibicionista, decía: “Cochinos” y me recomendaba que no los mirara. Ese arbitrario manejo de los géneros me asombraba tanto que, a pesar de su prohibición, yo los miraba descaradamente, buscándole un compañero al exhibicionista y la ausencia de la novia a la pareja de enamorados.

H.G.Wells, cuando le preguntaron su opinión sobre un asunto, contestó: “No sé lo que pienso. Tengo que escribir un libro sobre ese asunto.”

El organismo tiene memoria: se enferma en ciertas horas, en ciertos lugares, en ciertas épocas del año. Es muy difícil que desaprenda lo que aprendió.

A veces una gran desdicha o dicha protegen. Lo sé por experiencia. Una enfermedad me protegió de la muerte de alguien. Un gran amor me protegió de la muerte de otra persona.

Vivir da miedo cuando el pasado parece tan cercano como el futuro.

El ruido recuerda momentos con tanta fidelidad que cerramos los ojos para oírlo mejor.

¿El silencio será igual para todos? ¿Hasta qué punto será silencio nada que se parezca al ruido?

Morir no sienta a cualquiera. Vivir tampoco.

Me adjudican anécdotas. Una me hace gracia. Entré en una librería y pregunté: “¿Tiene algún libro?” Podría contar otra. Entré en una pajarería, cuando (no) tenía miedo a los pájaros. Vi muchos pajaritos preciosos, celestes, amarillos, naranjas. Oí cantar a uno. Entonces dije al vendedor, señalando el canto:
- Ése.
Una larga busca del pájaro me hizo perder tiempo y esperanzas de saber cuál era el pájaro que así cantaba. Ninguno abría el pico cuando se oía el trino. Por fin el vendedor me dijo, contrito:
- Es éste.
Señaló una jaula con monitos.

Las sillas padecen de reumatismo, las alfombras de lepra, los anaqueles de trombosis cerebral, las cerraduras de glaucomas, los sillones de divertículos en los intestinos. Qué puedo mirar, por la ventana, que no esté en decadencia, en Buenos Aires.


EPIGRAMAS

No inventes lo que no quieras que exista.

Dame tus palabras para olvidarme de tu mano.

Lo peor de hablar es tener que hacerlo convivir con lo que pensamos.

Nunca volveré a probar el mismo durazno, ni la misma cereza. ¿Por qué Dios cuidará tanto la individualidad de cada ser?

Cuando ella lava los platos, ¿quién es? Ni siquiera lo sabe. Retuerce en cualquier trapo de rejilla el cuello de alguien. Consejo: no usar trapos de rejilla porque inducen al crimen. Qué bien lo comprendo.

Mi heroína dilecta era la sirenita de Andersen porque no hablaba.

Para qué cambiar de amante si toda persona es una creación de desavenencias y de unión. Repetimos siempre los mismos errores y los mismos malentendidos.

Qué atractivo ese algo que no nos gusta en alguien que nos gusta tal vez demasiado.

La primavera nunca me ha encantado. Esa estación lujosa está llena de trampas; si juntas flores y las llevas a tu casa, se te llena la casa de hormigas; si juntas nísperos o duraznos o cerezas, pronto sentirás en tus entrañas una tormenta de dolores. A los seis años comí un arbolito de cerezas que me lo reprochó cruelmente.

La aparición de un cirujano fue en primavera. El gusto del cloroformo y las lágrimas de mi madre también.

No me dejes hacer todo lo que quiero porque no quiero saber el mal que puedo hacer.

Cuando queremos memorizar algo tenemos que clamar por el olvido total.

El olvido total nos entrega las llaves de los secretos más inextricables.


ANALECTAS

Una mujer se enamora de un hombre, al enamorarse se embellece tanto que otra persona (un muchacho joven) se enamora de esa mujer que hasta ese momento le había parecido banal y carente de belleza.

Un viaje en automóvil por un camino monótono. En el cielo hay muchas nubes. Las nubes van tomando formas de objetos, de paisajes, de personas. Cuando llegan al fin del viaje, las personas saben lo que les va a suceder gracias a esas nubes, que les han revelado su destino.

Durante un bombardeo, dos amantes se pelean. No advierten nada de lo que está sucediendo, cegados por la furia que sienten el uno por el otro. Mueren al final, entre los escombros, reconciliados.

Un hombre de estrictas ideas morales habla de costumbres horribles que tenía la gente en otras épocas y exclama: “¡Eso sí que era decencia!”, sin darse cuenta de lo indecente que es todo lo que él cree decente.

Una mujer sin ningún halago en la vida se siento feliz. La fortuna la colma de riquezas y la vuelve profundamente desdichada.

