-->
jueves, 1 de abril de 2010

Silvina Ocampo: Ejércitos de la oscuridad. Ed. Sudamericana, Buenos Aires, 2008

"Dios mío, perdóname por haber escrito tantas inútiles palabras. Sólo quise llenar el silencio que adoro."

¿Será una forma de jugar a las escondidas y al encontrarse con este libro, gritar: ¡Piedra libre para Silvina que está escondida en...!? Vaya a saber uno dónde. ¿Será aquí donde escondió algunos de sus cuentos, argumentos, pensamientos?
Como ella ha dejado escrito o expresó en una conversación con Noemí Ulla, el mejor lugar para esconder un cuento: es un libro; y a partir de ello, ese texto la abandone, se pierda allí en ese escondite, no sólo para los eventuales lectores, sino para su propia autora.
Y creo que de esto se trata el material de este libro, que tiene esa magnitud de sentidos: la ilusión de hallar otras pistas de Silvina Ocampo y sin embargo, en ese mismo instante, se disuelve, vuelve a desplegar su ironía, su humor, a esconder/se... o dejar plantado que no se puede evitar la muerte en los cuentos, como inevitablemente ocurre en la vida. Y en esa aparente contigüidad, destila que la sinceridad nada tiene que ver con el arte... Y en estos entramados que tejen y destejen sus palabras, quizás en algún sobresalto uno se atreva a decir: “Piedra libre” pero quizás porque cada lector/a encuentre en estos textos, algo que ilumine su vida, algún indicio por más pequeño que sea.
En su prólogo se afirma que en algún momento hubo de parte de Silvina Ocampo la intención de publicar en forma de libro estos papeles... pero ¿cómo saberlo? ¿No habrá querido que siguieran escondidos en algún cajón, en otros libros? En todo caso, como tampoco sabemos quién libra a quién, en ese laberíntico juego de escondidas, en este caso, me sirvo de algunas de esas frases para refrescarme, para que algunos de esos pensamientos calman mi sed. Y aunque no haya pedido esta agua, ni ella ni yo, a veces turbia, a veces clara, agradará también a cada sediento que pase a tomarla, a saborear lo dulce, lo ácido, lo árido, lo intenso, como sucede con muchos de sus cuentos, de sus novelas: “inútiles palabras” ofrecidas a ese adorable silencio, distinto para cada uno.


INSCRIPCIONES EN LA ARENA

Cualquier cosa que no existe y tiene un nombre termina por existir; en cambio cualquier cosa que existe y no tiene un nombre termina por no existir.

En algún momento somos siempre un perro para quien sólo existe la llegada de alguien.

Pretender evitar la muerte en los cuentos es tan difícil como querer evitarla en la vida.

Hay ciertas formas de olvido que más que la memoria enriquecen el recuerdo.

¿Por qué pensamos en la soledad de la muerte, y jamás en la del nacimiento, que es igualmente larga e igualmente futura?

Vamos dejándonos en todas partes, en cuartos, en campos, en mares, en personas, y cada uno de esos fragmentos, que dejó de ser nuestro, nos inspira celos.

La música se compone de infinidad de recuerdos que nos obligan a ser excesivamente injustos con ella.

Decir una verdad es tan difícil como decir una mentira: hay que componer, simplificar o complicar para que parezcan ciertas.

¡Qué melancólicos o radiantes son los días que se equivocan de estación!

Toda la vida es un proceso de despedidas prolongadas por el temor a lo súbito, y súbitas por el temor a las prolongaciones.

Recordamos con preferencia los defectos de la felicidad, como recordamos con preferencia los defectos de las personas que amamos. El horrible calor de un momento de dicha y no el perfume de los jazmines; una picadura de mosquito y no el iris azul de los ojos.

¿Decir lo que pensamos? Con decirlo ya modificamos lo que estábamos pensando.

Cuando perdemos nuestra felicidad nos acordamos de nosotros mismos con un afecto inusitado.

A veces subimos al infierno; hay hielo. A veces descendemos al cielo; hay llamas.

Para corregirnos tendríamos que exterminar a muchas personas.

Dame una prisión para evadirme y construiré una nueva prisión para que me encierres.

