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Virginia Woolf: Orlando (fragmentos)

En "Diario de una escritora", Virginia Woolf anunciaba así el nacimiento de "Orlando": "Cualquiera de los próximos días, sin embargo, trazaré aquí, como si de un gran cuadroOrlando. Virginia Woolf. Ed. Sudamericana histórico se tratara, el perfil de todos mis amigos. (...)Puede constituir una manera de escribir los recuerdos de mis propios tiempos, en el curso de la vida de los demás. Podría ser un libro muy divertido." Y así comenzó a rodar por sus manos, por su cuerpo, la biografía inventada de un/una tal Orlando. Este libro iniciado como un divertimento, fue alejándose cada vez más de ello hasta constituir ese universo donde la pregunta por la escritura, la soledad, la vida, la naturaleza, la transformación de los cambios, los malestares y bienestares de estar-en-la-cultura generan.
Hace una biografía estallando la temporalidad cronológica, los espacios oscuros e iluminados de la vida cotidiana. Quizás tome cierta simbología de un roble/encina en su confluencia de dureza y vulnerabilidad a la vez. Y quizás sólo atravesada por ese dedo que señala la finitud de un momento, de un día, de una vida, esté la posibilidad de desprenderse y pensarse desde ese presente siempre en retraso, aquel pasado abierto de recuerdos y un porvenir para seguir creando. Virginia Woolf
La literatura carga con todas las paradojas, pero cuando ambos, Orlando y el biógrafo se desprenden de sus palabras en busca de sus lectores, el camino, por el momento, ha concluido.
Y la experiencia solitaria de todas esas palabras y esas ficciones, quizás amarren en el cuerpo de quien las lee... para transformarse y transformar a la vez ese libro.
Paradojas también para pensar nuestra época actual, donde lo que se inscribe tiene otra dimensión que la palabra escrita; aquella posibilitaba una/otra distancia que ante la sensación de violencia donde la palabra se extravía y apenas queda el grito o acecha la violencia, el racismo en todas sus dimensiones de devastación de lo más radicalmente otro. Donde toda diferencia intenta borrarse.
El divertimento y la celebración de esta escritura que interpela, interroga y es capaz de suscitar que la diferencia y plantear sus consecuencias, pueda tener un lugar, un espacio de encuentro... pero para desplegarse.


Fragmentos del libro:

"Nuestro deber es comunicar los hechos auténticos, y dejar al juicio de lector las conclusiones."

"Pero si había dormido, ¿de qué naturaleza -no podemos dejar de preguntar- son los sueños como ése? ¿Son medidas reparadoras -letargos en que los recuerdos más dolorosos, los hechos capaces de invalidar la vida para siempre, son rozados por una ala oscura que les alisa la aspereza y los dora, por feos y mezquinos que sean, con un resplandor, una incandescencia? Es preciso que el dedo de la muerte se pose en el tumulto de la vida de vez en cuando para que no nos haga pedazos? ¿Estamos conformados de tal manera que no nos haga pedazos? ¿Estamos conformados de tal manera que diariamente necesitamos minúsculas dosos de muerte para ejercer el oficio de vivir? Y entonces, ¿qué raros poderes son ésos que penetran nuestros más secretos caminos y cambian nuestros bienes más preciosos a despecho de nuestra voluntad?"

"Con la puerta cerrada y la seguridad de estar solo, sacaba un viejo cuaderno, cosido con una seda robada del costurero de su madre, y rotulado con letra redonda de colegial: "La Encina, Poema." Escribía en él hasta mucho después de la medianoche. Pero como por cada verso que agregaba borraba otro, el total, a fin de año, solía ser menos que al principio, y era como si, a fuerza de escribirlo, el poema se fuera convirtiendo en un poema en blanco."

"Dio en cavilar si la Naturaleza era bella o cruel; y luego se preguntó qué era esa belleza; si estaba en las cosas mismas o sólo en ella, y así pasó al problema de la realidad, quela condujo al de la verdad, que a su vez la condujo al Amor, la Amistad y la Poesía (como antes en la colina del roble); y que le hicieron anhelar, como nunca, una pluma y un tintero.
'¡Quién pudiera escribir!' gritaba (pues tenía el prejuicio literario de que las palabras escritas son palabras compartidas)."

"... la poesía puede corromper más seguramente que la lujuria o la pólvora."

"Afortunadamante la diferencia de los sexos es más profunda. Los trajes no son otra cosa que símbolos de algo escondido muy adentro. Fue una transformación de la misma Orlando la que determinó su elección del traje de mujer y sexo de mujer. Quizá al obrar así, ella sólo expresó un poco más abiertamente que lo habitual - es indiscutible que su caracterísitica primordial era la franqueza- algo que les ocurre a muchas personas y que no manifiestan. Por diversos que sean los sexos, se confunden. No hay ser humano que no oscile de un sexo a otro, y a menudo sólo los trajes siguen siendo varones o mujeres, mientras que el sexo oculto es lo contrario del que está a la vista."

"Tenía amantes de sobra; pero la vida, que al fin y al cabo no carece de toda importancia, se le escapaba."

"Sólo podemos creer enteramente en lo que no podemos ver". (p.145)

"... el manuscrito de su poema "La Encina". Lo había llevado consigo tantos años, y en circunstancias tan azarosas, que muchas páginas estaban manchadas, algunas rotas, y la carencia de papel entre los gitanos había forzado a aprovechar los márgenes y cruzar las líneas hasta que el manuscrito parecía un zurcido prolijo. Volvió a la primera página y leyó la fecha 1586, en la antigua letra de colegial. ¡Casi trescientos años que estaba trabajándolo! Ya era tiempo de concluirlo." p.172

"Porque parece -su caso era una prueba- que escribimos, no con los dedos, sino con todo nuestro ser. El nervio que gobierna la pluma se enreda en cada fibra de nuestro ser, entra en el corazón, traspasa el hígado." p. 177

"Habiendo interrogado al hombre y al pájaro y a los insectos (porque los peces, cuentan los hombre que para oírlos hablar han vivido años de años en la soledad de verdes cavernas, nunca, nunca lo dicen, y tal vez lo saben por eso mismo), habindo interrogado a todos ellos sin volvernos más sabios, sino más viejos y más fríos -porque, ¿no hemos, acaso, implorado el don de aprisionar enunlibro algo tan raro y tan extraño, que uno estuviera listo a jurar que era el sentido de la vida?-, fuerza es retroceder y decir directamente al lecto que espera todo trémulo escuchar qué cosa es la vida: ¡ay!, no lo sabemos." p. 197

"El manuscrito, que yacía sobre su corazón, empezó a latir y a agitarse, como si fuera vivo, y (rasgo más raro e indicio de la fina simpatía que había entre los dos) a Orlando le bastó inclinarse para entender lo que decía. Quería que lo leyeran. Exigía que lo leyeran. Era capaz de morírsele sobre el pecho si no lo leían. Por primera vez en su vida, Orlando se rebeló contra la naturaleza. Había a su alrededor profusión de dogos y de cercos de rosas. Pero ni los dogos, ni los cercos de rosas pueden leer. Esa lamentable imprevisión de la Providencia nunca la había impresionado. Sólo los seres humanos tienen ese don. Los seres humanos eran imprescindibles." p. 198

"Al pensar esas cosas, el túnel infinitamente largo en que ella había estado viajando por centenares de años se ensanchó; penetró la luz; sus pensamientos se templaron misteriosamente como si un afinador le hubiera puesto la llave en el espinazo y hubiera estirado mucho sus nervios; al mismo tiempo se le aguzó el oído; percibía cada susurro y cada crujido en el cuarto, hasta que el tic-tac del reloj sobre la chimenea fue como un martillazo." p. 216

"¿Qué revelación más aterradora que la de comprender que este momento es el momento actual? La conmoción no nos destruye, porque el pasado nos ampara de un lado y el porvenir de otro. Pero no queda tiempo de meditar: Orlando estaba en retardo." p.217

"Sombras y perfume la envolvieron. Eliminó el presente como si fueran gotas de agua hirviendo. Ondulaba la luz como telas livinas ahuecadas por una brisa de verano." p.217

"Es por cierto, innegable que los que ejercen con más éxito el arte de vivir -gente muchas vecs desconocida, dicho sea de paso- se ingenian de algún modo para sincronizar los sesenta o setenta tiempos distintos que laten simultánemante en cada organismo normal, de suerte que al dar las once todos resuenan al unísono, y el presente no es una brusca interrupción ni se hunde en el pasado. De ellos es lícito decir que vivien exactamante los sesenta y ocho o setenta y dos años que les adjudica su lápida. De los demás conocemos algunso que están muertos aunque caminen entre nosotros; otros que no han nacido todavía aunque ejerzan los actos de la vida; otros que tienen cientos de años y que se creen de treinta y seis. La verdadera duración de una vida, por más cosas que diga el Diccionario Biográfico Nacional, siempre es discutible. Porque es difícil esta cuenta del tiempo: nada la desordena más fácilmente que el contacto de cualquier arte, y quizá la poesía tuvo la culpa de que Orlando perdiera su lista de compras y regresara sin las sardinas, las sales para baño o los zapatos." p. 222

"... y aprovecharemos este espacio para anotar qué descorazonador es para su biógrafo que esta culminación hacia loa que tendió todo el libro, esta peroración que iba a coronar nuestro libro, nos sea arrrebatada enuna carcajada casual; pero lo cierto es que al escribir sobre una mujer todo está fuera de lugar -peroraciones y culminaciones: el acento no cae donde suele caer con un hombre)." p.226

"Orlando contempló todo esto- los árboles, los ciervos, el césped- con la mayor satisfacción, como si su espíritu fuera un líquido que fluyera alrededor de las cosas y las abarcara absolutamente." p.228

"... basta rellenar de significado la piel arrugada de lo cotidiano, para que ésta satisfaga nuestros sentidos." p.229

"Aquí me enterrarán, pensó, arrodillándose en el ventanal de la galería y saboreando el vino de España. Aunque no podía creerlo, el cuerpo de leopardo heráldico proyectaría charcos amarillos en el suelo, el día que la bajaran a descansar con sus mayores. Ella, que descreía de toda inmortalidad, no podía no sentir que su alma estaría siempre conlos rojos en los paneles y los verdes en el diván. " p. 230


"Estimulada y animada por el presente, sentía asimismo un incomprensible temor, como si cada segundo que se infiltrara por el abierto golfo del tiempo comportase un riesgo desconocido." p. 233

"El espectáculo era tan atroz que sintió como un vahído, pero en esa fugaz oscuridad, cuando parpadearon sus ojos, dejó de oprimirla el presente. Había algo insólito enla sombra que proyectaba el parpadear de sus ojos, algo que (como cualquiera puede comprobarlo mirando, ahora, el cielo) siempre esta lejos del presente -de ahí, su terror, su indeterminado carácter-, algo que uno rehúsa fijar con un nombre y llamar belleza, porque no tiene cuerpo, esc omo una sombra sin sustancia, ni calidad propia, pero con el poder de transformar todo a lo que se agrega. (...) Sí, pensó, exhalando un hondo suspiro de alivio al salir de la carpintería para ascender la colina, otra vez empiezo a vivir. Estoy en la ribera del Sepertine, pensó, el barquito está remontando el arco blanco de mil muertes. Estoy a punto de comprender." p.234

"¿Escribir versos, no era acaso un acto secreto, una voz tratando de contestar a otra voz? De modo que toda esta charla y censura y elogio y ver personas que la admiran a una y ver personas que no la admiran a una, nada tiene que ver con la cosa misma: una voz tratando de contestar a otra voz." p. 236

"El presente se le vino encima otra vez, más suave que antes, ahora que se desvanecía la luz. (...) Ya no necesitaba desmayarse para mirar bien hondo en la oscuridad donde las cosas toman forma y para distinguir en el negro estanque a una muchacha de bombachas rusas, o a Shakespeare, o un buque de juguete en el Serpentine, y después el Océano Atlántico, embraveciéndose en las altas olas contra el Cabo de Hornos. Miró en la oscuridad." p. 237

"Todo, ahora, estaba tranquilo."p.238



Woolf, Virginia: Orlando.

Ed. Sudamericana (1937) Buenos Aires, 1995

Traducción: Jorge Luis Borges
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Norah Lange: Cuadernos de infancia (fragmentos 2)

Hace pocos días a partir de la presentación de un espectáculo de cuentacuentos, nuevamente hubo el encuentro con este libro, con este talismán, que acerca en cada fragmento, en cada hoja Cuadernos de infancia - Norah Lange (Ed. Losada)de esa infancia, una manera asombrosa de mirar, de sentir, de compartir, de disfrutar, o de entristecerse, desnudando sensaciones casi inaugurales desde el recuerdo adulto, a aquella niña que se fue, aquella familia que hubo, aquel árbol, casa o vecino, que habitaron ese tiempo.Norah Lange
Tal intensidad se esparce en estas hojas, a las que quise volver después de ese espectáculo, no sólo a todo lo que de felicidad transmite, sino también a aquellas horas donde la tristeza, la soledad, las despedidas e incluso la muerte también están presentes. Pero de un modo que hace posible atravesar un umbral al que a veces, uno se resiste... y allí se despliega en otra dimensión que no hay manera de alcanza cierta hondura si uno no atraviesa esa primera capa de dolor que toda pérdida lanza como un latigazo. Ciertamente, evitar las despedidas, quizás suponga ahorrar ciertos sentimientos... Pero en este cuaderno, aquella adulta que narra con la inocencia de aquella niña, que lleva a cabo el desafío de desprenderse en este caso, de una casa, de unos árboles, de una ciudad, se pregunta cómo es posible la vida sin desprenderse de lo que se ha perdido; cómo alcanzar tal hondura sin dejar ir lo perdido...