Un hombre cree enamorarse de una mujer, pero descubre que se enamoró de una amiga a quien esta mujer imita.

Julio era un escritor muy extraño y personal, libre de manías o de afectación, lleno de ideas nuevas y muy sensible. Ha tenido o tiene una gran influencia sobre nuestra literatura. En el manejo de la primera y la tercera persona me ha influenciado, lo que me está causando un gran alivio. La muerte de Julio me parece una incongruencia. Sus ojos tan separados el uno del otro tenían una nostalgia, aunque se hablara de cosas materiales, de otro cielo, de otra literatura, de otro mundo casi palpable. Él, que sabía con tanta perfección no explicar en sus cuentos, cuánto le agradeceríamos ahora que nos explicara... ni siquiera puedo explicar qué, pues existen las lágrimas.

Italo Calvino murió: estas tres palabras no entran en mi alma. No las entiendo. Imagino su muerte porque él me mandó decir (la oí por teléfono): Soy una cámara de oxígeno, un indescifrable lío de cánulas me envuelven. Hasta en su muerte supo imaginar. Ese nombre queda entres nosotros como la llama que tiembla y que ilumina más. ¿Cuántas veces nos vimos? En mi mano puedo contarlas, pero siempre nos reencontrábamos, nos reencontraremos en sus libros, como si los libros fuesen los árboles verdaderos del mundo.

Dicen que el delfín se duerme profundamente cuando sube y baja nadando, describiendo ondas en su nado. Cuando baja está dormido, cuando toca el fondo del mar se despierta y sube y se vuelve a dormir para volver a bajar de nuevo.
Un niño soñaba que era un delfín y en su fiebre contaba a su madre un sueño, la descripción del pez que había soñado concordaba con la de un delfín.

Dios mío, perdóname por haber escrito tantas inútiles palabras. Sólo quise llenar el silencio que adoro.


Silvina Ocampo (Argentina, 28/03/1903 - 14/12/1994)


Extraído de:

Ocampo, Silvina: Ejércitos de la oscuridad, 1º Ed. Buenos Aires: Sudamericana, 2008


Ref. sobre su obra en: Literatura.org/Silvina Ocampo


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Julio Cortázar: Recortes de prensa. (Pertenece a: Queremos tanto a Glenda - 1980)

Julio Cortázar: Cuentos Completos/2

Este cuento pertenece a uno de los últimos libros escritos y publicados por Julio Cortázar. Y sin embargo, sigue vigente esa extraña pregunta que siempre vuelve al artista y la arroja a su materia, al papel, a la escritura, no con la intención de alcanzar una respuesta, sino como modo de seguir sosteniendo el interrogante: lo que importa es ese trazo, ese camino impensado anterior a su recorrido, así como el intento de transmitir a otros de esa incertidumbre: ¿cuál será la función del arte ante las atrocidades cometidas? ¿tiene valor cada obra escrita, cada escultura realizada? ¿Qué podrá en contra de las aberraciones e irracionalidades de todo crimen de lesa humanidad, de todo crimen? Y el arte desde su inutilidad, sigue transformando el mundo: hace con esos recortes de realidad mezclados a la materia del artista: el papel, la tela, la piedra, la música, algo que allí antes no existía. Y ofrece la posibilidad, su andamiaje, para pensar otra dimensión de las cosas, donde la memoria y el recuerdo inscriban otra vida de lo vivido, otro recorte como testimonio, para que nunca más sea la violencia aquello que marque y someta los cuerpos o las ideologías o el pensamiento bajo un odio descarnado, bajo esa idea insensata de destrucción y dominio de aquel diferente.

Y desde la contemporaneidad no sólo de nuestra historia actual, sino de todos los vestigios, es también pensable este cuento, bajo el presente que nos circunda donde siguen persistiendo de diversas formas ese odio y racismo que se descargan destruyendo y arrasando lo diferente sobre el mundo. Y cuál, el compromiso de cada uno ante esa cotidiana realidad; desde la herramienta de cada uno y en conjunto, proponer algo diferente a ese odio desatado, sosteniendo la diferencia como el necesario elemento común desde donde partir para construir desde el deseo por la vida.


Recortes de prensa


Aunque no creo necesario decirlo, el primer recorte es real
y el segundo imaginario.