La suerte tiene memoria: cuando nos castiga siempre nos quita lo que más nos gusta.

Hay manos que piden y que dan del mismo modo.

Los lugares, como la música, mantienen vivos nuestros recuerdos, pero vivimos agregándoles otros recuerdos, como esos cuadros pintados sobre otros cuadros, que sólo con las vicisitudes del tiempo, o por accidente, dejan aparecer de nuevo la pintura original. La santa se convierte en prostituta, el león en un jardín; el niño jugando en un cuarto, en una playa, o viceversa.

Creo en las mentiras, por amabilidad, cuando me las dedican.

No aborrecemos a las personas porque son perversas, tediosas o estúpidas; las aborrecemos porque nos vuelven perversos, tediosos o estúpidos.

Conseguimos todo lo que queremos, anacrónicamente.

Me ha consolado a veces la tristeza.

El olvido cuando es perfecto se parece a la inocencia.

Las casas sueñan que son barcos cuando hay viento, de noche, y cerramos los ojos. Influidos por ese sueño, navegamos en el más perfecto de los mares.

Si corrigiésemos tanto el futuro como el pasado, seríamos más felices.

En qué lugar de nuestro cuerpo moriremos por última vez, después de haber muerto tantas otras veces, en broma.

No pretendo qué tiene que ver la sinceridad con el arte.

La lluvia convierte nuestra morada en senda o en celda: nos conduce o nos aísla con sus muros.

Un gato blanco es la luz que se mueve o que duerme, un gato negro es la sombra que se mueve o que duerme. Un perro es casi siempre un perro.

Cuando cantan los grillos, cierra los ojos para ver mejor las estrellas o el agua de un lago donde quisieras asomarte. Cuando aspires una rosa, cierra los ojos para ver mejor la rosa o la mano del que la ofrece.

Bajo un cedro estoy siempre en otra parte.

El tiempo es la invención más desproporcionada y arbitraria que conozco.

Enseñar es el modo más fácil de aprender.

Cuando oímos en los labios de nuestros rivales las palabras que dijimos a la persona amada, quisiéramos matarnos, retrospectivamente.

Los enamorados son excesivamente morales.

Después, una vez que se han revelado los negativos, nos desesperamos, ya sea por la claridad o por la falta de claridad de las fotografías: lo mismo sucede con la felicidad.

Dejamos de amar a alguien cuando ya no le mentimos para parecer peores o mejores.

Las nervaduras de cada hoja se parecen a la rama, cada rama se parece al árbol. Cada pluma se parece al ala, cada ala al pájaro. Ni el cielo tendrá cosas que no se parezcan a otras cosas.

Tardamos más en acostumbrarnos a nosotros mismo que a los otros.

No seas ingrato con nadie y lo serás contigo mismo.



Variación sobre lo invariable

Somos masoquistas con nuestros recuerdos, o sádicos con el porvenir.

Existe una inocencia en el miedo que nos conmueve.

La adversidad del amor es un gran consuelo, dijo un oso que jugaba con una mosca.

Por terror a la muerte o por amor a la vida, con frecuencia queremos morir. Por amor a la muerte, y porque la encontramos en todas partes, queremos vivir.

Masticando pan tostado o con un caramelo en la boca podríamos conseguir lo que no podríamos conseguir con nada: que nuestro interlocutor nos mate.



EJERCITOS DE LA OSCURIDAD

a Alejandra


Un poema perdido engendra otros poemas infinitos, pero el que recuperamos es de piedra y no podemos modificarlo.

¿Qué poema original habremos escrito? ¿Quién lo habrá escrito?

Recuerdo un cuento de Henry James que no existe. A ese recuerdo apócrifo le agrego cierta indefinida perfección y declaro que es el mejor cuento de Henry James. Como no recuerdo su título, nadie puede comprobar –ni siquiera yo misma- que el cuento no existe. Sobre esa base tal vez labré toda mi admiración por Henry James.

He descubierto que en un libro se puede esconder un cuento. Yo escondí uno en uno de mis libros. Después me arrepentí y fue inútil pretender que alguien lo leyera. Si lo publicara en una revista o en un diario, ¿alguien lo advertiría? Es un cuento que aprendió a esconderse, que sigue escondiéndose, y se valdría de otros textos para que nadie lo descubra. Si llevara una ilustración, los lectores pensarían que la ilustración pertenece a otro cuento. Yo no puedo protestar. Ya no es mío. Me ha abandonado.