Otra hoja más de estos Cuadernos de infancia:

Inclinadas sobre los últimos baúles, los ojos doloridos de llorar tanto, la madre aseguraba algún cerrojo, incluía algún objeto olvidado. Nosotras vigilábamos sus idas y venidas, aguardando la oportunidad en que se hallara ocupada por largo tiempo, para salir al jardín. Cuando la vimos detenerse frente a la mesa con un sinnúmero de papeles en las manos, cambiamos la señal convenida, y a los pocos instantes nos reuníamos en el camino de álamo que bordeaba la quinta.
- "Empecemos por el lado del portón" -anunció Irene.
La sombra de los troncos apenas permitía que las nuestras, mucho más pequeñas y delgadas, se acostaran a grandes intervalos sobre la tierra.
Ya junto a la puerta dejamos que Irene se distanciara algunos metros de nosotras. Marta iba detrás, seguida de Georgina, Susana y yo, todas atemorizadas por la oscuridad, por las figuras extrañas que la luna creaba entre las ramas.
Era la última noche que pasábamos en Mendoza, y por separado, habíamos coincidido en el deseo, en la ternura de despedirnos, uno por uno, de los árboles familiares que no veríamos más.
La figura de Irene disminuía junto a los grandes troncos y su cabeza se acercaba a ellos, momentáneamente. Un poco más atrás, nosotras hacíamos lo mismo; besábamos la corteza áspera de una rama, la dulzura fresca y húmeda de una hoja que nos rozaba el rostro. A veces era necesario que nos alzáramos sobre la punta de los pies, para alcanzar una rama muy alejada. Otras, procurábamos que un tronco demasiado rugoso no nos lastimara los labios.
Cuando regresamos a la casa, ninguna de nosotras se atrevió a hablar y nos dirigimos, en silencio, hasta nuestros cuartos.
Una vez en la cama, me pareció que la despedida debía de haberse prolongado, y desde aquella noche conocí la voluptuosidad peculiar que poseen las despedidas. Al imaginarme en víspera de una larga ausencia, recorría, con toda minuciosidad, el ambiente, los gestos de ternura, las frases que yo pronunciaría si me era dado irme alguna vez. Sospechaba que nada era capaz de alcanzar el tono de tristeza murmurada y lenta que rodea a las despedidas, y al alargarlas indefinidamente, las obligaba a retornar, para que se iniciaran de nuevo, en aquella curva del tren que nos entrega, de pronto, la misma ventanilla, en aquel viraje del barco que nos acerca, una vez más a la persona que se halla en la proa, y al prever que me despidiría de alguien, cuidaba que las escenas se repitieran, que los abrazos no terminasen nunca, que siempre apareciese el minuto insospechado y extraordinario de recobrar una boca, de decir adiós con un tono ya habituado a la tristeza.
¿Cómo es posible, solía preguntarme, que alguien eluda esa emoción por no enfrentarse con la pesadumbre que sobreviene un día, una noche, en que las cosas adquieren mayor hondura, en que uno se siente más bueno, más solitario...?
Mientras besaba los árboles de Mendoza, ya iba al encuentro de ese fervor que me procuraron siempre las despedidas, pero aquella noche, al acostarnos, sin decirnos nada, ni sospechábamos que, quince años más tarde, repetiríamos ese gesto con los viejos árboles de la calle Tronador.



NORAH LANGE (Argentina, 1906-1972)
Extraído de: CUADERNOS DE INFANCIA, Ed. Losada, Buenos Aires, 9º Ed. 1994. (Primera edición 1957)
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Katherine Mansfield: Té de manzanilla & otros poemas (algunos poemas)

Té de manzanilla & otros poemas. Katherine Mansfield -ed.Bajo la luna
EL ENCUENTRO

Empezamos a hablar -
Nos miramos; dejamos de mirarnos -
Las lágrimas subían a mis ojos
pero no podía llorar
deseaba tomar tu mano
pero mi mano temblaba.
No dejabas de contar los días que faltaban
para nuestro próximo encuentro
pero las dos sentíamos en el corazón
que nos separábamos para siempre.
El tictac del relojito llenaba la habitación en calma - Katherine Mansfield
Escucha, dije, es tan fuerte
como el galope de un caballo en un camino solitario.
Escucha, dije, es tan fuerte
como el galope de un caballo en un camino solitario.
Así de fuerte - un caballo galopando en la noche.
Me hiciste callar en tus brazos -
pero el sonido del reloj ahogó el latido de nuestros corazones.
Dijiste 'No puedo irme: todo lo que vive de mí
está aquí para siempre'.
Después te fuiste.
El mundo cambió. El ruido del reloj se hizo más débil
se fue perdiendo - se tornó minúsculo -
Susurré en la oscuridad: 'Moriré si se detiene'.


THE MEETING
We started speaking -/ Looked at each other; then turned away -/ The tears kept rising to my eyes/ But I could not weep/ I wanted to take your hand/ But my hand trembled./ You kept counting the days/ Before we should meer again/ But both of us felt in our heart/ That we parted for ever and ever./ The ticking of the little clock filled the quiet room-/ Listen I said: it is so loud/ Like a horse galloping on a lonely road./ As loud as that - a horse galloping past in the night./ You shut me up in your arms -/ But the sound of the clock stifled our hearts' beating./ You said 'I cannot go: all that is living of me/ Is here for ever and ever'./ Then you went./ The world changed. The sound of the clock grew fainter/ Dwindled away - became a minute thing -/ I whispered in the darkness: 'If it stops, I shall die'.



MALADE

El hombre del cuarto vecino
tiene el mismo mal que yo
cuando me despierto a la noche lo oigo darse vuelta
y después tose
y toso yo
y él vuelve a toser -
Esto sigue mucho tiempo -
hasta que siento que somos como dos gallos
llamándose en un falso amanecer
desde granjas distantes y escondidas.


MALADE
The man in the room next to mine/ Has got the same complaint as I/ When I wake in the night I hear him turning/ And then he coughs/ And I cough/ And he coughs again -/ This goes on for a long time -/ Until I feel we are like two roosters/ Calling to each other ar false dawn/ From far away hidden farms.



FUEGO DEL INVIERNO

Invierno afuera, pero en el cuarto cortinado
sonrojada hasta la belleza por el fuego que flamea
aislada de la fealdad de la calle por postigos y persianas
una mujer está sentada – las manos rodeando las rodillas
inclinada hacia adelante... Sobre su pelo suelto
la luz del fuego teje una trama de oro brillante
quema su boca pálida con apasionados besos
envuelve su cuerpo cansado en caliente abrazo...
Apoyadas contra el guardafuego sus botas empapadas
humean, y colgadas de la cama de hierro
su chaqueta y su falda – su sombrero marchito y desastrado.
Pero ella es feliz. Acurrucada junto al fuego
todos los recuerdos del día gris y penumbroso
se reducen a nada, y ella olvida
que afuera en la calle la lluvia que cae
embarra la vereda hasta un grasoso pardo.
Que, en la mañana debe empezar de nuevo
y otra vez buscar lo que no vendrá –
No siente esa desesperación insana
que se filtra en sus huesos durante el día.
En sus grandes ojos – Cristo querido – la luz de los sueños
se demoró y brilló. Y ella, otra vez una niña,
vio imágenes en el fuego. Aquellos otros días
la casa amplia, los cuartos frescos dulcemente perfumados
los retratos en las paredes, y cuencos chinos
llenos de “pot pourri”. En su mecedora
el almohadón bordado con su nombre –
Vio otra vez su dormitorio, muy desnudo
la colcha azul trabajada con margaritas blancas y doradas
donde dormía, sin sueños...
... Abriendo la ventana, desde el jardín recién segado
el aroma fragante, fragante del pasto perfumado
las lilas lanzando al aire brillante
Sus penachos de púrpura. El saúco
sus capullos como manos pálidas entre las hojas
temblando y oscilando. Y, oh, el sol
que con su beso vuelve a darle calor y vida
así que es joven, y extiende los brazos...
La mujer, acurrucada junto al fuego, se mueve inquieta
suspira un poco, como una niña con sueño
mientras las rojas brasas se deshacen en gris...

De pronto, de la calle, una explosión de sonido,
un organillo, giró y chirrió & resolló
la voz ebria, el hipo bestial de Londres.


THE WINTER FIRE
Winter without, but in the curtained room/ Flushed into beauty by a fluttering fire/ Shuttered and blinded from the ugly street/ A woman sits - her hands locked round her knees/ And bending forward... O´er her loosened hair/ The firelight spins a web of shining gold/ Sears her pale mouth with kisses passionate/ Wraps her tired body in a hot embrace.../ Propped by the fender her rain sodden boots/ Steam, and suspended from the iron bed/ Her coat and skirt - her wilted, draggled hat./ But she is happy. Huddled by the fire/ All recollections of the dim grey day/ Dwindle to nothingness, and she forgets/ That in the street outside the rain which falls/ Muddies the pavement to a grasy brown./ That, in the morning she must start again/ And search again for that wich will not come -/ She does not feel the sickening despair/ That creeps into her bones throughout the day./ In her great eyes -dear Christ- the light of dreams/ Lingered and shone. And she, a child again/ Saw pictures in the fire. Those other days/ The rambling house, the cool sweet scented rooms/ The portraits on the walls, and China bowls/ Filled with "pot pourri". On her rocking chair/ Her sofa pillow broidered with her name-/ She saw again her bedroom, very bare/ The blue quilt worked with daisies white and gold/ Where she slept, dreamlessly.../ ... Opening her window, from the new mown lawn/ The fragrant, fragrant scent of perfumed grass/ The lilac tossing in the shining air/ Its purple plumes. The lauristinus bush/ Its blossoms like pale hands among the leaves/ Quivered and swayed. And, Oh, the sun/ That kisses her to life and warmth again/ So she is young, and stretches out her arms.../ The woman, huddled by the fire, restlessly stirs/ Sighing a little, like a sleepy child/ While the red ashes crumble into grey.../
Suddenly, from the street, a burst of sound/ A barrel organ, turned and jarred & wheezed/ The drunken bestial, hiccoughing voice of London.



EL ABISMO

Un abismo de silencio nos separa
Yo estoy de un lado del abismo - tú del otro -
No puedo verte ni oírte - pero sé que estás allí -
Suelo llamarte por tu nombre infantil
y finjo que el eco de mi grito es tu voz.
Cómo podemos franquear el abismo -nunca hablándonos, tocándonos-
antes pensaba que podríamos llenarlo con nuestras lágrimas,
ahora quiero destrozarlo con nuestra risa.


THE GULF
A gulf of silence separates us from each other/ I stand at one side of the gulf -you at the other/ I cannot see or hear you -yet know that you are there-/ Often I call you by childish name/ And pretend that the echo to my crying is your voice./ How can we bridge the gulf -never by speech or touch/ Once I thought we might fill it quite up with our tears/ Now I want to shatter it with our laughter.

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Extraídos de:

Mansfield, Katherine: Té de manzanillas y otros poemas. 1º Ed. Buenos Aires, Ed. Bajo la Luna, 2006

Traducido por: Mirta Rosenberg y Daniel Samoilovich

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Mercedes Sosa: Cantora 1 - 2009 (Sony B.M.G.)

Mercedes Sosa
Extraño concepto definir a qué se podría llamar una "obra", digamos entonces, que mi intuición me lleva a nombrar este nuevo trabajo discográfico de Mercedes Sosa como tal. Trayectoria que alcanza en la dimensión de este disco una madurez exquisita: su contenido abre una travesía que se inicia nada más ni nada menos con "Aquellas pequeñas cosas" y sólo es cuestión de dejarse llevar desde ese puerto, por la mixtura de tantas voces diferentes, de la música, de los instrumentos, de las letras, de la poesía... Hasta que en algún momento, sucede el final de ese viaje (quizás el primero, porque la necesidad de lo acontecido lleva a repetir esas sensaciones) y queda el recuerdo intenso de lo vivido en esa experiencia. Cantora 1 - Mercedes SosaPalabras, sonidos, recuerdos, sensaciones mezcladas de alegría, tristeza, añoranza, esperanza, deseos, ideales.
Son aquellas pequeñas y vitales cosas las que están en juego en este trabajo y convocada está la canción en tan variadas expresiones y arreglos; así también está presente la densidad de cantantes y músicos en esta obra que seguramente aguarda a cada uno de nosotros a descubrir aquello que especialmente trae a nuestras costas al escucharlo.
Algunas obras ponen en cuestión, aquel enunciado que la música para producirse sólo necesitaría de la dimensión del tiempo: este disco expresa una corporeidad, una dimensión en el espacio, ocupa un lugar insustituible. Se hace un cuerpo que deslumbra, alumbra, desde lo que contiene: música, letras y voces; presencia que incide a la vez en nuestros cuerpos, en nuestros pensamientos, en nuestras sensibilidades y enriquecen también lo cotidiano, atenúa esa vorágine de nuestra época, ese ruido diario, que tantas veces ensordece las ideas y anestesia las sensaciones.

Cantora, ¿de qué otro modo nombrarla?; "Cantora 1" síntesis paradojalmente compleja y sencilla, de una increíble belleza. Existencia, la de Mercedes Sosa, que en las raíces de la música se arraiga y brilla, aun ante tantos embates que también se conjugan en la vida, pero que aun así, ilumina a tantos de nosotros y creo también, a ella misma.


1. Aquellas pequeñas cosas con Joan Manuel Serrat
2. Barro tal vez con Luis Alberto Spinetta
3. Sea con Jorge Drexler
4. Coração vagabundo con Caetano Veloso
5. La maza con Shakira
6. Zamba para olvidar con Diego Torres y Facundo Ramírez
7. Agua, cielo, tierra, fuego con Soledad Pastorutti
8. Celador de sueños con Orozco Barrientos y Gustavo Santaolalla
9. Sabiéndose de los descalzos con Julieta Venegas
10. Himno de mi corazón con León Gieco
11. Novicia con Victor Heredia
12. Zamba de los adioses con Dúo Nuevo Cuyo
13. Nada con María Graña y Leopoldo Federico
14. Esa musiquita con Teresa Parodi
15. Romance de la luna tucumana con Juan Quintero y Luna Monti
16. Deja la vida volar con Pedro Aznar
17. Pájaro de rodillas con Nacha Roldán

Músicos: Popi Spatocco (piano) - Damián Bolotin (Violín) - Sebastián Prusak (violín) - Raúl Di Renzo (Violín) - Grace Medina (violín) - Serdar Geldymuradov (Violín) - Yuiko Asaba (Violín) Nicolás Tabbush (Violín) - Pablo Sangiorgio (Violín) - Elizabeth Ridolfi (Viola) - Kristine Bara (Viola) - Jorge Bergero (Cello) - Nicolás Rossi (Cello) - Daniel Falasca (Contrabajo) - Jorge Giuliano (Guitarra) - Carlos Genoni (Bajo) - Rubén Lobo (Percusión - Batería) - Rodolfo Sánchez (Percusión) - Daniel Maza (Bajo) - Hugo Pierre (Clarinete) - Rolando Goldman (Charango) - Facundo Ramírez (Piano) - Marcelo Chiodi (Flauta - Sikus - Quena) - Miguel Angel Bertero (Violín) - Gustavo Mulé (Violín) - José Araujo (Cello) - Raúl Orozco (Guitarra) - Gustavo Santaolalla (Charango) - Félix Peroni (Viola) - Javier Portero (Viola) - Mariano Delgado (Guitarra acústica - Guitarra eléctrica) - Liliana Jakubowitz (Violín) - Franco Luiciani (Armónica) - Guillermo Micieli (guitarra) - Gustavo Micieli (Guitarra) - Leopoldo Federico (Bandoneón) - Nicolás Ledesma (Piano) - Horacio Cabarcos (Contrabajo) - Raúl Miño (Acordeón) - Juan Quintero (Guitarra) -

"Cantora 1" está íntegramente producido por su director musical Popi Spatoko, bajo la dirección artística de Afo Verde y Rafa Vila, y grabado en Estudios Ion en Buenos Aires, con algunas excepciones de artistas internacionales donde se viajó a grabar a cada país en particular.
Grabado entre junio de 2008 y marzo de 2009.

(y mi forma también de decir gracias por este disco, es dejar aquí cada una de las letras - que extrañamente faltan en la información del disco - y una foto de los cantantes que nos han brindado estos "duetos")


Cantora 1 - 2009
1. Aquellas pequeñas cosas
con Joan Manuel Serrat
Letra y Música de J.M. Serrat

Uno se cree
que los mató
el tiempo y la ausencia.
Pero su tren
vendió boleto
de ida y vuelta.