El escultor vive en la calle Riquet, lo que no me parece una idea acertada, pero en París no se puede elegir demasiado cuando se es argentino y escultor, dos maneras habituales de vivir difícilmente en esta ciudad. En realidad nos conocemos mal, desde pedazos de tiempo que abarcan ya veinte años; cuando me telefoneó para hablarme de un libro con reproducciones de sus trabajos más recientes y pedirme un texto que pudiera acompañarlas, le dije lo que siempre conviene decir en estos casos, o sea que él me mostraría sus esculturas y después veríamos, o más bien veríamos y después.
Fui por la noche a su departamento y al principio hubo café y finteos amables, los dos sentíamos lo que inevitablemente se siente cuando alguien le muestra su obra a otro y sobreviene ese momento casi siempre temible en que las hogueras se encenderán o habrá que admitir, tapándolo con palabras, que la leña estaba mojada y daba más humo que calor. Ya antes, por teléfono, él me había comentado sus trabajos, una serie de pequeñas esculturas cuyo tema era la violencia en todas las latitudes políticas y geográficas que abarca el hombre como lobo del hombre. Algo sabíamos de eso, una vez más dos argentinos dejando subir la marea de los recuerdos, la cotidiana acumulación
del espanto a través de cables, cartas, repentinos silencios. Mientras hablábamos, él iba despejando una mesa; me instaló en un sillón propicio y empezó a traer las esculturas; las ponía bajo una luz bien pensada, me dejaba miradas despacio y después las hacía girar poco a poco; casi no hablábamos ahora, ellas tenían la palabra y esa palabra seguía siendo la nuestra. Una tras otra hasta completar una decena o algo así, pequeñas y filiformes, arcillosas o enyesadas, naciendo de alambres o de botellas pacientemente envueltas por el trabajo de los dedos y la espátula, creciendo desde latas vacías y objetos que sólo la confidencia del escultor me dejaba conocer por debajo de cuerpos y cabezas, de brazos y de manos. Era tarde en la noche, de la calle llegaba apenas un ruido de camiones pesados, una sirena de ambulancia.
Me gustó que en el trabajo del escultor no hubiera nada de sistemático o demasiado explicativo, que cada pieza contuviera algo de enigma y que a veces fuera necesario mirar largamente para comprender la modalidad que en ella asumía la violencia; las esculturas me parecieron al mismo tiempo ingenuas y sutiles, en todo caso sin tremendismo ni extorsión sentimental. Incluso la tortura, esa forma última en que la violencia se cumple en el horror de la inmovilidad y el aislamiento, no había sido mostrada con la dudosa minucia de tantos afiches y textos y películas que volvían a mi memoria también dudosa, también demasiado pronta a guardar imágenes y devolverlas para vaya a saber qué oscura complacencia. Pensé que si escribía el texto que me había pedido el escultor, si escribo el texto que me pedís, le dije, será un texto como esas piezas, jamás me dejaré llevar por la facilidad que demasiado abunda en este terreno.
-Eso es cosa tuya, Noemí -me dijo--. Yo sé que no es fácil, llevamos tanta sangre en los recuerdos que a veces uno se siente culpable ponerles límites, de manearlos para que no nos inunden del todo.
-A quién se lo decís. Mirá este recorte, yo conozco a la que lo firma, y estaba enterada de algunas cosas por informes amigos. Pasó hace tres años como pudo pasar anoche o como puede pasando en este mismo momento en Buenos Aires o en Montevideo. Justamente antes de salir para tu casa abrí la carta de un amigo y encontré el recorte. Dame otro café mientras lo leés, en realidad no es necesario que lo leas después de lo que me mostraste, pero no sé, sentiré mejor si también vos lo leés.
Lo que él leyó era esto:

La que suscribe, Laura Beatriz Bonaparte Bruschtein, domiciliada en Atoyac, número 26, distrito 10, Colonia Cuauhtérnoc, México 5, D.F., desea comunicar a la opinión pública el siguiente testimonio:
1. Aída Leonora Bruschtein Bonaparte, nacida el 21 de mayo de 1951 en Buenos Aires, Argentina, de profesión maestra alfabetizadora.
Hecho: A las diez de la mañana del 24 de diciembre de 1975 fue secuestrada por personal del Ejército argentino (Batallón 601) en su puesto de trabajo, en Villa Miseria Monte Chingolo, cercana a la Capital Federal.
El día precedente ese lugar había sido escenario de una batalla que había dejado un saldo de más de cien muertos, incluidas personas del lugar. Mi hija, después de secuestrada, fue llevada a la guarnición militar Batallón 601.
Allí fue brutalmente torturada, al igual que otras mujeres. Las que sobrevivieron fueron fusiladas esa misma noche de Navidad.
Entre ellas estaba mi hija.
La sepultura de los muertos en combate y de los civiles secuestrados, como es el caso de mi hija, demoró alrededor de cinco días. Todos los cuerpos, incluido el de ella, fueron trasladados con palas mecánicas desde el batallón a la comisaría de Lanús, de allí al cementerio de Avellaneda, donde fueron enterrados en una fosa común.