Me acordé de mi padre: a mi padre también le amputaron una pierna. Volví a verlo cuando había aprendido a manejar la pierna. Después de la operación me dijeron que no le mirara la pierna. ¿Cómo podía mirarle una pierna que le faltaba? Yo tenía cinco años.

No elegiría otra época para vivir que la actual; tampoco elegiría otro país para hacerlo mío. Siempre fui muy obediente a mi destino.

Competencia desleal: ese joven parece una mujer, pero la vestimenta varonil le sienta mejor que a una mujer. Podría ser novio o novia con los mismos resultados.

Cuando te olvido sospecho que te quiero desesperadamente.

Otro argumento para un cuento que nunca escribí: una persona enamorada cuenta a otra sus amores. A medida que relata sus experiencias amorosas, sin darse cuenta, prefiere confiar el secreto que vivirlo, o mejor dicho, prefiere su confidente a su amante. Por hablar varias veces con el confidente falta a las citas y finalmente abandona sin quererlo al amante lamentándose de haberlo perdido, pero en un éxtasis comunicativo consagra definitivamente al confidente en amante.

Otro argumento que tal vez escribiré: una mujer sin brazos vive en un Instituto de Rehabilitación. Le falta, además, una pierna. Fue bailarina y sus movimientos son los de una bailarina extraña. Un médico del instituto se enamora de ella, pero nunca se lo confiesa porque tiene una novia celosa. La novia es celosas hasta de los enfermos y quisiera o aspira a tener un accidente para perder los brazos y conmover a su novio. En una fiesta truculenta, el médico revela su amor a la mujer lisiada. La novia trata de tener un accidente y no logra su propósito. Alguien la salva. Tal vez nunca escriba este cuento que en este instante me repugna.

Aprendí a mentir para ser más buena.

Otro argumento para un cuento: una persona llega a la santidad y a la perfección a través del mal que le hace la persona que quiere destruirla. Cuando esta última persona advierte el bien que ha hecho a quien quería destruir, se arrepiente e intenta quitarse la vida.

Otro argumento: una madre fomenta el homosexualismo de su hijo para mantenerlo a su lado y que no se case.

Otro argumento: un niño dibuja el porvenir de su madre cada vez que se pone a dibujar de noche.

Otro argumento: una persona llena de ideas morales comete actos inmorales para imponer su moralidad.

De noche no sólo navegan los barcos, sino las casas. Los crujidos de las maderas anuncian buen tiempo o mal tiempo. Y si no nos dormimos, hasta podemos marearnos.

Hay sueños que quedaron grabados en mi memoria. Éste es uno de ellos: en el jardín de mi infancia estoy sentada en la barranca. Nunca termina el día: un día perfecto, divino. Y lloro porque no terminará jamás. No hay nadie. Es la eternidad.

A los siete años yo deseaba tener una calesita. Nadie me desengañó diciéndome que no podría tenerla nunca. Pensé que la obtendría un buen día como tantas otras cosas que mis padres no me negaban. Llegó el momento en que me anunciaron su llegada. La esperé en el jardín. La desembalaron. Estaba envuelta en papel madera. La armaron. La ilusión duró poco. ¡Qué bien la recuerdo! Estaba pintada de verde y tenía cuatro asientos ¡y un animal! Con una palanca que disponía cada uno de los asientos, se ponía en movimiento un mecanismo de rueditas que pasaban por un riel circular. Me sentaron en un asiento. Yo no tenía suficiente fuerza para mover la palanca y la gente grande que me rodeaba no cabía en los asientos para secundarme.
- ¿Y los animales? – pregunté.
- Tendremos que esperar que sea más grande –dijo alguien.
-¿Yo o la calesita?
Mi esperanza era que la calesita creciera y se llenara de caballos y de tigres.
Ese regalo y otro de una muñeca que me dieron la víspera de mi operación de apendicitis, me angustiaron. Pero también me angustió, cuando fui más grande, una pulsera toda de brillantes que me regaló mi madre. El día que la estrené para ir al teatro la perdí: fue a propósito, sin duda. Como Polícrates cuando arrojó su anillo al mar para conservar la dicha, dejé caer la pulsera en un palco. Me gustaba demasiado. Sin duda mi brazo, al dejarla caer, resolvió hacer el sacrificio. Yo lo supe al día siguiente.