Son aquellas pequeñas cosas,
que nos dejó un tiempo de rosas
en un rincón,
en un papel
o en un cajón.

Como un ladrón
te acechan detrás de la puerta.
Te tienen tan
a su merced
como hojas muertas
que el viento arrastra allá o aquí...

Que te sonríen tristes y
nos hacen que
lloremos cuando
nadie nos ve.



2. Barro tal vez
con Luis Alberto Spinetta
Letra y música: Luis Alberto Spinetta


Si no canto lo que siento
me voy a morir por dentro.
He de gritarle a los vientos hasta reventar
aunque sólo quede tiempo en mi lugar.

Si quiero me toco el alma
pues mi carne ya no es nada.
He de fusionar mi resto con el despertar
aunque se pudra mi boca por callar.

Ya lo estoy queriendo
ya me estoy volviendo canción
barro tal vez....

Y ésta es mi corteza
donde el hacha golpeará
donde el río secará para callar.

Ya me apuran los momentos
ya mi sien es un lamento.
Mi cerebro escupe ya el final del historial
del comienzo que tal vez reemprenderá.

Si quiero me toco el alma
pues mi carne ya no es nada.
He de fusionar mi resto con el despertar
aunque se pudra mi boca por callar.

Ya lo estoy queriendo
ya me estoy volviendo canción
barro tal vez...

Y ésta es mi corteza
donde el hacha golpeará
donde el río secará para callar.

3. Sea
con Jorge Drexler
Letra y música: Jorge Drexler


Ya estoy en la mitad de esta carretera
tantas encrucijadas quedan detrás.
Ya está en el aire girando mi moneda
y que sea lo que sea.

Todos los altibajos de la marea,
todos los sarampiones que ya pasé.
Yo llevo tu sonrisa como bandera
y que sea lo que sea.

Lo que tenga que ser, que sea.
Y lo que no, por algo será.
No creo en la eternidad de las peleas,
ni en las recetas de la felicidad.

Cuando pasen recibo mis primaveras,
y la suerte este echada a descansar,
yo miraré tu foto en mi billetera,
y que sea lo que sea.

Y el que quiera creer que crea,
y el que no, su razón tendrá.
Yo suelto mi canción en la ventolera,
y que la escuche quien la quiera escuchar.

Ya esta en el aire girando mi moneda
y que sea lo que sea.


4. Coração vagabundo
con Caetano Veloso
Letra y música: Caetano Veloso


Meu coração não se cansa
De ter esperança
De um dia ser tudo a que quer
Meu coração de criança
Não é só a lembrança
De um vulto feliz de mulher
Que passou por meus sonhos
Sem dizer adeus
E fez dos olhos meus
Um chorar mais sem fim
Meu coração vagabundo
Quer guardar o mundo
Em mim

5. La maza
con Shakira
Letra y música: Silvio Rodríguez


Si no creyera en la locura
de la garganta del sinsonte
si no creyera que en el monte
se esconde el trino y la pavura.

Si no creyera en la balanza
en la razón del equilibrio
si no creyera en el delirio
si no creyera en la esperanza.

Si no creyera en lo que agencio
si no creyera en mi camino
si no creyera en mi sonido
si no creyera en mi silencio.

Qué cosa fuera,
qué cosa fuera la maza sin cantera.

Un amasijo hecho de cuerdas y tendones
un revoltijo de carne con madera
un instrumento sin mejores resplandores
que lucecitas montadas para escena.

Qué cosa fuera, corazón, qué cosa fuera
qué cosa fuera la maza sin cantera

Un testaferro del traidor de los aplausos
un servidor de pasado en copa nueva
un eternizador de dioses del ocaso
júbilo hervido con trapo y lentejuela.

Qué cosa fuera, corazón, qué cosa fuera
qué cosa fuera la maza sin cantera.

Si no creyera en lo más duro
si no creyera en el deseo
si no creyera en lo que creo
si no creyera en algo puro.

Si no creyera en cada herida
si no creyera en la que ronde
si no creyera en lo que esconde
hacerse hermano de la vida.

Si no creyera en quien me escucha
si no creyera en lo que duele
si no creyera en lo que quede
si no creyera en lo que lucha.


6. Zamba para olvidar
con Diego Torres y Facundo Ramírez
Letra: Julio Fontana - música: Daniel Toro


No sé para que volviste
si yo empezaba a olvidar
No sé si ya lo sabrás,
lloré cuando vos te fuiste
No sé para que volviste,
que mal me hace recordar.

La tarde se ha puesto triste
y yo prefiero callar
¿Para qué vamos a hablar
de cosas que ya no existen?
No sé para qué volviste
ya ves que es mejor no hablar.

Qué pena me da
saber que al final
de ese amor ya no queda nada.
Sólo una pobre canción
da vueltas por mi guitarra.
Y hace rato que te extraña
mi zamba para olvidar.

Mi zamba vivió conmigo,
parte de mi soledad.
No sé si ya lo sabrás
mi vida se fue contigo.
Contigo, mi amor, contigo.
Qué mal me hace recordar.

Mis manos ya son de barro,
tanto apretar al dolor.
Y ahora que me falta el sol,
no sé que venís buscando.
Llorando, mi amor, llorando,
también, olvidame vos.

Qué pena me da
saber que al final
de ese amor ya no queda nada.
Sólo una pobre canción
da vueltas por mi guitarra.
Y hace rato que te extraña
mi zamba para olvidar.


7. Agua, cielo, tierra, fuego
con Soledad Pastorutti
Letra y música: Paz Martínez


Llevo muy adentro cada gota de mi vida
un amor profundo, luminoso, singular.
Te amo con el alma, te amo sin medida,
te amo solamente como nadie supo amar.

Pero no estoy sola, este amor que nos protege
viene acompañado como río rumbo al mar,
trae enamorado agua, sol y peces
y refleja un cielo donde vamos a volar.

Cuando yo te abrazo no te abrazo sola,
te abraza conmigo una eternidad,
te abrazan los valles, las montañas y los vientos,
las flores del campo y el olor del pan.

Cuando yo te beso, no te beso sola,
azúcar te traigo del cañaveral.
Soy como la tierra para darte fruto,
soy de miel morena para amarte más.

Esto sentimos por ustedes,
nuestro continente amado latinoamericano

Vengo desde siglos, traigo voces y señales
que salen del fondo de la tierra por mi voz.
Cuando digo te amo, te aman los frutales,
la luna que enciende en mis ojos el carbón.

Por eso te cuido, te extraño, te nombra mi canción,
por eso te apaño con mis manos de algodón.
Que nada ni nadie pueda hacerte daño,
te pongo de escudo el parche de mi corazón.

8. Celador de sueños
con Orozco Barrientos y Gustavo Santaolalla
Letra y música: Raúl Orozco


Celador de los sueños déjame entrar
celador que levantas las manos para cantar
ay chinita no llores vamo pa' licho' cruz
dónde esta la alegría para hacerte reír
no me digas que no, no me digas que no

Celador de sueños háceme cantar
negro háceme cantar, negro háceme cantar
celador de sueños háceme bailar
negro háceme bailar, negro háceme bailar
celador de sueños

Celador que levantas las almas para cantar
y aunque sea muy tarde siempre quiere coplear
ay chinita no llores vamo' pa' licho cruz
donde esta la alegría para hacerte reír
no me digas que no, no me digas que no.

9. Sabiéndose de los descalzos
con Julieta Venegas
Letra y música: Julieta Venegas

Soy de los descalzos y
estoy cansado de la lluvia que no cae
no me hace crecer

Mi sangre después
de haberse vaciado de mí
calienta como el sol

Soy
de los descalzos
y estoy cansado de este color
que pesa más que yo

Mi corazón desprendido de mi cuerpo
ya sigue latiendo igual

Soy
de los descalzos
no tengo perdón por haberme encontrado
a cara pálida

mis brazos
cortados por la misma mano
se abrazan hoy desamparados

soy de los descalzos,
no tengo perdón
de los descalzos
ser, yo
estoy cansado,
estoy cansado.


10. Himno de mi corazón
con León Gieco
Letra: Miguel Abuelo - música: Cachorro López


Sobre la palma de mi lengua
vive el himno de mi corazón.
Siento la alianza más perfecta
que en justicia me une a vos.

La vida es un libro útil
para aquel que puede comprender,
tengo confianza en la balanza
que inclina mi parecer.

Nadie quiere dormirse aquí
algo puedo hacer
tras haber cruzado la mar
te seduciré
con felicidad yo canto.

Nada me abruma ni me impide en este día
que te quiera amor
naturalmente mi presente
busca florecer de a dos.

Nada hay que nada prohiba,
ya te veo andar en libertad
que no se rasgue como seda
el clima de tu corazón.

Nadie quiere dormirse aquí
algo debo hacer
tras haber cruzado la mar
te seduciré
sólo por amor no canto.

11. Novicia
con Victor Heredia
Letra y música: Víctor Heredia


Cruzó la línea temprana de su niñez
se puso ese vestidito color ayer
y fue como una oración
de otoños sobre sus pies
el ir ofreciendo vida justo en la esquina
temblando ausente en su desnudez

Sus leves huesos en cruz
meciéndola en suave luz
el tipo que la acaricia
y ella novicia llorándose

Ay dónde está su amor
su principito azul
qué oscura noche desata
lunas baratas sobre su ajuar

Bebió su copa de olvido y salió otra vez
catorce sueños hundidos ahogándose
la escolta la soledad
oscuro perro sin fe
ladrando a esa luna muerta
que la persigue junto a la sombra de su niñez

Cruzó la línea temprana de su niñez
se puso ese vestidito color ayer
Bebió su copa de olvido y salió otra vez
catorce sueños hundidos ahogándose
vendiéndose
llorándose
vendiéndose
ahogándose


12. Zamba de los adioses
con Dúo Nuevo Cuyo
Letra: Armando Tejada Gómez - música: Tito Francia


Cae la tarde en los sauces
a la orilla del canal,
la luz cumbreña derrumba otra vez
en la montaña un imperio de sol,
todo el paisaje parece decir adiós
por esa luz que se va.

Venga la luna del otoño
sube y sube el arenal
sobre las viñas derrama su luz
luna de marzo, rocío y canción
me va pisando la sombra porque me voy
peinando la soledad.

Cómo olvidar el agua
que andaba en la acequia regando tonadas
cuando eras leyenda, Mendoza mía,
bajo el cielo enorme
de luz zurriaga.
Hoy se quedó en la ausencia
y el corazón no sabe decir adiós.

Cuando te piense de lejos
patria verde del lagar
volveré niño aromado de amor
al viento brujo del cañaveral
Iré a hondazos de sueños por el canal
mirando el adiós pasar.

Nadie se va de Mendoza
aunque piense que se va.
Madre es la tierra y el hombre raíz
árbol que crece en la paz estival
quedó durando en tu sangre porque yo soy
guitarra que volverá.


13. Nada
con María Graña y Leopoldo Federico
Letra: Horacio Sanguineti - música: José Damés


He llegado hasta tu casa...
Yo no sé cómo he podido...
¡Si me han dicho que no estás,
que ya nunca volverás,
si me han dicho que te has ido...!
¡Cuánta nieve hay en mi alma!
¡Qué silencio hay en tu puerta!
Al llegar hasta el umbral,
un candado de dolor
me detuvo el corazón...

¡Nada, nada queda en tu casa natal!
Sólo telarañas que teje el yuyal...
El rosal tampoco existe
y es seguro que se ha muerto al irte tú...
¡Todo es una cruz...!
¡Nada, nada más que tristeza y quietud!
Nadie que me diga si vives aún...
¿Dónde estás, para decirte que hoy he vuelto
arrepentido a buscar tu amor...?

Ya me alejo de tu casa
y me voy yo ni sé dónde...
Sin querer te digo adiós,
y hasta el eco de tu voz
de la nada me responde...
En la cruz de tu candado
por tu pena yo he rezado,
y ha rodado en tu portón
una lágrima hecha flor
de mi pobre corazón.


14. Esa musiquita
con Teresa Parodi
Letra y música: Teresa Parodi


Tanta soledad, tanta falta
Tanta lejanía
Tanto no poder, tanta nada
Tanta despedida
Tan dolor de puertas cerradas
Tan dolor que humilla
Pero en tu piecita de lata
Esa musiquita

Esa musiquita del pueblo
Esa musiquita
Tan arrastradita que suena
Tan arrastradita
Cómo te acompaña y te mece
Cómo te acaricia
Cómo te devuelve a la vida
Esa musiquita

Gira con su sombra bailando
Esa musiquita
Vuela estremecida su falda
Vuela estremecida
Desde qué recuerdos la salva
Mágica y sencilla
Llena de temblores dulzones
Esa musiquita

En la cara gris del espejo
Ve la bailarina
Su rubor de niña bailando
Su rubor de niña
Mientras sin pudores se abraza
A la melodía
De esa musiquita del alma
Esa musiquita


15. Romance de la luna tucumana
con Juan Quintero y Luna Monti
Letra: Athaualpa Yupanqui - música: Pedro Aznar


Bajo el puñal del invierno
murió en los campos la tarde.
Con su tambor de desvelos
salió la luna a rezarle.

Rezos en la noche blanca
tañen las arpas del aire,
mientras le nacen violines
a los álamos del valle.

Se emponchan de grises nieblas
los verdes cañaverales
y caminan los caminos
con su escolta de azahares.

Zamba de la luna llena
baila la noche en las calles
con su pañuelo de esquinas
y su ademán de saudades.

La noche llena de arpegios,
la copa de los nogales;
el tamboril de la luna
cuelga su copla en el aire.

Mi corazón bate palmas
con las manos de mi sangre
mientras cansada, la luna,
se duerme sobre los valles...


16. Deja la vida volar
con Pedro Aznar
Letra y música: Víctor Jara

En tu cuerpo flor de fuego
tienes paloma,
un temblor de primaveras,
palomitay,
un volcán corre en tus venas.

Y mi sangre como brasa
tienes paloma,
en tu cuerpo quiero hundirme
palomitay,
hasta el fondo de tu sangre.

El sol morirá, morirá,
la noche vendrá, vendrá
Envuélvete en mi cariño
deja la vida volar
tu boca junto a mi boca
paloma, palomitay.
¡Ay! paloma.

En tu cuerpo flor de fuego
tienes paloma,
una llamarada mía
palomitay,
que ha calmado mil heridas.

Ahora volemos libres
tierna paloma
no pierdas las esperanzas
palomitay,
la flor crece con el agua.

El sol volverá, volverá,
la noche se irá, se irá.
Envuélvete en mi cariño
deja la vida volar
tu boca junto a mi boca
paloma, palomitay.
¡Ay! paloma.


17. Pájaro de rodillas
con Nacha Roldán
Letra: Alfredo Zitarrosa - música: Carlos Porcel "Nahuel"


Cantor que canta es pájaro
pechito de semillas
cantando en la taberna
o con la voz enferma
no canta de rodillas.

Puedes verlo agitando
las alas amarillas
con los ojos cerrados
y el corazón cansado
más nunca de rodillas.