Yo seguía mirando la última escultura que había quedado sobre la mesa, me negaba a fijar los ojos en el escultor que leía en silencio. Por primera vez escuché un tictac de reloj de pared, venía del vestíbulo y era lo único audible en ese momento en que la calle se iba quedando más y más desierta; el leve sonido me llegaba como un metrónomo de la noche, una tentativa de mantener vivo el tiempo dentro de ese agujero en que estábamos como metidos los dos, esa duración que abarcaba una pieza de París y un barrio miserable de Buenos Aires, que abolía los calendarios y nos dejaba cara a cara frente a eso, frente a lo que solamente podíamos llamar eso, todas las calificaciones gastadas, todos los gestos del horror cansados y sucios.
-Las que sobrevivieron fueron fusiladas esa misma noche de Navidad -leyó en voz alta el escultor-. A lo mejor les dieron pan dulce y sidra, acordate de que en Auschwitz repartían caramelos a los niños antes de hacerlos entrar en las cámaras de gas.
Debió ver cualquier cosa en mi cara, hizo un gesto de disculpa y yo bajé los ojos y busqué otro cigarrillo.

Supe oficialmente del asesinato de mi hija en el juzgado número 8 de la ciudad de La Plata, el día 8 de enero de 1976. Luego fui derivada a la comisaría de Lanús, donde después de tres horas de interrogatorio se me dio el lugar donde estaba situada la fosa. De mi hija sólo me ofrecieron ver las manos cortadas de su cuerpo y puesta en un frasco, que lleva el número 24. Lo que quedaba de su cuerpo no podía ser entregado, porque era secreto militar. Al día siguiente fui al cementerio de Avellaneda, buscando el tablón número 28. El comisario me había dicho que allí encontraría «lo que quedaba de ella, porque no podían llamarse cuerpos los que les habían sido entregados». La fosa era un espacio de tierra recién removido, de cinco metros por cinco, más o menos al fondo del cementerio. Yo sé ubicar la fosa. Fue terrible darme cuenta de qué manera habían sido asesinadas y sepultadas más de cien personas, entre las que estaba mi hija.
2. Frente a esta situación infame y de tan indescriptible crueldad, en enero de 1976, yo, domiciliada en la calle Lavalle, 730, quinto piso, distrito nueve, en la Capital Federal, entablo al Ejército argentino un juicio por asesinato. Lo hago en el mismo tribunal de La Plata, el número 8, juzgado civil.

-Ya ves, todo esto no sirve de nada ---dijo el escultor, barriendo el aire con un brazo tendido--. No sirve de nada, Noemí, yo me paso meses haciendo estas mierdas, vos escribís libros, esa mujer denuncia atrocidades, vamos a congresos y a mesas redondas para protestar, casi llegamos a creer que las cosas están cambiando, y entonces te bastan dos minutos de lectura para comprender de nuevo la verdad, para...
-Sh, yo también pienso cosas así en el momento -le dije con la rabia de tener que decirlo--. Pero si las aceptara sería como es a ellos un telegrama de adhesión, y además lo sabés muy
bien, mañana te levantarás y al rato estarás modelando otra escultura y sabrás que yo estoy delante de mi máquina y pensarás que somos aunque seamos tan pocos, y que la disparidad de fuerzas no es ni será nunca una razón para callarse. Fin del sermón. ¿Acabaste de leer? Tengo que irme, che.
Hizo un gesto negativo, mostró la cafetera.

Consecuentemente a este recurso legal mío, se sucedieron los siguientes hechos:
3. En marzo de 1976, Adrián Saidón, argentino de veinticuatro años, empleado, prometido de mi hija, fue asesinado en una calle de la ciudad de Buenos Aires por la policía, que avisó a su padre.
Su cuerpo no fue restituido a su padre, doctor Abraham Saidón, porque era secreto militar.
4. Santiago Bruschrein, argentino, nacido el 25 de diciembre de 1918, padre de mi hija asesinada, mencionada en primer lugar, de profesión doctor en bioquímica, con laboratorio en la ciudad de Morón.
Hecho: el 11 de junio de 1976, a las 12 de mediodía, llegan a su departamento de la calle Lavalle, 730, quinto piso, departamento 9, un grupo de militares vestidos de civil. Mi marido, asistido por una enfermera, se encontraba en su lecho casi moribundo, a causa de un infarto, y con un pronóstico de tres meses de vida. Los militares le preguntaron por mí y por nuestros hijos, y agregaron que: Cómo un judío hijo de puta puede atreverse a abrir una cama por asesinato al Ejército argentino. Luego le obligaron a levantarse, y golpeándolo lo subieron a un automóvil, sin permitirle llevarse sus medicinas.
Testimonios oculares han afirmado que para la detención el Ejército y la policía usaron alrededor de veinte coches. De él no hemos sabido nunca nada más. Por informaciones no oficiales, nos hemos enterado que falleció súbitamente en los comienzos de la tortura.