En el jardín de casa, en mi infancia, había una esfinge de porcelana azul y roja cuyos ojos fríos me cautivaban. No me asombraban sus patas y garras de animal, no me asombraban sus pechos de mujer, tampoco me hubiera asombrado que despegar sus labios para hablarme. Cuando llovía se ponía verde, cuando brillaba el sol se ponía más azul. Yo la alimentaba de secretos apoyando mi cabeza contra su cabeza para descansar de las mujeres reales que me rodeaban. Un día la esfinge desapareció del jardín. Demolieron la casa. Ahora siempre busco a esa esfinge en todas las casas de remates, en todas las demoliciones, y creo vislumbrarla cuando se trata a veces de plantas ocultas entre vidrios o de jarrones de porcelana que tiene el mismo color azul y colorado.

Desde la infancia veo en la oscuridad total de un cuarto, cuando estoy por dormirme, una suerte de raudo ejército azul y colorado que avanza en dirección a mí hasta que se pierde y vuelvo a recuperarlo en otro ángulo de la oscuridad, donde aparece para hacer la misma trayectoria. Me dirán que ese ejército podría ser un campo sembrado de jacintos, los hay rojos y los hay azules. Podría ser también el tablero de un juego con fichas vistosas, pero nunca se me ocurrió que pudiera ser otra cosa que un ejército de soldaditos vestidos de azul y de colorado que avanzan unidos como un solo soldado. Ese ejército fue siempre para mí el ejército de la noche. No sólo en la noche hay oscuridad, ya lo sé, pero de todos modos en el sitio en que lo vi con más frecuencia fue en la noche, que para mí es un sitio, el más importante del mundo. En el momento en que aparece el ejército de la noche, pienso, recuerdo, elucubro ideas e imágenes que no reconozco durante el día. Y ese ejército de pequeñísimas ideas, de recuerdos, de imágenes de mi mente pugna por vivir y trata de matarme porque sus divisiones son a veces mansas como corderos o dulces como la miel, pero otras veces silban o gritan o manejan cuchillos y venenos, se agazapan en los infinitos laberintos inexplorados donde las pierdo de vista para volverlas a encontrar en el sitio donde las espero de nuevo: la oscuridad.

Jules Supervielle sufría del corazón. Una vez lo vi tendido en el suelo, pálido, murmurando unas palabras como si rezara. Después me dijo cuando se sentía mal recitaba versos hasta que el malestar se disipaba. En robe de délire, vestido de delirio, es un de los versos que cuadraría para describirlo en ese estado.

¿Cuántas horas de la vida viviremos o valdrá la pena haber vivido? Equivaldrán a la vida de un perro o de un caballo, se me ocurre, pero ¿qué se entiende por vivir? Si yo lo supiera, ¿me dedicaría a vivir?

Hay días en que me siento ubicua, y es porque no soy muy observadora. Cualquier lugar podría ser otro, a veces. Esos días me parece que comprendo la angustia de Dios y la voluptuosidad ante su creación.

Un sueño que tuve no hace mucho se relacionaba con un piano; yo andaba por lugares oscuros y enmarañados, por un camino que subía. Me parece que era en una sierra. Yo sabía que entre las ramas se escondían bandidos que en cualquier momento podían atacarme, hasta que llegué a un abra y ahí, sobre una plataforma, encontré un piano de cola, negro. El goce que me produjo ese piano me colmaba de felicidad. Olvidé los peligros del camino. En esa plataforma me sentía a salvo de todo.

Recuerdo lugares donde nunca estuve.

Un argumento que podría servir para un cuento: alguien, para parecerse a otra persona, se envejece rápidamente. Se parece tanto que la otra persona se muere.

¿Cómo evitar la muerte en los cuentos? Me lo he preguntado varias veces. Es tan difícil como evitar la muerte en la vida, aunque Bernard Shaw pretendiera que era fácil.