No puede el pajarito
paradito en su horquilla
o en la rama más alta
o en la humilde gramilla
ponerse de rodillas.

Hablo del pajarito
y de su cancioncilla
que puede nacer muerta
que puede nacer cierta
pero no de rodillas.

Y no defiendo al canto
sino a la pajarilla
de papel que hace un trino
mañana un desatino
más nunca de rodillas.

No hay canto verdadero
mi canción tan sencilla
que el pájaro al cantarla
para más entregarla
la ponga de rodillas.

Y el que canta al tirano
no es pájaro ni es nada
es reptil del pantano
cloqueando para el amo
de rodilla doblada.

Cantor que canta es pájaro
pechito de semillas
cantando la taberna
o con la voz enferma
no canta de rodillas.


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Valerio Magrelli: Epígrafes para la lectura de un diario (algunos poemas)

Es extraño y paradojal que un libro de poesía se llame “Epígrafes para la lectura de un Valerio Magrellidiario”. ¿Qué leerá un poeta en esas páginas cotidianas que se ofrecen como información de lo que acontece cada día fuera de nuestras vidas? Quizás desguazar ese aparente velo que la globalización “generosamente” nos regala, donde toda subjetividad se pierde y la posibilidad de otro conocimiento se escapa, diferenciando a ésta de la información (como el epígrafe que a su vez toma de T.S.Eliot). Sustraerse de esos velos de las estadísticas, de lo anónimo, quizás sea lo que procede a realizar Valerio Magrelli en este libro y devela en ese acto su poesía, cómo el símbolo puede estallar y en la hendidura retornar la metáfora: lectura del mundo a través de esos signos; indagación de la contemporaneidad que habitamos y cuestionamiento a esos significados. Deseo de quebrar la consistencia de ese “medio de comunicación”, servirse de él: abrir “otro-diario” en esa escritura.

Epígrafes para la lectura de un diario. Ed. Bajo la luna, Bs.As., 2008
¿Dónde está la vida que hemos perdido con la vida?
¿Dónde está la sabiduría que hemos perdido con el conocimiento?
¿Dónde está el conocimiento que hemos perdido con la información?



T.S.Eliot

CÓDIGO DE BARRAS

Honremos al altísimo estandarte
que flamea sobre el reino de la cosa
el alma criptográfica del precio
rosa del nombre y nombre de la rosa
mazo de estelas, ramo
de tendones y venas
-pulso
para auscultar
el latido del dinero.

CODICE A BARRE
Onoriamo l’altissimo vessillo/ che sventola sul regno della cosa/ l’anima crittografica del prezzo/ rosa del nome e nome della rosa/ mazzo di steli, fascio/ di tendini e di vene/ - polso/ per auscultare/ il battito del soldo.


TITULARES

Son las espinas
para arrancar la lana,
las astillas para deshacerse de la red,
pretextos para atraer
la atención textil
del lector, trampas.
cepos, y en tanto el ojo
ya ha caído
en el engaño de la nota.

TITOLI
Sono le spine/ per strappare la lana,/ le schegge per tirare via la maglia,/ pretesti per attrarre/ l’attenzione tessile/ del lectore, trabocchetti,/ tagliole, e intanto l’occhio/ è già caduto/ nella pania del pezzo.


POLITICA NACIONAL

La función profiláctica
del lenguaje político
consiste en impedir un contacto
directo entre las cosas. Gracias al
desarrollo de nuevos materiales,
el código ha quedado reducido a un velo
imperceptible (estaba por decir inconsútil),
que hace sentir de todo
donde no pasa nada.

DALL’INTERNO
La funzione profilattica/ del linguaggio politico/ consite nell’impedire un contatto/ diretto tra le cose. Grazie allo/ sviluppo dei nuovi materiali,/ il codice è oramai ridotto a un velo/ impercettibile (starei per dire inconsutile),/ che fa sentire tutto/ dove nono passa niente.




HORÓSCOPO

Yo estoy justo allí, en el punto en que convergen
influjos, alineamientos,
los hilos que levantan
ésta, mi mano, en Acuario,
éste, mi corazón, en Géminis,
diligente criatura del titiritero
estelar.

OROSCOPO
Io sono propio lí,/ nel punto in cui convergono/ influssi, allinamenti,/ i fili che sollevano/ questa mia mano in Acquario,/ questo mio cuore in Gemelli,/ diligente creatura del puparo/ stellare.



BOLSA

Los mil tubos (el órgano
de los títulos cotizados)
no suenan para nosotros,
sino para los fieles
de rodillas en el Templo:
armonía de las esferas en la Plaza de los Negocios
-y el soplido de la muerte.
El soplido de la muerte y de la mercancía,
a lo largo de la infinita cordillera de mierda
que Sísifo va acumulando.

BORSA
Le mille canne (l’organo/ dei totili quotati)/ non suonano per noi,/ bensí per i fedeli/ genuflessi nel Tempio:/ armonia delle sfere a Piazza Affari/ - e il soffio della morte./ Il soffio della morte e della merce,/ lungo la sterminata cordigliera di merda/ chi Sisifo va accumulando.



PANTALLA CHICA

La ley moral dentro de mí,
la antena parabólica sobre mí.

PICCOLI SCHERMO
La legge morale dentro di me,/ l’antenna parabolica sopra di me.



FITNESS

Una película de crema sobre el rostro,
una capa de gel alrededor del cuello,
un estrato de hierbas en el pubis,
un hato de paja entre las piernas,
una mano de barro en el busto:
belleza, momia y desagüe
del deseo, recíbenos.

FITNESS
Una pellicola di crema sopra il viso,/ un film di gel intorno al collo,/ uno strato d’erba sul pube,/ una fascina di paglia fra le gambe,/ una mano di fango lungo il busto:/ bellezza, mummia e foce/ del desiderio, accoglici.



MEDICINA:
EL OJO DE DOLLY

Et pour des visions écrasant son oeil darne
A. Rimbaud

Mientras nosostros festejamos el quincuagésimo aniversario
de la Declaración Universal de los Derechos Humanos,
proliferan ovejas sintéticas.
El nombre de la primera fue “Dolly”,
del griego “Dorotea”. ¿Don de Dios?
Arrancada, mejor, prototípica,
teo-repelente criatura.
Miren como el doble la habita
y se filtra en su mirada. Está allí,
como un espejismo, sosías, cuerpo vicario,
sombra que parece esperar la vuelta
de alguien.
Es el viandante perdido
en la bifurcación de la raza.

MEDICINA: L’OCCHIO DI DOLLY
Mentre noi festeggiamo il cinquantesimo anniversario/ della Dichiarazione Universale dei Diritti Umani,/ proliferano pecore sintetiche./ Il nome della prima è stato “Dolly”./ dal greco “Dorotea”. Dono de Dio?/ Strappatagli, piuttosto, prototipica,/ teo-repelente creatura./ Guardate come il doppio la abita/ e trapela dal suo sguardo. Sta lí/ come un miraggio, sosia, corpo vicario,/ ombra che sembra attentedere il ritorno/ di qualcuno./ È il viandante smarrito/ alla biforcazione della razza.


MEDICINA:
CRIOGÉNESIS


Y ahora la fecundación desde la tumba.
Gracias al milagro de la extracción post-mortem,
un Lázaro reducido a la sinécdoque
(la parte por el todo)
resurge en la Especie enviando,
desde el más allá,
el telegrama de su ADN.

MEDICINA: CRIOGENESI
E adesso la fecondazione dalla timba./ Grazie al miracolo del prelievo post-mortem,/ un Lazzaro ridotto alla sineddoche/ (la parte per il tutto)/ risorge nella Specie spedendo,/ dall’aldilà,/ il telegramma del suo Dna.



BREVES

Es el arte de lo poco
el juego de la nada.
A veces basta la inauguración
de un restaurante, o el robo de un camión,
y el pequeño mundo moderno
revela su naturaleza de pánoptico
de condominio.

BREVI
È l’arte del poco/ il gioco del nulla./ A volte basta l’inaugurazione/ di un ristorante, o il furto di un furgone,/ e il piccolo mondo moderno/ svela la sua natura di panopticon/ condominiale.


ECONOMIA

Ahora hablan los números,
hay poco de qué reírse.
Esta especie de horario ferroviario
habla de convoys que se van
lejos. También de vagones blindados,
si fuera menester, por eso
ponte a un lado
y saludando con la mano sonríe
mientras pasan.
Ahora Sherezade ya no puede hacer nada.

ECONOMIA
Otra parlano i numeri,/ c’èn poco da scherzare./ Questa especie di orario ferroviario/ racconta di convogli che vanno/ lontano. Anche blindati,/ all’occorrenza, perciò/ mettiti da una parte/ e salutando conla mano sorridi/ mentre passano,/ Adesso Sheherazade non può più nulla.

____________________________________________
Valerio Magrelli (Italia, 1957)

Extraído de: Epígrafes para la lectura de un diario. Ed. Bajo la luna, Buenos Aires, 2008.
Edición Bilingüe. Prólogo y traducción: Guillermo Piro.
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Marguerite Duras: "El libro" pertenece a: La vida material

La vida material. Marguerite Duras. Plaza & Janés Editores S.A.
EL LIBRO


El libro es la historia de dos personas que aman. Esto, es: que aman sin estar prevenidas. Esto ocurre fuera del libro. Digo algo que no he querido decir en el libro, pero que no debía olvidarme de decir ahora, incluso si es un poco difícil encontrar las palabras para hacerlo. Este amor se mantiene en la imposibilidad de ser escrito. Es un amor que todavía no ha sido abordado por la escritura. Es demasiado fuerte, más fuerte que estas personas. No está organizado. Se vive por la noche y la mayor parte del tiempo entre sueños. No, todo amor que empieza en general se organiza, e incluso si hay un impedimento central para vivirlo, lo hace, se crea hábitos, costumbres, las personas comen, duermen, se besan, discuten, se reconcilian, hacen tentativas de suicidio, tienen ternura el uno por el otro, a veces, a veces se abandonan, vuelven, a veces hablan también de otra cosa, no lloran todo el rato. Aquí, no hacen nada, no hacen en el amor, esperan en la oscuridad, algunas veces él quiere matarla. Yo creo que él habría debido matarla, que él debería matarla, llegar a ello, pero me ha parecido una solución un tanto forzada, precoz. Puedo decir que se trata de un amor absurdo, sin sujetos, al igual que la sonrisa de Alicia no tiene rostro a través del espejo, pero esto sería abstracto y falso. No, vuelvo a lo que decía, que es un amor que ama ya, que invade y que permanece más acá de todo lo que se podría decir de él por razones de orden religioso y que por este hecho podría estar cerca de una necesidad de sufrimiento, de una razón oscura de tener que sufrir para acordarse de una ausencia sin imagen, sin rostro, sin voz, pero que se lleva el cuerpo entero, como bajo el efecto de la música, hacia la emoción que acompaña la liberación de no se sabe qué peso formal.

Sí, este libro es la historia de un amor inconfesado entre personas que evitan decirse que se aman debido a una fuerza que ignoran. Y que se aman. Esto no está claro. Esto no puede declararse. Esto huye todo el tiempo. Es impotente. Y sin embargo está ahí. En una confusión que ellos tienen en común, que es personal, suya, y que es la identidad de sus sentimientos. ¿Es que perciben algo de lo que ocurre entre ellos y que los ata? No lo sé. Ellos saben más que los demás en el sentido del silencio a mantener sobre el amor, pero no saben vivirlo. viven en su lugar otra historia como si fueran otras personas. Cuando se dice que las personas se aman, en general se aman de amor. Son personas que no saben amarse y que viven un amor. Pero la palabra no acude a sus labios para decirla, ni el deseo al sexo, paa expresarlo, vaciarlo, y poder seguidamente charlar y beber alcohol. No, sólo lágrimas.

Estas personas, del libro, las conozco, aunque no conozco su historia como no conozco mi historia. Carezco de historia. De la misma manera que no tengo vida. Mi historia se pulveriza cada día, cada segundo de cada día, mediante el presente de la vida, y no tengo ninguna posibilidad de percibir claramente lo que se llama así: su vida. Sólo el pensamiento de la muerte me recoge o el amor de este hombre y de mi hijo. Siempre he vivido como si no tuviera ninguna posibilidad de aproximarme a un modelo cualquiera de la existencia. Me pregunto en qué se basa la gente para contar su vida. Lo cierto es que hay tantos modelos de relatos que se hacen a partir del de la cronología, de los hechos exteriores. Se toma este modelo en general. Se parte del principio de la vida de uno y sobre los raíles de los acontecimientos, las guerras, los cambios de domicilio, las bodas, se desciende hacia el presente.

Hay libros intangibles, L'Eté 80, El hombre atlántico, El Vicecónsul, que grita por los jardines de Shalimar, la mendiga, el olor a lepra, M. D., Lol V. Stein, El amante, El dolor, El dolor, El dolor, El amante, Hèléne Lagonelle, los dormitorios, la luz del río. Le Barrage se volvió intangible, los camuflajes, la sustitución de ciertos factores personales por otros que se prestaban menos a la curiosidad del lector y corrían menos peligros de alejarse del relato que yo quería que él leyera, todo se integró en la primera historia, que por otra parte, desapareció. Hasta El amante. De modo que hay dos niñas y yo en mi vida. La del Barrage. La del amante. Y la de las fotografías de familia. No alcanzo a ver lo que ocurrió mientras escribía este último libro, en el transcurso de este verano 86 tan terrible. En esta historia, por cierto desplazada, pero que fue vivida, es difícil descubrir la mentira, el lugar donde el libro miente, sobre qué plano, en qué adverbio. Puede que no mienta más que en una palabra. No creo que mienta respecto al deseo. Esto siempre debe ocurrir de esta manera cuando el hombre es rechazado por nuestro cuerpo. Y sin embargo, este libro cuenta la historia que ha sido vivida. Yo he hecho de él un caso particular y no un caso de especie. El tiempo de escribirlo estaba, tal vez, superado, era preciso que yo me acordara de haber sufrido. El sufrimiento permanecía, pero siempre igual. La emoción también. La emoción en El amante o en El dolor todavía está tibia, palpitante. Resuena en estos libros, el menor soplo, las voces también las oigo. Aquí, no, no oigo nada, no veo nada. Me confundo con estas personas, y lo que hago es contar una historia imposible entre una mujer y un homosexual, cuando lo que yo quiero contar es una historia de amor que es siempre posible incluso cuando se presenta como imposible a los ojos de las personas que están lejos de la escritura -no esando la escritura afectada por este género de lo posible o no de la historia -. Puede queyo haya querido decir esto mismo que digo aquí sin conseguirlo, saber que no ha habido historia de amor entre la gente, sino amor. Que tal vez, lo que quería decir, era que una vez en los confines de sus relaciones, cierta noche, el amor se había mostrado como un hilillo de luz en la oscuridad. Que una vez, cierto momento, la historia había llegado hasta el amor.