-Y yo estoy aquí, a miles de kilómetros, discutiendo con un editor qué clase de papel tendrán que llevar las fotos de las esculturas, el formato y la tapa.
-Bah, querido, en estos días yo estoy escribiendo un cuento se habla nada menos que de los problemas psi-co-ló-gi-cos de una chica en el momento de la pubertad. No empieces a autotorturarte, ya basta con la verdadera, creo.
-Lo sé, Noemí, lo sé, carajo. Pero siempre es igual, siempre tenemos que reconocer que todo eso sucedió en otro espacio, sucedió en otro tiempo. Nunca estuvimos ni estaremos allí, donde acaso...
(Me acordé de algo leído de chica, quizá en Agustín Thierry, un relato de cuando un santo que vaya a saber cómo se llamaba convirtió al cristianismo a Clodoveo y a su nación, de ese momento en que le estaba describiendo a Clodoveo el flagelamiento y la crucifixión de Jesús, y el rey se alzó en su trono blandiendo su lanza y gritando: «¡Ah, si yo hubiera estado ahí con mis francos!», maravilla de un deseo imposible, la misma rabia impotente del escultor perdido en la lectura).

5. Patricia Villa, argentina, nacida en Buenos Aires en 1952, periodista, trabajaba en la agencia lnter Press Service, y es hermana de mi nuera.
Hecho: Lo mismo que su prometido, Eduardo Suarez, también periodista, fueron arrestados en septiembre de 1976 y conducidos presos a Coordinación General, de la policía federal de Buenos Aires. Una semana después del secuestro, se le comunica a su madre, que hizo las gestiones legales pertinentes, que lo lamentaban, que había sido un error. Sus cuerpos no han sido restituidos a sus familiares.
6. Irene Mónica Bruschtein Bonaparre de Ginzberg, de veintidós años, de profesión artista plástica, casada con Mario Ginzberg, maestro mayor de obras, de veinticuatro años.
Hecho: El día 11 de marzo de 1977, a las 6 de la mañana, llegaron al departamento donde vivían fuerzas conjuntas del Ejército y la policía, llevándose a la pareja y dejando a sus hijitos: Victoria, de dos años y seis meses, y Hugo Roberto, de un año y seis meses, abandonados en la puerta del edificio. Inmediatamente hemos presentado recurso de habeas corpus, yo, en el consulado de México, y el padre de Mario, mi consuegro, en la Capital Federal.
He pedido por mi hija Irene y Mario, denunciando esta horrenda secuencia de hechos a: Naciones Unidas, OEA, Arnnesty International, Parlamento Europeo, Cruz Roja, etc.
No obstante, hasta ahora no he recibido noticias de su lugar de detención. Tengo una firme esperanza de que todavía estén con vida.
Como madre, imposibilitada de volver a Argentina por la situación de persecución familiar que he descrito, y como los recursos legales han sido anulados, pido a las instituciones y personas que luchan por la defensa de los derechos humanos, a fin de que se inicie el procedimiento necesario para que me restituyan a mi hija Irene y a su marido Mario, y poder así salvaguardar las vidas y la libertad de ellos. Firmado, Laura Beatriz Bonaparte Bruchstein. (De «El País», octubre de 1978, reproducido en «Denuncia», diciembre de 1978).

El escultor me devolvió el recorte, no dijimos gran cosa porque nos caíamos de sueño, sentí que estaba contento de que yo hubiera aceptado acompañarlo en su libro, sólo entonces me di cuenta de que hasta el final había dudado porque tengo fama de muy ocupada, quizá de egoísta, en todo caso de escritora metida a fondo en lo suyo. Le pregunté si había una parada de taxis cerca y salí a la calle desierta y fría y demasiado ancha para mi gusto en París. Un golpe de viento me obligó a levantarme el cuello del tapado, oía mis pasos taconeando secamente en el silencio, marcando ese ritmo en el que la fatiga y las obsesiones insertan tantas veces una melodía que vuelve y vuelve, o una frase de un poema, sólo me ofrecieron ver sus manos cortadas de su cuerpo y puestas en un frasco, que lleva el número veinticuatro, sólo me ofrecieron ver sus manos cortadas de su cuerpo, reaccioné bruscamente rechazando la marea recurrente, forzándome a respirar hondo, a pensar en mi trabajo del día siguiente; nunca supe por qué había cruzado a la acera de enfrente, sin ninguna necesidad puesto que la calle desembocaba en la plaza de la Chapelle donde tal vez encontraría algún taxi, daba igual seguir por una vereda o la otra, crucé porque sí, porque ni siquiera me quedaban fuerzas para preguntarme por qué cruzaba.
La nena estaba sentada en el escalón de un portal casi perdido entre los otros portales de las casas altas y angostas apenas diferenciables en esa cuadra particularmente oscura. Que a esa hora de la noche y en esa soledad hubiera una nena al borde de un peldaño no me sorprendió tanto como su actitud, una manchita blanquecina con las piernas apretadas y las manos tapándole la cara, algo que también hubiera podido ser un perro o un cajón de basura abandonado a la entrada de la casa. Miré vagamente en torno; un camión se alejaba con sus débiles luces amarillas, en la acera de enfrente un hombre caminaba encorvado, la cabeza hundida en el cuello alzado del sobretodo y las manos en los bolsillos. Me detuve, miré de cerca; la nena tenía unas trencitas ralas, una pollera blanca y una tricota rosa, y cuando apartó las manos de la cara le vi los ojos y las mejillas y ni siquiera la semioscuridad podía borrar las lágrimas, el brillo bajándole hasta la boca.
-¿Qué te pasa? ¿Qué haces ahí?
La sentí aspirar fuerte, tragarse lágrimas y mocos, un hipo o un puchero, le vi la cara de lleno alzada hasta mí, la nariz minúscula y roja, la curva de una boca que temblaba. Repetí las preguntas, vaya a saber qué le dije agachándome hasta sentirla muy cerca.
-Mi mamá --dijo la nena, hablando entre jadeos-. Mi papá le hace cosas a mi mamá.
Tal vez iba a decir más pero sus brazos se tendieron y la sentí pegarse a mí, llorar desesperadamente contra mi cuello; olía a sucio, a bombacha mojada. Quise tomarla en brazos mientras me levantaba, pero ella se apartó, mirando hacia la oscuridad del corredor. Me mostraba algo con un dedo, empezó a caminar y la seguí, vislumbrando apenas un arco de piedra y detrás la penumbra, un comienzo de jardín. Silenciosa salió al aire libre, aquello no era un jardín sino más bien un huerto con alambrados bajos que delimitaban zonas sembradas, había bastante luz para ver los almácigos raquíticos, las cañas que sostenían plantas trepadoras, pedazos de trapos como espantapájaros; hacia el centro se divisaba un pabellón bajo remendado con chapas de zinc y latas, una ventanilla de la que salía una luz verdosa. No había ninguna lámpara encendida en las ventanas de los inmuebles que rodeaban el huerto, las paredes negras subían cinco pisos hasta mezclarse con un cielo bajo y nublado.
La nena había ido directamente al estrecho paso entre dos canteros que llevaba a la puerta del pabellón; se volvió apenas para asegurarse de que la seguía, y entró en la barraca. Sé que hubiera debido detenerme ahí y dar media vuelta, decirme que esa niña había soñado un mal sueño y se volvía a la cama, todas las razones de la razón que en ese momento me mostraban el absurdo y acaso el riesgo de meterme a esa hora en casa ajena; tal vez todavía me lo estaba diciendo cuando pasé la puerta entornada y vi a la nena que me esperaba en un vago zaguán lleno de trastos y herramientas de jardín. Una raya de luz se filtraba la puerta del fondo, y la nena me la mostró con la mano y franqueó casi corriendo el resto del zaguán, empezó a abrir imperceptiblemente la puerta. A su lado, recibiendo en plena cara el rayo amarillento de la rendija que se ampliaba poco a poco, olí un olor a quemado, oí algo como un alarido ahogado que volvía y volvía y se cortaba y volvía; mi mano dio un empujón a la puerta y abarqué el cuarto infecto, los taburetes rotos y la mesa con botellas de cerveza y vino, los vasos y el mantel de diarios viejos, más allá la cama y el cuerpo desnudo y amordazado con una toalla manchada, las manos y los pies atados a los parantes de hierro. Dándome