Si escribir en falso, incluso apenas en falso, me produce tanto efecto, es que esto debe ocurrirme raramente. Sin duda, todavía estoy demasiado bajo el impacto de la escritura de este libro para saberlo. Es preciso que tenga sentimientos mejores para con el libro, y que no lo trate más como un objeto hiriente, hostil y un arma dirigida contra mí. Qué es lo que ha sucedido. Es como si aprendiera que todo no puede emanar de la escritura, que esto se detiene quiérase o no ante puertas que están cerrradas, poco importa la razón por qué. Hay algo en este libro como un ensayista larvado a lo Barthes, tengo ideas, y hago alarde de ello, y la novela está, a veces, justificada como la de los premios literarios. Dicho de otro modo, no me he salido de ello. He implantado el mar en medio de la historia, un río, pero no ha sido suficiente para hacer salvaje al amor, a la gente, me concernía demasiado. Ha quedado lejos ésto.
No sé lo que habría debido hacer. Lo que ocurría cada día no era lo que sucedía cada día. Sucedía que lo que no ocurría era lo más importante del día. Cuando no sucedía nada era lo que daba más qué pensar. Habría debido entrar en el libro con mis maletas, mi rostro devastado, mi edad, mi oficio, mi brutalidad, mi locura, y tú habrías debido quedarte igualmente en el libro, con tus maletas, tu rostro liso, tu edad, tu ocio, tu terrible brutalidad, tu locura y tu angelismo fabuloso. Y esto no habría sido suficiente.
Hemos hecho asco a todos los compromisos, a todos los "arreglos" habituales entre los géneros, hemos afrontado la imposibilidad de este amor, no hemos retrocedido, no nos hemos librado, era un amor que venía de muy lejos, que no podíamos imaginar, era tan extraño, nos burlábamos, no lo reconocíamos y lo hemos vivido tal como se presentaba, imposible, verdaderamente, y sin intervenir, sin hacer nada para sufrir menos, sin rehuírle, sin masacrarlo ni partir. Y esto no ha sido suficiente.

En el período que precedió a la entrega del manuscrito hasta el último día, creí que todavía podía evitar darlo a editar, pero en este momento yo era la única en pensarlo y era demasiado tarde y finalmente tuvieron razón de publicarlo.

_________________________________________
Marguerite Duras (Francia, 04/04/1914 - 03/03/1996)

extraído de: La vida material. Plaza & Janes Editores, S.A., 1988, Barcelona.
Traducción: Menene Gras Balaguer
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Mariana Docampo: "Después del viento" de: Al borde del tapiz

Después del viento Al borde del tapiz. Mariana Docampo. Ed. Simurg, 2001

Ahora no se mueve una sola gota de viento. Hay una multitud de pájaros como un coro, y el sonido vaporoso del bosque afuera. El vaivén ha cesado. Todo guarda una calma absoluta. Todo, incluso yo, inmersa en esta luminosa mañana que se derrama a bocanadas a través de los huecos infinitos. El viento llega por la noche, golpea las entrañas mismas del palacio. Se introduce lentamente por las ventanas y luego estalla en cataratas altísimas, se hace diminuto, se desliza por debajo de las puertas y quiebra el ventanal. El viento por todas partes, desde distintos rincones, con frecuencias distintas, choca, embate contra los muros, se agita como un gigante encadenado y luego cae, se desmorona con violencia, se hace trizas contra el piso. Mariana Docampo. foto: Valentina RebasaPero esta mañana ha amanecido detenida. La noche parece haber sido olvidada por todos. Bajo a la aldea por la callecita lateral que la une al palacio. Los árboles están intactos. Dos caballos beben agua de un cántaro que no parece haber sufrido el furor del viento nocturno. Un anciano sonríe su boca desdentada y camina flameando en la soledad. Pienso que el menor de los soplos que sacudió el corazón del palacio aquella noche pudo haberlo derribado en un instante. Y sin embargo, camina con la levedad de una hoja. Se deja llevar por su bastón, pacíficamente, como si aun tuviera la vida por delante, o tal vez otra vida, más alta, destilada por la luz del cielo. Mi falda roza la tierra. Las pequeñas ramas crujen bajo mis zapatos. Sigo el curso del río que se aviva por momentos, y estalla en círculos minúsculos para continuar luego su curso. Tantos han vivido antes que yo, tantos con la misma absurda idea de estar inaugurando el mundo.
Un niño está sentado sobre una piedra, con los pies un poco hundidos en el agua, con los pantalones arremangados y una camisa blanca. Sus ojos se suspenden sobre el otro lado del río, como dos gotas de lluvia. Tengo la impresión de habe vivido alguna vez el sueño de la infancia. Tengo recuerdos situados muy lejos, recortados en la memoria como si fueran imágenes vistas a la distancia. Pero la proximidad del niño me agrada. Me siento tentada de intercambiar opiniones con él. Después de todo, tampoco él parece haber sentido el viento de la noche. El sendero asciende un cerro bajo y yo sigo fielmente la huella. Hay algunas nubes en el cielo, nubes que uno podría cortar con el filo de las manos, como si fueran espuma, nuebes que dan la impresión de poder estirarse hasta diluirse en el fondo azul, en la sustancia profunda del cielo. Desde la cima la aldea parece vacía. Un humo negro se desprende de un techo, como si estuviera fijo en la tela. Las casitas forman un círculo que comienza a desperdigar sus contornos. Entonces me gustaría echarme en la tierra y pasar la mañana tibia respirando el olor del pasto. Desde aquí, desde lo alto de un cerro bajo que licua las formas del mundo. Soberbias de la vida. Hasta hoy nunca había sentido la fugacidad de mi existencia. Y es que es tan claro. Hoy comienzo a envejecer. Yo que siempre he sido joven comienzo a envejecer, hoy, bajo un cielo azul, me siento expuesta a lo irreversible. El sol se abandona sobre las hojas de los árboles y acaricia los colores suavemente. Hay pájaros inútiles como la vida misma que embellecen el aire. Hay formas vaporosas en el horizonte, formas de una belleza gratuita y zigzagueante. Me siento feliz de estar viva, feliz de formar parte -por diminuta que sea- de esta vida, de haber sido expulsada sin pedirlo de un seno infinito. El mayor misterio, el mayor abismo, la vida. Vivir y perecer después del viento.

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Mariana Docampo
(Argentina, 1973)

Extraído de: AL BORDE DEL TAPIZ. Ediciones Simurg, Bs.As., 2001
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Krysztof Kieslowski: homenaje (palabras - citas - reportaje)

Krysztof Kieslowski
Contadas veces ante la presencia de un hecho, de un paisaje, de una película, de una música, un libro o una persona, uno siente que esa experiencia, lo ha atravesado de tal modo que luego de ese instante, la manera de percibir el mundo cambia: la ciudad se transforma, la propia, la que uno habita. Así aconteció en mi vida la aparición de “La doble vida de Verónika” en aquel 1992 y con esas imágenes, el descubrimiento y la entrada a la filmografía de Krysztof Kieslowski (Polonia, 27/06/1941 - 13/03/1996).
Aquella primera vez que vi esa película, no sé qué fue lo que me atrapó: si se trataba de un “cordel”, si eran varios, todos juntos moviendo algunas marionetas o un titiritero descubriéndose; o la extraña sensación de dobles, esa idea fantaseada de hallar a nuestro dobleLa doble vida de Verónica (1991) en alguna parte del mundo viviendo otra de nuestras vidas posibles, aquellos caminos deshechados a veces por miedo; o esa música que envuelve las imágenes o tal vez la intensidad de esos colores ocres. O aun, aquello devenido enigma después, ese recurso suyo de entrometer en tantas escenas, a personas ancianas y la curvatura de sus espaldas, sus dificultades ante algunas tareas cotidianas, como un intento de transmitir ese punto de vejez al cual él se rebelaba a llegar. Sólo sé que en esos 96 minutos algo de la película me atrapó, caí en el anzuelo, indefinible, impensable de esas imágenes. Y hasta es paradojal pensar una “doble” cuando se trata de una y de los caminos que se recorren, de las bifurcaciones en donde ante tal encrucijada, se opta por una de esas vías, por uno de esos amores, por una de esas pasiones, por alguna intensidad que no volverá a repetirse ni a encontrarse más que allí: en ese instante donde la vida toma la tensión de lo que somos capaces de asumir.
Hace tiempo deseaba hacer este homenaje a un director que tantas horas de placer, de reflexión, de sensaciones, produjeron aquellas de sus películas que tuve la fortuna de disfrutar.

Y luego de “La doble vida…” haberme dejado llevar hasta por cuestiones éticas, en No matarás (1988)algunas de su “Decálogo”, ese trabajo particular que realizó con los diez mandamientos: “No matarás” o aquel pequeño brillo opaco de “Una película de amor”, tan raramente melancólica y concisa en colores, imágenes, palabras, como de cierta inocencia ante eso tan extraño y misterioso con que se nos aparece y nos toma el amor.
Y luego la “trilogía” de: Bleu, Blanc, Rouge. Cada una de sus películas citando a la otra, armando una sinfonía por momentos ostentosa y a la vez, tan llena de matices y encrucijadas, ya lejos de su Polonia natal, y sin embargo, no olvidaUna película de amor (1988)ndo jamás esos pequeños gestos donde se descubren acontecimientos tan propios y singulares de cada uno de los personajes y nos reflejan: espejo que por lo menos en mí, sitúa algunas veces la escritura de algunos pasos que he dado en mi vida. Como él mismo ha expresado en alguna entrevista: “El público que más me gusta es el que dice que el film habla de ellos. (…) Es un placer haber hecho algo sin saber exactamente cómo iba a funcionar y que de pronto resulte que pega exactamente en el destino de otra persona.” Bleu (1993)
Ese director que también, en sus reportajes transmitía su escepticismo por hacer cine, hasta pensar en dejar de hacerlo alrededor de sus 50 años, o por un futuro amenazado para su Polonia natal ante el derrumbe soviético.
Y tan temprana llegó su muerte, apenas a sus 54 años, como extraña paradoja, el mismo final que aquella Verónica francesa, de un paro cardíaco: la inesperada muerte de alguien tan próximo y tan lejano. Su muerte causando un pesar sorpresivo; extrañando desde ese entonces a aquel director capaz de captar sin saber aquellos rasgos particulares de la vida de otros, de tantos otros. VidaBlanc (1994)s abiertas a partir de esas búsquedas que transitaban tantos de sus personajes ante acontecimientos que producían una torsión en esas ciudades cotidianas, propias y ante ello, ante situaciones trágicas, dolorosas o contundentes, en esas encrucijadas, hallar una respuesta posible como salida, siempre como salida aun ante las pérdidas irreparables; y hasta encontrar ese humor necesario para hacer más soportable aquellos momentos y revertir ese estado interior ante un mundo cada vez más caótico.
Al día siguiente de su muerte, Luciano Monteagudo escribía en Página/12: “¿Qué buscaba Kieslowski? (...) parecía estar detrás de un imposible: materializarRouge (1994) en imágenes conceptos abstractos, encontrar equivalentes concretos, sensuales, emotivos para nociones de orden ético o metafísico.” Y yo comparto tal opinión y por eso este lazo que sostengo con sus películas y sus personajes que siguen tan vigentes para mí.
Y todas estas palabras como pretexto para transcribir unos escritos que guardo de él publicados también del diario Página/12 de hace más de una década, citados por el mismo Luciano Monteagudo y extraídos de su libro Kieslowski on Kieslowski (que no he encontrado que haya llegado su traducción a estas tierras) y una entrevista donde desgrana la trilogía filmada con los colores de la bandera francesa, que quería compartir con quienes naveguen por aquí:

En 1981, Kieslowski estaba filmando un documental sobre el mundo nocturno de la estación central de ferrocarril de Varsovia cuando la policía polaca sin previo aviso y sin motivo aparente decomisó el material. Kieslowski no lo sabía entonces, pero la policía buscaba en sus imágenes pruebas incriminatorias contra una mujer que había matado a su madre, la había cortado en pedazos y la había guardado en dos valijas que dejó en un armario de la estación. “Sucedió que nunca habíamos llegado a filmar a esta mujer – cuenta Kieslowski-, ¿Pero si, por azar, la hubiéramos filmado? Era posible. Si yo hubiera enfocado la cámara a la izquierda en vez de a la derecha, quizá la habríamos captado. ¿Y qué hubiera sucedido?
“Me habría convertido en un colaborador de la policía. Ese fue el momento en que me di cuenta de que yo no quería hacer documentales nunca más, un momento que en sí mismo no fue importante, porque no tuvo ninguna consecuencia, ni negativa ni positiva. Sin embargo, me hizo darme cuenta del pequeño engranaje que soy en una rueda que alguien hace girar por razones que me son desconocidas. Por supuesto, es un asunto diferente si es algo bueno o malo que un asesino sea arrestado. Ese es un problema totalmente distinto. Hay gente cuyo trabajo consiste en arrestar a los homicidas y eso deben hacer. Pero yo no soy uno de ellos.
El gran problema del documental es que no todo puede ser descripto. Esa es su propia trampa. Cuanto más se quiere uno acercar a alguien, más se cierra esa persona. Es algo perfectamente natural; no hay nada que se pueda hacer al respecto. Si estoy haciendo una película sobre el amor, no puedo meterme en un dormitorio si una pareja está allí realmente haciendo el amor. Si estoy haciendo una película sobre la muerte, no puedo filmar a alguien que se está muriendo porque ésa es una experiencia tan íntima y tan extrema que nadie tiene el derecho de alterarla. Ese probablemente sea el motivo por el cual me pasé a la ficción. Allí no hay ese tipo de problemas. Si necesito una pareja que haga el amor, la consigo. Se supone que alguien debe morir. Está bien: en un minuto esa persona se volverá a levantar. Y así en más. Hasta puedo comprar glicerina, ponerla en los ojos de una actriz y tener lágrimas. Más de una vez filmé lágrimas de verdad. Es algo completamente diferente. Pero ahora consigo glicerina. Me asustan las lágrimas verdaderas. De hecho, no sé siquiera si tengo el derecho de filmarlas. Hay veces que siento que estoy en una región sin límites. Esa es la razón por la cual me escapé del documental.”

“Todos mis films- confirma en su libro-, desde el primero hasta los más recientes, son acerca de individuos que no pueden encontrar un sentido absoluto a sus actos, que no saben del todo cómo vivir, que no saben realmente dónde está el Bien y el Mal, que están buscando desesperadamente. Buscando respuestas a preguntas tan elementales como ¿para qué es todo esto?, ¿para qué levantarse por la mañana?, ¿para qué acostarse por la noche?, ¿para qué volverse a levantar?”

“Azul, blanco, rojo: libertad, igualdad, fraternidad. Fue idea de Pieso (Krzysztof Piesiewicz, su guionista habitual). Si habíamos intentado filmar el Decálogo, ¿por qué no tratar de hacer un film sobre la libertad, la igualdad y la fraternidad? ¿Por qué no hacer una película donde los imperativos del Decálogo fueran entendidos en un contexto más amplio? ¿Por qué no ver cómo funcionan hoy en día Los Diez Mandamientos?, ¿cuál es nuestra actitud hacia ellos? ¿O qué se entiende hoy por tres palabras como libertad, igualdad y fraternidad?”

“El film Bleu es acerca de la libertad, de las imperfecciones de la libertad humana. ¿Hasta qué punto somos realmente libres?”

“A pesar de la tragedia que divide su vida, es difícil imaginar una situación más privilegiada que la de Julie (Juliette Binoche). Al comienzo del film ella se encuentra de pronto completamente libre, porque en un accidente mueren su marido y su hija; pierde a su familia y con ella todas sus obligaciones. Tiene dinero suficiente como para vivir bien y está exenta de responsabilidades. No tiene por qué hacer más nada en la vida. Y aquí surge la cuestión: ¿una persona en esta situación es verdaderamente libre?”
“Para Julie no hay pasado. Ella decidió borrarlo. Si el pasado vuelve, lo hace sólo a través de la música. Pero sucede que uno no puede liberarse completamente de todo lo que ha sido. No puede, porque en cierta ocasión surge algo tan simple como el miedo; o un sentimiento de soledad o, por ejemplo, como Julie experimenta en determinado momento, la sensación de haber sido engañada. Este sentimiento cambia tanto a Julie que se da cuenta de que no puede vivir de la forma en que ella quería. Esta es la esfera de la libertad personal. ¿Hasta qué punto somos libres de nuestros sentimientos? ¿El amor es una prisión? ¿O es la libertad?”

Extraído de Diario Página /12 – domingo 22 de Mayo de 1994
extractos del libro Kieslowski on Kieslowski (Faber and Faber, Londres, 1993)



* * * * * *
Entrevista “La libertad es un imposible”

- ¿Cómo concibió la idea de filmar esta trilogía en tres colores?
- Mi coguionista, Krzysztof Piesewicz es el responsable de los temas principales. El Decálogo como totalidad fue bien recibido en casi todas partes, por eso pensamos en algo así. Porque las obras desarrolladas a partir de valores universales y evidntes no generan rechazo, sino más bien todo lo contrario. De modo que evaluamos la posibilidad de volver a trabajar con esos códigos. Libertad, igualdad y fraternidad son ideas que conciernen a todos; millones de personas murieron por ellas, y nosotros decidimos ver cómo se aplicaban hoy concretamente y qué significado tenían en la actualidad.
- ¿Cómo realizó cada film en función de los otros?
- Los tres de la misma manera. Tratamos de investigar cómo funcionaban estos valores en la vida cotidiana, pero desde un punto de vista individual. Porque son ideas que se contradicen con la naturaleza humana. Nuestra pregunta fue “¿La gente realmente quiere libertad, igualdad y fraternidad? No serán meros enunciados?”. Y siempre tuvimos en cuenta esta perspectiva individual.
- ¿Los personajes principales son tres mujeres?
- No. En Blanco el protagonista es el actor polaco Zbigniew Zamachowski y su pareja es Julie Delpy. En Rojo ella hace pareja con Jean Louis Trintignant.
- En Azul, Julie Delpy aparece sentada en el tribunal. ¿Hay algún punto de intersección entre los tres films?
- Sí, entre el primero y el segundo: Julie Delpy aparece en el primero, y Juliette Binoche brevemente en el segundo, en relación con el personaje principal. Para el tercero habíamos pensado lo mismo, pero este nexo probablemente no exista. No nos gustó algo de lo que vimos mientras editábamos Blanco y cortamos una escena que suponía que ligaba a Irene Jacob con Rojo. Sin embargo, la idea nos interesaba. De todos modos, los tres films confluirán en la escena final de Rojo, pero no se la voy a contar.
- En el final de Azul la palabra amor adquiere una preponderancia significativa. ¿Es amor el significado principal de la película y libertad un mensaje subyacente?
- En un sentido, el amor se contradice con la libertad. Si uno ama, deja de ser libre; comienza a depender de la persona a la que ama, cualquiera sea. Cuando se ama a una mujer, uno vive con valores diferentes, como si viera a través de sus ojos. Uno siente que no puede hacer lo que quiere. No pretendo filosofar, pero la historia que quisimos contar gira en torno de ese sentimiento de libertad en relación al amor.
- Pero al mismo tiempo usted muestra cómo el amor salva a la protagonista. ¿Sugiere que la libertad es imposible?
- Por supuesto que es imposible. Uno clama por la libertad, pero no la consigue. Ese es el tema de la película.
- ¿Cómo eligió a Juliette Binoche? ¿Cóm fue trabajar con ella?
- La considero una muy buena actriz, con la que quería trabajar desde hace mucho tiempo. Me impresión cuando la vi en La insoportable levedad del ser. En ese momento no hubiera podido contratarla, porque yo trabajaba con actores polacos. Mientras preparaba La doble vida de Veronica pensé en ella también, pero no podía porque estaba filmando Les amants du Pont Neuf. También se me había ocurrido Andy McDowell. Finalmente Irene Jacob tomó el papel y me sentí muy satisfecho. Pero cuando empecé a pensar la idea de Azul tenía a Juliette en mente. Ella es muy inteligente y se maneja de esa manera. Yo la fui a ver a Londres, donde estaba rodando Damage para Louis Malle. Cuando la vi le dije que me parecía muy joven. Ella me respondió que no pensaba lo mismo, pero quien decidía era yo. Mientras la llevaba a casa me dio un sobre. De vuelta al hotel, lo abrí y encontré dos fotografías en las que fácilmente aparentaba 35 años. Fue una manera sutil de demostrarme que podía aparentar más edad. Después, ella trabajó mucho y muy disciplinadamente. Fue a Polonia, donde estábamos grabando música, se quedó varios días a escucharnos, y muy pronto aprendió a escribir música también.
- ¿Cuál de los tres conceptos es más importante para usted: libertad, igualdad o fraternidad?
- Creo que lo que está más próximo a la naturaleza humana es la fraternidad. Pero tampoco estoy totalmente seguro. Quizá somos fraternales porque ante nuestros propios ojos necesitamos parecer generosos.

Entrevista realizada por: Michel Ciment y Hubert Niogret/Positif
Extraída de: Diario Página/12 – miércoles 13 de octubre de 1993


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Juan Gelman: La casa del amor

Juan Gelman
Creo que hay en la obra de todos nosotros una dimensión judía. Creo también que se escribe con el cuerpo. Pero me resulta imposible, en mi caso, definir lo judío que constituye mi subjetividad y que, sin duda, alienta en lo que escribo. No sé en qué línea, verso o elección de una palabra subyace mi abuelo rabino, ruso, que ante la amenaza de un pogrom[1] sacaba de una arqueta un pergamino de mediados del siglo XVII (que contenía los nombres de los rabinos, sus antepasados directos, que lo precedieron en esa función) y leía esos nombres a sus 14 hijos e hijas sentados en silencio alrededor de la mesa. Era, según mi madre, como leer el Génesis: “Tal engendró a tal, que engendró a tal, etcétera”. Era, a mi parecer, una forma de demostrar que ningún pogrom iba a acabar con la continuidad que los reunía alrededor de la mesa amenazada.
Recuerdo el retrato de mi abuelo, al que nunca conocí, colgado en la pared del dormitorio de mis padres: barbado, quieto en la foto finisecular, con ojos que iban más allá de lo mirado. Y sé que me marcó, mas no sé cómo. Mi madre decía que su padre era más guapo que yo, y que el que se le parecía era mi hijo. Misterios de la herencia.
Tengamos confianza en el misterio, sin pretenderle otra cosa. Confianza en sus límites que siempre retroceden y repiten, porque son el infinito que nos es dado seguir.
A comienzos del siglo XII Yehuda Halevi escribió un famoso poema titulado La casa del amor, cuya traducción aproximada dice:

Desde el momento en que fuiste la casa del amor para mi,
mi amor vive donde vives.
Gracias a ti, delicia es para mí la cólera
del enemigo; que el enemigo sea,
que atormente al que atormentas tú.
De ti aprendieron a herirme con su cólera,
los amo porque acosan como perros
al que tú derribaste.
Como así me desprecias, me desprecio,
porque nunca honraré lo que desprecias.
Así sea hasta que tu ira se disipe
y redimas al que es tu posesión como una vez la redimiste.

Con excepción del último verso (una clara referencia a la redención del pueblo judío de la esclavitud en Egipto), el poema de Yehuda Halevi es en realidad una adaptación de un poema de amor árabe, escrito en esa lengua en el siglo VIII.
Hace años me atreví a reescribir ese poema de Yehuda Halevi, ya no en relación con el amor o con Jehová, sino con el exilio, el mío:

te hiciste nido de mi amor /
y mi amor
vive donde vivís /
los enemigos
me atormentan / que sean /
sea su ira /
mientras no encuentre mi camino hacia vos /
mis huesos tiemblan sosteniendo a un extraño /
al extranjero de tu piel /
así sea /
mientras no absuelvas mi dolor /
me sudes / me redimas /
me rescates de mí /

A veces tengo un sueño maravilloso: que alguien vuelva a partir de este poema mío, poema que prolonga una escritura de hace nueve siglos, que es eco de otra de tres siglos antes. Porque la poesía es infinita y es dado sentir su infinitud, por la que hombres y nombres pasan con la fugacidad de un leve resplandor, sellados por el deseo de alimentarla y alimentarse de ella.

Juan Gelman (Argentina, 03-05-1930)

(Fragmento del texto presentado por Gelman en el Cuarto Encuentro de Escritores Judíos Latinoamericanos – Buenos Aires, agosto de 1992 -, reproducido por la revista Confines – Septiembre de 1996 - )

Extraído de Suplemento RADAR – Página/12 – Año 1 Nº 5 – 13 de octubre de 1996

[1] Pogrom es una palabra rusa que significa un ataque o disturbio. Las connotaciones históricas del término incluyen ataques violentos por las poblaciones locales contra judíos en el imperio ruso y por todo el mundo. En la época moderna, resentimiento económico y político contra los judíos, y el antisemitismo religioso tradicional, han sido usados como pretextos para los pogroms.
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Julio Cortázar: "Para escuchar con audífonos" de: Salvo el crepúsculo

¿Por qué si estamos lejos de Cortázar y sus audífonos, con respecto a nuestros auriculares, mp3, mp4, y demás aparatos tecnológicos, sigue habiendo una contemporaneidad en estas palabras de su “Para escuchar con audífonos”? Es en ese modo de abrir su sensibilidad a los pequeños detalles y desde ellos, producir un escrito donde el auricular es el medio, el instrumento elegido para hacer literatura; escritura que desgrana aquello insondable de abordar y desplegar sobre: una mujer, la música, el silencio y la poesía. Descubrimientos desde los sentidos y el sentido descubriendo algo que juega con el papel, una máquina de escribir: esas pulsaciones capaces de hacernos perder en sus propios auriculares y escuchar, leer este texto hasta el final, allí donde los ojos y los oídos quizás puedan perderse o encontrarse, en la propia sensibilidad que en mi caso, la escritura de Cortázar siempre despierta de otro modo.


Para escuchar con audífonos

(...) Salvo el crepúsculo. Julio Cortázar. Ed. Nueva Imagen
Me fascina que la mujer que está a mi lado escuche discos con audífonos, que su rostro refleje sin que ella lo sepa todo lo que está sucediendo en esa pequeña noche interior, en esa intimidad total de la música y sus oídos. Si también yo estoy escuchando, las reacciones que veo en su boca o sus ojos son explicables, pero cuando sólo ella lo hace hay algo de fascinante en esos pasajes, esas transformaciones instantáneas de la expresión, esos leves gestos de las manos que convierten ritmos y sonidos en movimientos gestuales, música en teatro, melodía en escultura animada. Por momentos me olvido de la realidad, y los audífonos en su cabeza me parecen los electrodos de un nuevo Frankenstein llevando la chispa vital a una imagen de cera, animándola poco a poco, haciéndola salir de la inmovilidad con que creemos escuchar la música y que no es tal para un observador exterior. Ese rostro de mujer se vuelve una luna reflejando la luz ajena, luz cambiante que hace pasar por sus valles y sus colinas un incesante juego de matices, de velos, de ligeras sonrisas o de breves lluvias de tristeza. Luna de la música, última consecuencia erótica de un remoto, complejo proceso casi inconcebible.



¿Casi inconcebible? Escucho desde los audífonos la grabación de un cuarteto de Bartok, y siento desde lo más hondo un puro contacto con esa música que se cumple en su tiempo propio y simultáneamente en el mío. Pero después, pensando en el disco que duerme ya en su estante junto con tantos otros, empiezo a imaginar decursos, puentes, etapas, y es el vértigo frente a ese proceso cuyo término he sido una vez más hace unos minutos. Imposible describirlo – o meramente seguirlo – en todos sus pasos, pero acaso se pueden ver las reminiscencias, los picos del complejísimo gráfico. Principia por un músico húngaro que inventa, transmuta y comunica una estructura sonora bajo la forma de un cuarteto de cuerdas. A través de mecanismos sensoriales y estéticos, y de la técnica de su transcripción inteligible, esa estructura se cifra en el papel pentagramado que un día será leído y escogido por cuatro instrumentistas: operando a la inversa el proceso de creación, estos músicos transmutarán los signos de la partitura en materia sonora. A partir de ese retorno a la fuente original, el camino se proyectará hacia adelante; múltiples fenómenos físicos nacidos de violines y violoncellos convertirán los signos musicales en elementos acústicos que serán captados por un micrófono y transformados en impulsos eléctricos; estos serán a su vez convertidos en vibraciones en impulsos eléctricos; estos serán a su vez convertidos en vibraciones mecánicas que impresionarán una placa fonográfica de la que saldrá el disco que ahora duerme en su estante. Por su parte el disco ha sido objeto de una lectura mecánica, provocando las vibraciones de un diamante en el surco (ese momento es el más prodigioso en el plano material, el más inconcebible en términos no científicos), y entra ahora en juego un sistema electrónico de traducción de los impulsos a señales acústicas, su devolución al campo del sonido a través de altavoces o de audífonos más allá de los cuales los oídos están esperando en su condición de micrófonos para a su vez comunicar los signos sonoros a un laboratorio central del que en el fondo no tenemos la menor idea útil, pero que hace media hora me ha dado el cuarteto de Bela Bartok en el otro vertiginoso extremo de ese recorrido que a pocos se les ocurre imaginar mientras escuchan discos como si fuera la cosa más sencilla de este mundo.

Cuando entro en mi audífono,
cuando las manos lo calzan en la cabeza en la cabeza con cuidado
porque tengo una cabeza delicada
y además y sobre todo los audífonos son delicados,
es curioso que la impresión sea la contraria,
soy yo el que entra en mi audífono, el que asoma la cabeza
a una noche diferente, a una oscuridad otra.
Afuera nada parece haber cambiado, el salón con sus lámparas,
Carol que lee un libro de Virginia Wolf en el sillón de enfrente,
los cigarrillos, Flanelle que juega con una pelota de papel,
lo mismo, lo de ahí, lo nuestro, una noche más,

y ya nada es lo mismo porque el silencio del afuera amortiguado
por los aros de caucho que las manos ajustan
cede a un silencio diferente,
un silencio interior, el planetario flotante de la sangre,
la caverna del cráneo, los oídos abriéndose a otra escucha,
y apenas puesto el disco ese silencio como de viva espera,
un terciopelo de silencio, un tacto de silencio, algo que tiene
de flotación intergaláxica, de música de esferas, un silencio
que es un jadeo silencio, un silencioso frote de grillos estelares,
una concentración de espera (apenas dos, cuatro segundos), ya la aguja
corre por el silencio previo y lo concentra
en una felpa negra (a veces roja o verde), un silencio fosfeno
hasta que estalla la primera nota o un acorde
también adentro, de mi lado, la música en el centro del cráneo de cristal
que vi en el British Museum, que contenía el cosmos centelleante
en lo más hondo de la transparencia, así
la música no viene del audífono, es como si surgiera de mi mismo, soy mi oyente,
espacio puro en el que late el ritmo
y urde la melodía su progresiva telaraña en pleno centro de la gruta negra.