la espalda, sentado en un banco, el papá de la nena le hacía cosas a la mamá; se tomaba su tiempo, llevaba lentamente el cigarrillo a la boca, dejaba salir poco a poco el humo por la nariz mientras la brasa del cigarrillo bajaba a apoyarse en un seno de la mamá, permanecía el tiempo que duraban los alaridos sofocados por la toalla envolviendo la boca y la cara salvo los ojos. Antes de comprender, de aceptar ser parte de eso, hubo tiempo para que el papá retirara el cigarrillo y se lo llevara nuevamente a la boca, tiempo de avivar la brasa y saborear el excelente tabaco francés, tiempo para que yo viera el cuerpo quemado desde el vientre hasta el cuello, las manchas moradas o rojas que subían desde los muslos y el sexo hasta los senos donde ahora volvía a apoyarse la brasa con una escogida delicadeza, buscando un espacio de la piel sin cicatrices. El alarido y la sacudida del cuerpo en la cama que crujió bajo el espasmo se mezclaron con cosas y con actos que no escogí y que jamás podré explicarme; entre el hombre de espaldas y yo había un taburete desvencijado, lo vi alzarse en el aire y caer de canto sobre la cabeza del papá; su cuerpo y el taburete rodaron por el suelo casi en el mismo segundo. Tuve que echarme hacia atrás para no caer a mi vez, en el movimiento de alzar el taburete y descargado había puesto todas mis
fuerzas que en el mismo instante me abandonaban, me dejaban sola como un pelele tambaleante; sé que busqué apoyo sin encontrado, que miré vagamente hacia atrás y vi la puerta cerrada, la nena ya no estaba ahí y el hombre en el suelo era una mancha confusa, un trapo arrugado. Lo que vino después pude haberlo visto en una película o leído en un libro, yo estaba ahí como sin estar pero estaba con una agilidad y una intencionalidad que en un tiempo brevísimo, si eso pasaba en el tiempo, me llevó a encontrar un cuchillo sobre la mesa, cortar las sogas que ataban a la mujer, arrancarle la toalla de la cara y verla enderezarse en silencio, ahora perfectamente en silencio como si eso fuera necesario y hasta imprescindible, mirar el cuerpo en el suelo que empezaba a contraerse desde una inconsciencia que no iba a durar, mirarme a mí sin palabras, ir hacia el cuerpo y agarrado por los brazos mientras yo le sujetaba las piernas y con un doble envión lo tendíamos en la cama, lo atábamos con las mismas cuerdas presurosamente recompuestas y anudadas, lo atábamos y lo amordazábamos dentro de ese silencio donde algo parecía vibrar y temblar en un sonido ultrasónico. Lo que sigue no lo sé, veo a la mujer siempre desnuda, sus manos arrancando pedazos de ropa, desabotonando un pantalón y bajándolo hasta arrugarlo contra los pies, veo sus ojos en los míos, un solo par de ojos desdoblados y cuatro manos arrancando y rompiendo y desnudando, chaleco y camisa y slip, ahora que tengo que recordarlo y que tengo que escribirlo mi maldita condición y mi dura memoria me traen otra cosa indeciblemente vivida pero no vista, un pasaje de un cuento de Jack London en el que un trampero del norte lucha por ganar una muerte limpia mientras a su lado, vuelto una cosa sanguinolenta que todavía guarda un resto de conciencia, su camarada de aventuras aúlla y se retuerce torturado por las mujeres de la tribu que hacen de él una horrorosa prolongación de vida entre espasmos y alaridos, matándolo sin matarlo, exquisitamente refinadas en cada nueva variante jamás descrita pero ahí, como nosotras ahí jamás descritas y haciendo lo que debíamos, lo que teníamos que hacer. Inútil preguntarse ahora por qué estaba yo en eso, cuál era mi derecho y mi parte en eso que sucedía bajo mis ojos que sin duda vieron, que sin duda recuerdan como la imaginación de London debió ver y recordar lo que su mano no era capaz de escribir. Sólo sé que la nena no estaba con nosotras desde mi entrada en la pieza, y que ahora la mamá le hacía cosas al papá, pero quién sabe si solamente la mamá o si eran otra vez las ráfagas de la noche, pedazos de imágenes volviendo desde un recorte de diario, las manos cortadas de su cuerpo y puestas en un frasco que lleva el número 24, por informantes no oficiales nos hemos enterado que falleció súbitamente en los comienzos de la tortura, la toalla en la boca, los cigarrillos encendidos, y Victoria, de dos años y seis meses, y Hugo Roberto, de un año y seis meses, abandonados en la puerta del edificio. Cómo saber cuánto duró, cómo entender que también yo, también yo aunque me creyera del buen lado, también yo, cómo aceptar que también yo ahí del otro lado de manos cortadas y de fosas comunes, también yo del otro lado de las muchachas torturadas y fusiladas esa misma noche de Navidad; el resto es un dar la espalda, cruzar el huerto golpeándome contra un alambrado y abriéndome una rodilla, salir a la calle helada y desierta y llegar a la Chapelle y encontrar casi enseguida el taxi que me trajo a un vaso tras otro de vodka y a un sueño del que me desperté a mediodía, cruzada en la cama y vestida de