Cómo no pensar, después, que de alguna manera la poesía es una palabra que se escucha con audífonos invisibles apenas el poema comienza a ejercer su encantamiento. Podemos abstraernos con un cuento o una novela, vivirlos en un plano que es más suyo que nuestro en el tiempo de lectura, pero el sistema de comunicación se mantiene ligado al de la vida circundante, la información sigue siendo información por más estética, elíptica, simbólica que se vuelva. En cambio el poema comunica el poema, y no quiere ni puede comunicar otra cosa. Su razón de nacer y de ser lo vuelve interiorización de una interioridad, exactamente como los audífonos que eliminan el puente de fuera hacia adentro y viceversa para crear un estado exclusivamente interno, presencia y vivencia de la música que parece venir desde lo hondo de la caverna negra.
Nadie lo vio mejor que Rainer María Rilke en el primero de los sonetos a Orfeo:
O Orpheus singt! O Hoher Baum im Ohr!
Orfeo canta. ¡Oh, alto árbol en el oído!
Arbol interior: la primera maraña instantánea de un carteto de Brahms o de Lutoslavski, dándose en todo su follaje. Y Rilke cerrará su soneto con una imagen que acendra esa certidumbre de creación interior, cuando intuye por qué las fieras acuden al canto del dios, y dice a Orfeo:
da schufst du ihnen Tempel im Gehör
y les alzaste un templo en el oído.
Orfeo es la música, no el poema, pero los audífonos catalizan esas “similitudes amigas” de que hablaba Valéry. Si audífonos materiales hacen llegar la música desde adentro, el poema es en sí mismo un audífono del verbo; sus impulsos pasan de la palabra impresa a los ojos y desde ahí alzan el altísimo árbol en el oído interior.

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Julio Cortázar (Argentina, 26-08-1914/ 14-02-1984)

de: SALVO EL CREPÚSCULO. Ed. Nueva Imagen, Buenos Aires, 2º Ed. 1987 (1º Ed. 1984)

Ref. Biografía en Sólo Literatura
otro link: Julio Cortázar
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Olga Orozco: "¿Quién? ¿quién? ¿quién?" de: Con esta boca, en este mundo

Con esta boca, en este mundo. Olga Orozco. Ed. Sudamericana.1994
¿Quién? ¿quién? ¿quién?

A solas,
en medio del vendaval del tiempo no estoy sola.
Van y vienen, errantes como nubes,
sumisos al capricho de la luz, a las oscilaciones entre la fe y la duda,
pero al final se imponen, lo mismo que una música o un destello lunar,
invadiendo mis ojos, mi nublada cabeza,
desde la extraña, oscura, vertiginosa rotación del tiempo.
¿Son recuerdos, o sombras, o visiones? ¿Espíritus, acaso? Olga Orozco y Alejandra Pizarnik
Los siento agazapados, dispersos en el fondo de todos los rincones,
al acecho de algún momento en blanco, una pausa, una ráfaga, el eco de unos pasos,
y ponerse a existir como la vez primera o la última vez,
mientras aumenta el frío en mis rodillas.
Quién? ¿quién? ¿quién?
Llegan como jirones desprendidos del sueño.
Pero los reconozco: no se han roto los inasibles vínculos.
Son mi abuela, mis padres, mis hermanos en su versión de gasas para el vuelo,
y el modo de caer a vida o muerte, como una inmolación,
hasta el centro engañoso de la llama,
que es mi propia manera de partir y volver a nacer.
Sé también quiénes son los que llegan ahora:
parecerían pájaros en duelo o humaredas que significan "nunca más",
papeles calcinados por embustes, por juramentos y traiciones,
un remolino negro en las tormentas del pasado.
Y tú ¿vienes por mí?
Tú, que desde tan cerca me rodeas con tu abrazo de seda,
huyes después tan rápido que apenas puedo ver el destello de un rastro,
el fulgor de tu piel bendiciendo mis lágrimas,
y sentir que me dejas otra vez tu aliento entre las manos
y este amor sin sosiego entreabriendo la herida en mi costado.
Ahora cierro los ojos y si vuelvo a mirar hay una mancha pálida.
Se balancea, rueda y es la casa, mi refugio de siempre frente al miedo.
Avanza entre las brumas como un barco fantasma,
con su carga de muertos y los viejos enigmas aun sin resolver,
y allí en algún rincón, yo, la sobreviviente,
soy en este destiempo la irreal aparecida,
al acecho de algún momento en blanco, una pausa, un suspenso,
para rehacerme desde algún perfume, una ráfaga, el eco de unos pasos,
y ponerme a existir como por vez primera.
porque de aquel costado seré sombra también, o recuerdo o espíritu,
en busca de los asilos ya perdidos.
Pues tal como perduran en el cuerpo los dolores de las mutilaciones,
así vuelven las almas a reclamar por todos sus vacíos.


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Olga Orozco -
[Olga Gugliotta] - (Argentina, 17-03-1920 / 15-08-1999)

Extraído de:
Orozco, Olga: Con esta boca, en este mundo.
Ed. Sudamericana, Bs.As., 1994

Algunas páginas de referencia:
- Entrevista efectuada a Manuel Ruano a raíz de reparar y prologar la edición de la “Obra poética” de Olga Orozco, editado por Editorial Bilblioteca Ayacucho, Caracas 2000. -
-A media voz, El Poder de la Palabra, Audiovideoteca de Buenos Aires,
-Blog: Olga Orozco

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Carson McCullers: "El transeúnte" de: El aliento del cielo

Carson McCullers. El Aliento del cielo. Ed.Seix Barral
Una melodía rota que en el extranjero vuelve a reencontrarse con sorpresa: el recuerdo descarga su peso apenas por un instante y la vida encuentra alguna calma al amor que ya no es. Ese transeúnte, Ferris, vagando extranjeramente por su propia ciudad, trae a mi memoria a otro extranjero y una pregunta: ¿habrá leído Juan Jesús, protagonista de Llamadas en Amsterdam (Juan Villoro) este relato de Carson McCullers? ¿Habrá reencontrado aquel en éste, la misma sensación de melancolía? ¿Ese irrevocable paso del tiempo descargando la sensación de fracaso, del amor perdido, de la vida estancada en una melodía, en una llamada o en un abrigo? Sin embargo, Ferris, aun embadurnado con sus propias mentiras, apenas por un momento quizás, deja de ser ese transeúnte, ese deambulador, para abrazar a un niño y en esa emoción, confrontado doblemente, a la paternidad perdida y a la posible de asumir. Carson McCullers
O quizás tal vez Juan Jesús, tampoco pudo hallar abrigo en este relato e insiste en quedar a la intemperie, haciendo de su ciudad mexicana un lugar extranjero llamado Amsterdam y desde allí insistiendo en hacer esas llamadas a la espera de ese gesto que pareciera que nunca ha de llegar… sosteniendo la creencia que la respuesta pudiera revelarle su destino. Mientras, Ferris, quizás, encontrando ese amarre a un niño, despierte a otra dimensión del amor y de su propia vida; cruzando el océano, arribe a una noche de París, a la incertidumbre de que algo podría cambiar… en él, para reencontrarse con esa melodía familiar pero haciéndola suya como un intento desesperado, pero intento al fin.


El transeúnte

Esa mañana, la frontera crepuscular entre el sueño y la vigilia era romana: fuentes salpicando y calles estrechas con arcos. La dorada y pródiga ciudad de flores y piedra pulida por los años. A veces, en su semiinconsciencia estaba otra vez en París, o entre escombros de guerra alemanes, o esquiando en Suiza y en un hotel en la nieve. Algunas veces también era un barbero de Georgia en una madrugada de caza. Era Roma esta mañana, en la región sin tiempo de los sueños.
John Ferris se despertaba en una habitación de un hotel en Nueva York. Tenía la sensación de que algo desagradable le esperaba; qué podría ser, no sabía. La sensación, sumergida en las exigencias mañaneras, se prolongó aun después de haberse vestido y haber bajado. Era un día de otoño despejado y un sol pálido, en rebanadas, se metía entre los rascacielos color pastel. Ferris entró en la cafetería de al lado y se sentó en el compartimiento del fondo junto al ventanal que daba a la acera. Pidió un desayuno a la americana de huevos revueltos y salchichas.
Ferris había venido de París al entierro de su padre, que había sido la semana anterior en su pueblo, en Georgia. El choque de la muerte le había hecho darse cuenta de que la juventud había ya pasado. Se le caía el pelo y las venas de sus ya desnudas sienes quedaban salientes latiendo; su cuerpo se conservaba bien, a no ser por una panza incipiente. Ferris había querido mucho a su padre y la unión entre ellos había sido antes muy fuerte, pero los años habían debilitado algo esta devoción filial; la muerte, aguardada durante mucho tiempo, le había dejado con una consternación imprevista. Había alargado lo posible su estancia en casa, junto a su madre y sus hermanos. Su avión para París salía a la mañana siguiente.
Ferris sacó la agenda de direcciones para confirmar un número. Iba volviendo las páginas con interés creciente. Nombres y direcciones de Nueva York, de capitales de Europa, unas pocas borrosas de su estado del Sur. Nombres borrosos en letras de molde, nombres borrachos, garrapateados. Betty Wills: un amor pasajero, ahora casada. Charlie Williams: herido en la selva de Hürtgen, paradero desconocido desde entonces. El gran viejo Williams… ¿vivía o había muerto? Don Walket: trabajando en la televisión y haciéndose rico. Henry Green: se chifló después de la guerra, ahora en un sanatorio, decían. Cozie Hall: había oído que había muerto. La atolondrada, la alegre Cozie… era extraño pensar que ella también, tan boba, podía morir. Al cerrar el cuaderno, Ferris padecía una impresión de azar, de tránsito, casi de miedo.
Fue entonces cuando su cuerpo dio una sacudida repentina. Miraba por la ventana cuando allí mismo, pasando por la acera, vio a su antigua mujer. Elizabeth pasaba muy cerca de él, andando despacio. Ferris no pudo comprender el estremecimiento salvaje de su corazón ni la sensación inmediata de desahogo y de gracia que le quedaron cuando ella hubo pasado.