pies a cabeza, con la rodilla sangrante y ese dolor de cabeza acaso providencial que da la vodka pura cuando pasa del gollere a la garganta.
Trabajé toda la tarde, me parecía inevitable y asombroso ser capaz de concentrarme hasta ese punto; al anochecer llamé por teléfono al escultor, que parecía sorprendido por mi temprana reaparición; le conté lo que me había pasado, se lo escupí de un solo tirón que él respetó, aunque por momentos lo oía toser o intentar un comienzo de pregunta.
-De modo que ya ves -le dije-, ya ves que no me ha llevado demasiado tiempo darte lo prometido.
-No entiendo -dijo el escultor-. Si querés decir el texto sobre...
-Sí, quiero decir eso. Acabo de leértelo, ése es el texto. Te lo mandaré apenas lo haya pasado en limpio, no quiero tenerlo aquí.
Dos o tres días después, vividos en una bruma de pastillas y tragos y discos, cualquier cosa que fuera una barricada, salí a la calle para comprar provisiones, la heladera estaba vacía y Mimosa maullaba al pie de mi cama. Encontré una carta en el buzón, la gruesa escritura del escultor en el sobre. Había una hoja de papel y un recorte de diario, empecé a leer mientras caminaba hacia el mercado y sólo después me di cuenta de que al abrir el sobre había desgarrado y perdido una parte del recorte. El escultor me agradecía el texto para su álbum, insólito pero al parecer muy mío, fuera de todas las costumbres usuales en los álbumes artísticos aunque eso no le importaba como sin duda no me había importado a mí. Había una posdata: «En vos se ha perdido una gran actriz dramática, aunque por suerte se salvó una excelente escritora. La otra tarde creí por un momento que me estabas contando algo que te había pasado de veras, después por casualidad leí France-Soir del que me permito recortarte la fuente de tu notable experiencia personal. Es cierto que un escritor puede argumentar que si su inspiración le viene de la realidad, e incluso de las noticias de policía, lo que él es capaz de hacer con eso lo potencia a otra dimensión, le da un valor diferente. De todas maneras, querida Noemí, somos demasiado amigos como para que te haya parecido necesario condicionarme por adelantado a tu texto y desplegar tus talentos dramáticos en el teléfono. Pero dejémoslo así, ya sabés cuánto te agradezco tu cooperación y me siento muy feliz de...».
Miré el recorte y vi que lo había roto inadvertidamente, el sobre y el pedazo pegado a él estarían tirados en cualquier parte. La noticia era digna de France-Soir y de su estilo: drama atroz en un suburbio de Marsella, descubrimiento macabro de un crimen sádico, ex plomero atado y amordazado en un camastro, el cadáver etcétera, vecinos furtivamente al tanto de repetidas escenas de violencia, hija pequeña ausente desde días atrás, vecinos sospechando abandono, policía busca concubina, el horrendo espectáculo que se ofreció a los, el recorte se interrumpía ahí, al fin y al cabo al mojar demasiado el cierre del sobre el escultor había hecho lo mismo que Jack London, lo mismo que Jack London y que mi memoria; pero la foto del pabellón estaba entera y era el pabellón en el huerto, los alambrados y las chapas de zinc, las altas paredes rodeándolo con sus ojos ciegos, vecinos furtivamente al tanto, vecinos sospechando abandono, todo ahí golpeándome la cara entre los pedazos de la noticia.
Tomé un taxi y me bajé en la calle Riquet, sabiendo que era una estupidez y haciéndolo porque así se hacen las estupideces. En pleno día eso no tenía nada que ver con mi recuerdo y aunque caminé mirando cada casa y crucé la acera opuesta como recordaba haberlo hecho, no reconocí ningún portal que se pareciera al de esa noche, la luz caía sobre las cosas como una infinita máscara, portales pero no como el portal, ningún acceso a un huerto interior, sencillamente porque ese huerto estaba en los suburbios de Marsella. Pero la nena sí estaba, sentada en el escalón de una entrada cualquiera jugaba con una muñeca de trapo. Cuando le hablé se escapó corriendo hasta la primera puerta, una portera vino antes de que yo pudiera llamar. Quiso saber si era una asistenta social, seguro que venía por la nena que ella había encontrado perdida en la calle, esa misma mañana habían estado unos señores para identificada, una asistenta social vendría a buscarla. Aunque ya lo sabía, antes de irme pregunté por su apellido, después me metí en un café y al dorso de la carta del escultor le escribí el final del texto y fui a pasarlo por debajo de su puerta, era justo que conociera el final, que el texto quedara completo para acompañar sus esculturas.



Julio Cortázar (Argentina, 26/08/1914 - 12/02/1984)



Extraído de:

Julio Cortázar: Cuentos Completos/2, Ed. Alfaguara, Santillana, 1994. pág. 360-369.

Corresponde "Queremos tanto a Glenda" (1980)

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