Ferris pagó deprisa y salió corriendo a la calle. Elizabeth estaba en la esquina esperando para cruzar la Quinta Avenida. Corrió hacia ella pensando en hablarle, pero cambiaron las luces y ella cruzó la calle antes de que la alcanzara. Ferris la siguió. Al otro lado podría muy bien haberla alcanzado, pero se sorprendió rezagándose sin saber por qué. Llevaba el cabello castaño claro recogido con sencillez, y, mientras la observaba, se acordó Ferris de que su padre había dicho una vez que Elizabeth tenía “buenos andares”. Elizabeth dobló la esquina siguiente y Ferris la siguió, aunque su intención de abordarla había desaparecido ya. Ferris se preguntó el porqué de la agitación de su cuerpo a la vista de Elizabeth, el sudor de sus manos, los fuertes latidos de su corazón.
Hacia ocho años que Ferris no había visto a su antigua mujer. Sabía que se había casado otra vez hacía mucho tiempo. Y tenía niños. Durante los últimos años raramente había pensado en ella. Pero al principio, después del divorcio, la pérdida casi le había derrumbado. Luego, calmado por la acción del tiempo, había amado otra vez, y luego otra. Ahora era Jeannine. Desde luego, el amor por su antigua mujer había pasado hacía tiempo. ¿Por qué entonces el desasosiego de su cuerpo y la mente sacudida? Sólo sabía que su corazón nublado estaba extrañamente en disonancia con el día de otoño soleado y claro. Ferris dio la vuelta de repente y, andando a grandes zancadas, casi corriendo, volvió deprisa al hotel.
Ferris se sirvió de beber, aunque no eran aun las once. Tumbado en una butaca como una persona exhausta, se puso a contemplar su vaso de whisky. Tenía un día entero por delante, y se iba en avión a la mañana siguiente. Repasó sus obligaciones: llevar su equipaje a la Air France, almorzar con su jefe, comprarse unos zapatos y un abrigo… ¿No había algo más? Ferris terminó la bebida y abrió la guía de teléfonos.
La decisión de llamar a su antigua mujer fue impulsiva. El número venía en Bailey, el nombre del marido, y Ferris lo marcó sin tomarse tiempo para pensarlo. Elizabeth y él se habían intercambiado felicitaciones en Navidad, y Ferris le había mandado un juego de trinchar cuando recibió la participación de boda. No había razón para no llamar. Pero mientras esperaba, oyendo la llamada al otro lado, la duda empezó a inquietarle.
Elizabeth contestó; su voz familiar fue para él un nuevo choque. Tuvo que repetir su nombre dos veces, pero cuando fue identificado ella pareció alegrarse. Le dijo que estaba en la ciudad sólo por un día. Ellos tenían un compromiso para ir al teatro, dijo ella, pero a ver si podía venir a cenar temprano. Ferris dijo que le encantaría.
Mientras iba de una cosa a otra, estaba aun molesto a ratos con la sensación de que algo importante se le olvidaba. Ferris se bañó y se cambió a última hora de la tarde, pensando a menudo en Jeannine: estaría con ella la próxima noche. “Jeannine”, diría, “me encontré por casualidad con mi antigua mujer cuando estaba en Nueva York. Cené con ella y su marido, claro. Fue extraño verla después de todos estos años.”
Elizabeth vivía en una Avenida Cincuenta y tantos Este, y, mientras Ferris iba en taxi desde el centro, vislumbraba en los cruces el ocaso prolongado, pero al llegar a su destino era ya noche otoñal. El lugar era un edificio con marquesina y portero: el apartamento de ella estaba en el séptimo piso.
- Entre, señor Ferris.
Preparado para Elizabeth, o hasta para el marido no imaginado, Ferris se quedó asombrado ante el chico pelirrojo y pecoso; sabía lo de los niños, pero su pensamiento no había sido capaz de imaginárselo de alguna manera. La sorpresa le hizo dar un paso atrás torpemente.
- Éste es nuestro apartamento –dijo el niño respetuoso-. ¿No es usted el señor Ferris? Soy Bill, entre.
En el cuarto de estar, al otro lado del vestíbulo, el marido le dio otra sorpresa. Tampoco para él estaba preparado emocionalmente. Bailey era un hombre macizo, de cabello rojo, con ademanes decididos. Se levantó y le tendió la mano.
- Soy Bill Bailey. Encantado de conocerle. Elizabeth vendrá en seguida… Está terminando de vestirse.
Las últimas palabras despertaron una serie fluida de vibraciones, recuerdos de otros años. Elizabeth, clara, rosada y desnuda antes del baño. A medio vestir delante del espejo de su tocador, cepillándose el fino cabello castaño. Dulce intimidad casual, la amabilidad de la carne suave poseída sin discusión. Ferris alejó de sí los recuerdos indeseados y se obligó a encontrar la mirada de Bill Bailey.
- Bill, ¿quieres traer esa bandeja de bebidas que hay en la mesa de la cocina?
El niño obedeció con prontitud y, cuando se hubo ido, Ferris dijo:
- ¡Qué chico más guapo tienen!
- Nosotros, por lo menos, lo creemos así.
Se hizo silencio hasta que el niño volvió con una bandeja de vasos y la coctelera con martinis. Con el estímulo de la bebida fueron sacando a flote la conversación: hablaron de Rusia y de la lluvia artificial en Nueva York, y del problema de los pisos en Manhatan y París.
- El señor Ferris volará mañana a través de todo el océano –le dijo Bailey al niño, que estaba encaramado en el brazo de su butaca, tranquilo y bien educado-. Apuesto a que te irías de polizón en su maleta.
Billy se echó para atrás sus lacios mechones de pelo:
- Yo quiero volar en un avión y ser periodista como el señor Ferris. –Y añadió con seguridad repentina-: Esto es lo que quiero ser cuando sea mayor.
Bailey dijo:
- Yo creí que querías ser médico.
- ¡Sí! –dijo Billy-. Seré las dos cosas. También quiero ser un sabio de bombas atómicas.
Elizabeth entró llevando en brazos una niña.
- ¡Oh, John! –dijo. Y colocó a la niña en el regazo de su padre-. Es tan estupendo volver a verte… Me alegro tanto de que hayas podido venir…
La pequeña estaba sentada mimosamente en las rodillas de Bailey. Llevaba un trajecito de crepé rosa pálido cogido en los hombros con un lazo y una cinta de seda del mismo color sujetándole los suaves rizos pálidos. Tenía la piel tostada del verano y sus ojos castaños; estaban moteados de oro. Cuando alcanzó y señaló con el dedo las gafas de concha de su padre, éste se las quitó y la dejó mirar un poco con ellas.
- ¿Cómo está mi bomboncito?
Elizabeth estaba muy hermosa, más hermosa quizá de lo que Ferris la había visto jamás. Su cabello limpio y liso brillaba. Su rostro era más suave, brillante y sereno. Era una belleza de Madonna, que se avenía bien con el ambiente familiar.
- No has cambiado nada –dijo Elizabeth-. Pero ha pasado mucho tiempo.
- Ocho años.-Casi inconscientemente se llevó la mano al pelo que ya le clareaba, mientras se intercambiaban otras vaguedades.
Ferris se sintió de pronto un espectador, un intruso entre los Bailey. ¿Por qué había venido? Estaba sufriendo. Su propia vida le parecía tan solitaria, una columna frágil sin nada que soportar en medio del naufragio de los años. Sentía que no podría seguir mucho tiempo en la habitación familiar.
Miró el reloj.
- ¿Vosotros vais al teatro?
- Es una pena –dijo Elizabeth-, pero teníamos este compromiso desde hace más de un mes. Pero, John, seguro que cualquier día de éstos te quedarás aquí. ¿No vas a ser un expatriado, no?
- Expatriado –repitió Ferris-. No me gusta mucho esa palabra.
- ¿Qué palabra hay mejor? –preguntó ella.
Él pensó un momento:
- Transeúnte, quizá.
Ferris miró otra vez su reloj y Elizabeth se excusó:
- Si lo hubiera sabido con tiempo…
- Sólo paso este día en la ciudad. Tuve que ir a casa inesperadamente. ¿Sabes? Papá murió la semana pasada.
- ¿Papá Ferris ha muerto?
- Sí, en el Johns Hopkins. Estuvo enfermo allí casi un año. El entierro fue en casa, en Georgia.
- Cuánto lo siento, John. Papá Ferris fue siempre una de mis personas predilectas.
El niño se levantó por detrás de la butaca de modo que pudiera mirar el rostro de su madre. Preguntó:
- ¿Quién se ha muerto?
Ferris estaba muy olvidadizo para comprender; pensaba en la muerto de su padre. Vio otra vez el cadáver, tendido en la seda dorada dentro del ataúd. Le habían maquillado la cara de una manera grotesca y aquellas manos familiares yacían unidas y pesadas sobre un desbordamiento de rosas. El recuerdo se cerró y Ferris se despertó a la voz tranquila de Elizabeth.
- El padre del señor Ferris, Bill. Una gran persona; alguien a quien tú no conocías.
- Pero, ¿por qué le llamas Papá Ferris?
Bailey y Elizabeth intercambiaron una mirada furtiva. Fue Bailey el que contestó al niño:
- Hace mucho tiempo –dijo-, tu madre y el señor Ferris estuvieron casados. Pero antes de que nacieras, hace mucho tiempo.
- ¿El señor Ferris?
El pequeño se quedó mirando a Ferris incrédulo y desconcertado. Y los ojos de Ferris, al devolverle la mirada, eran también algo incrédulos. ¿Sería verdaderamente cierto que una vez había llamado a esta extraña, a Elizabeth, “patito mío” durante noches de amor, que habían vivido juntos, habían soportado juntos, en medio de la tristeza de la soledad repentina, la pena de ver destruirse poco a poco (celos, alcohol y discusiones por dinero) el edificio del amor conyugal?
Bailey dijo a los niños:
- A alguien le toca cenar. ¡Hala, vamos!
- ¡Pero, papá! Mamá y el señor Ferris… Yo…
La mirada insistente de Bill, perpleja y con un brillo de hostilidad, le recordó a Ferris la mirada de otro niño. El hijo de Jeannine, un niño de siete años, de carita ensombrecida y rodillas huesudas al que Ferris evitaba y olvidaba con frecuencia.
- ¡De frente, marchen! –Bailey llevó suavemente a Billy hacia la puerta.
- Di buenas noches, hijo.
- Buenas noches, señor Ferris. –Añadió con resentimiento-: Creí que me iba a quedar para la tarta.
- Puedes venir luego por la tarta –dijo Elizabeth-. Corre ahora con papá a cenar.
Ferris y Elizabeth estaban solos. El peso de la situación gravitó sobre aquellos primeros momentos de silencio. Ferris pidió permiso para servirse otro cóctel y Elizabeth le puso la coctelera en la mesa a su lado. Miró el piano y observó la música en el atril.
- ¿Tocas todavía tan bien como antes?
- Todavía disfruto tocando.
- Toca, por favor, Elizabeth.
Elizabeth se levantó inmediatamente. Su prontitud para tocar cuando se lo pedían había sido siempre una de sus amabilidades. Nunca se hacía rogar, excusándose. Ahora, mientras se acercaba al piano, había en ella, además, la prontitud del alivio.
Empezó con un preludio y fuga de Bach. El preludio era alegremente irisado, como un prisma en una habitación por la mañana. La primera voz de la fuga, un anuncio puro y solitario, se repitió entremezclada con una segunda voz y repetida otra vez dentro deun marco elaborado; la música múltiple, horizontal y serena, fluía con majestad, sin apresuramiento. La melodía principal se trenzaba con otras dos voces, embellecida con un sinfín de ingeniosidades, dominante unas veces, sumergidas otras, con la sublimidad de una cosa única que no teme rendirse al conjunto. Hacia el final, la densidad del material se reunió para la última insistencia, enriquecida sobre el primer motivo dominante, y la fuga terminó en un acorde, como una afirmación final. Ferris descansaba la cabeza sobre el respaldo de la butaca y cerró los ojos. En el silencio que siguió, una voz alta y clara vino de la habitación del otro lado del vestíbulo, “Papá, pero cómo podían mamá y el señor Ferris…” Luego se oyó cerrar una puerta.
El piano empezó otra vez. ¿Qué música era ésa? Sin lugar, familiar, la melodía límpida llevaba mucho tiempo dormida en su corazón. Ahora le hablaba de otro tiempo, otro lugar; era la música que Elizabeth solía tocar. La melodía suave evocó un bosque de recuerdos. Ferris se perdió en el tumulto de anhelos pasados, conflictos, deseos ambivalentes. Era extraño que la música, ocasión de esta anarquía tumultuosa, fuera tan clara y serena. La melodía principal quedó rota por la aparición de la criada.
- Señora, la cena está servida.
Todavía, después que se sentó a la mesa entre sus anfitriones, la música interrumpida le oscurecía el humor. Estaba algo borracho.
- L’improvisation de la vie humaine –dijo-. No hay nada que te haga darte cuenta de la improvisación de la existencia humana como una canción sin terminar, o un viejo cuaderno de direcciones.
- ¿Un cuaderno de recuerdos? –repitió Bailey. Luego se calló prudente.
- Sigues siendo el mismo, Joh –dijo Elizabeth con algo de la antigua ternura.
La cena de aquella noche era al estilo del Sur, y los platos eran de lo que a él le gustaban: pollo frito y pastel de maíz y batatas en dulce. Durante la comida, Elizabeth mantuvo viva la conversación cuando los silencios se hacían demasiado largos. Y así Ferris tuvo ocasión de hablar de Jeannine.
- La conocí el otoño pasado, hacia esta época, en Italia. Es cantante y tenía un contrato en Roma. Creo que nos casaremos pronto.
Las palabras parecían tan verdaderas, inevitables, que Ferris no se dio al principio cuenta de que mentía. Él y Jeannine no habían hablado nunca de matrimonio en todo el año. Y en realidad ella seguía casada con un ruso blanco, agente de bolsa en París, del que llevaba separada cinco años. Pero era demasiado tarde para corregir la mentira. Elizabeth ya estaba diciendo: “Me alegra mucho saberlo. Enhorabuena, Johnny”.
Trató de compensarlo con cosas verdaderas:
- El otoño romano es tan bonito… Suave y florido. –Añadió-: Jeannine tiene un niño de seis años. Un chico curioso con tres idiomas; le llevo algunas veces a las Tullerías.
Mentira otra vez. Había llevado sólo una vez al pequeño a los jardines. El pálido niño extranjero, con los pantaloncitos cortos que dejaban al descubierto las piernas huesudas, había echado su barco en el estanque de cemento y había montado en un caballito. El niño había querido entrar en el guiñol. Pero no había habido tiempo porque Ferris tenía un compromiso en el Hotel Scribe. Le había prometido que irían al guiñol otra tarde. Solamente había llevado una vez a Valentin a las Tullerías.
Hubo un revuelo. La criada trajo una tarta blanca con velas rojas.
Los niños entraron en pijama. Ferris no comprendía aun.
- Felicidades, John –dijo Elizabeth-. Sopla las velas.
Ferris se acordó de que era el día de su cumpleaños. Las velas se fueron apagando despacio y olía a cera quemada. Ferris tenía treinta y ocho años. Las venas de sus sienes se oscurecieron y latieron de una manera visible.
- Es hora de ir al teatro.
Ferris agradeció a Elizabeth la cena de cumpleaños y dijo los adioses apropiados. La familia entera le despidió en la puerta.
Una luna alta, fina, brillaba sobre los oscuros rascacielos mellados.
En las calles hacía viento y frío. Ferris fue deprisa a la Tercera Avenida y llamó un taxi. Miraba la ciudad nocturna con la atención deliberada de la partida y quizá de despedida. Estaba solo. Deseó que llegara pronto la hora del vuelo y el viaje.
Al día siguiente miró la ciudad desde el cielo, bruñida al sol, de juguete, precisa. Luego, América se quedó atrás y sólo estaba el Atlántico y la distante costa europea. El océano tenía un color lechoso, pálido, plácido bajo las nubes. Ferris dormitó casi todo el día. Hacia el atardecer pensaba en Elizabeth y en la vista de la tarde anterior. Pensó en Elizabeth entre su familia, con deseo, con envidia y una pena inexplicable. Buscó la melodía, la frase sin terminar que le había emocionado tanto. La cadencia, algunos sonidos dispersos, era todo lo que le quedaba; la melodía misma había huido. Había encontrado, en cambio, la primera voz de la fuga que Elizabeth había tocado, irónicamente invertida y en tono menor. Colgado sobre el océano, las preocupaciones por su soledad y por lo transitorio de las cosas dejaron de acongojarle y pensó en la muerte de su padre con ecuanimidad. A la hora de cenar, el avión llegó a la costa francesa.
A medianoche, Ferris cruzaba París en un taxi. El cielo estaba cubierto y la neblina ponía halos a las luces de la plaza de la Concordia. Los bistrós nocturnos brillaban en los pavimentos húmedos. Como siempre después de un vuelo transoceánico, el cambio de continentes era demasiado repentino. Nueva York por la mañana, esta noche París. Ferris entrevió el desorden de su vida; la sucesión de ciudades, de amores transitorios; y el tiempo, el siniestro deslizarse de los años, siempre el tiempo.
- Vite, vite! –llamó con terror-. Dépêchez-vous.
Valentin le abrió la puerta. El niño estaba en pijama, con una bata roja que le venía grande. Sus ojos grises estaban ensombrecidos y, al entrar Ferris en el piso, chispearon momentáneamente.
- J’attends, mamam.
Jeannine cantaba en un club nocturno. No estaría en casa hasta dentro de una hora. Valentin volvió a un dibujo que estaba haciendo, acurrucándose con sus lápices sobre un papel extendido en el suelo. Ferris miró el dibujo: era uno que tocaba el banjo con las notas y las líneas onduladas saliéndole en un globito, como las historietas.
- Volveremos otra vez a las Tullerías.
El niño levantó la cabeza y Ferris se lo acercó a las rodillas. La melodía, la música sin terminar que Elizabeth había tocado le vino de repente a la memoria. Sin pedírselo, la memoria desembarcaba en él su carga; esta vez trayendo sólo reconocimiento y súbita alegría.
- Monsieur Jean –dijo el niño-. ¿Le vio usted?
Confuso, Ferris pensó solamente en otro niño, el niño pecoso, mimado por su familia.
- ¿A quién, Valentin?
- A su papá, en Georgia. –El niño añadió-: ¿Estaba bien?
Ferris se apresuró a decir:
- Iremos a las Tullerías a menudo, a montar en el caballito y ver el guiñol. Lo veremos y no tendremos prisa nunca más.
- Monsieur Jean –dijo el niño-. El guiñol está cerrado ahora.
Otra vez el terror, la comprensión de años desperdiciados, y la muerte. Valentin, impulsivo y confiado, se acurrucaba entre sus brazos. Su mejilla tocó la mejilla suave y sintió el roce de las pestañas delicadas. Con íntima desesperación estrechó al niño como si una emoción tan cambiante como su amor pudiera dominar el pulso del tiempo.

Traducción de María Campuzano
(Fue publicado por primera vez en la revista Mademoiselle de mayo de 1950)


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Carson McCullers (Lula Carson Smith. EE.UU, 19-02-1917 / 15-08-1967)

Extraído de:
McCullers, Carson: El aliento del cielo. Ed. Seix Barral, Buenos Aires, 2007, 1º Edic.
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