Tengo menos miedo de morir que de vivir: lo primero sucede en una vez; lo segundo nadie sabe en cuántas veces.

Hay pasos que cuando se acercan son el compendio de todas las felicidades. En esos momentos quisiera ser perro.

Llenar un cuaderno con pensamientos -¿pensamientos?- es como llenar un vaso de agua para que otro lo tome, pero ¿le gustará a ese otro el agua? ¿Y acaso me la pidió? ¿Dónde encontraré un sediento? Aunque sea un vaso con el agua del río turbio, le agradará.

Es difícil no mirar el mundo como si fuera un film cuando funcionan la radio del automóvil y la luz roa del semáforo.

La ama de llaves de la casa de mis padres, cuando veía una pareja de enamorados en las esquinas, por más recatados que fueran, exclamaba: “Chancho”. Cuando en cambio veía a un exhibicionista, decía: “Cochinos” y me recomendaba que no los mirara. Ese arbitrario manejo de los géneros me asombraba tanto que, a pesar de su prohibición, yo los miraba descaradamente, buscándole un compañero al exhibicionista y la ausencia de la novia a la pareja de enamorados.

H.G.Wells, cuando le preguntaron su opinión sobre un asunto, contestó: “No sé lo que pienso. Tengo que escribir un libro sobre ese asunto.”

El organismo tiene memoria: se enferma en ciertas horas, en ciertos lugares, en ciertas épocas del año. Es muy difícil que desaprenda lo que aprendió.

A veces una gran desdicha o dicha protegen. Lo sé por experiencia. Una enfermedad me protegió de la muerte de alguien. Un gran amor me protegió de la muerte de otra persona.

Vivir da miedo cuando el pasado parece tan cercano como el futuro.

El ruido recuerda momentos con tanta fidelidad que cerramos los ojos para oírlo mejor.

¿El silencio será igual para todos? ¿Hasta qué punto será silencio nada que se parezca al ruido?

Morir no sienta a cualquiera. Vivir tampoco.

Me adjudican anécdotas. Una me hace gracia. Entré en una librería y pregunté: “¿Tiene algún libro?” Podría contar otra. Entré en una pajarería, cuando (no) tenía miedo a los pájaros. Vi muchos pajaritos preciosos, celestes, amarillos, naranjas. Oí cantar a uno. Entonces dije al vendedor, señalando el canto:
- Ése.
Una larga busca del pájaro me hizo perder tiempo y esperanzas de saber cuál era el pájaro que así cantaba. Ninguno abría el pico cuando se oía el trino. Por fin el vendedor me dijo, contrito:
- Es éste.
Señaló una jaula con monitos.

Las sillas padecen de reumatismo, las alfombras de lepra, los anaqueles de trombosis cerebral, las cerraduras de glaucomas, los sillones de divertículos en los intestinos. Qué puedo mirar, por la ventana, que no esté en decadencia, en Buenos Aires.


EPIGRAMAS

No inventes lo que no quieras que exista.

Dame tus palabras para olvidarme de tu mano.

Lo peor de hablar es tener que hacerlo convivir con lo que pensamos.

Nunca volveré a probar el mismo durazno, ni la misma cereza. ¿Por qué Dios cuidará tanto la individualidad de cada ser?

Cuando ella lava los platos, ¿quién es? Ni siquiera lo sabe. Retuerce en cualquier trapo de rejilla el cuello de alguien. Consejo: no usar trapos de rejilla porque inducen al crimen. Qué bien lo comprendo.

Mi heroína dilecta era la sirenita de Andersen porque no hablaba.

Para qué cambiar de amante si toda persona es una creación de desavenencias y de unión. Repetimos siempre los mismos errores y los mismos malentendidos.

Qué atractivo ese algo que no nos gusta en alguien que nos gusta tal vez demasiado.

La primavera nunca me ha encantado. Esa estación lujosa está llena de trampas; si juntas flores y las llevas a tu casa, se te llena la casa de hormigas; si juntas nísperos o duraznos o cerezas, pronto sentirás en tus entrañas una tormenta de dolores. A los seis años comí un arbolito de cerezas que me lo reprochó cruelmente.

La aparición de un cirujano fue en primavera. El gusto del cloroformo y las lágrimas de mi madre también.

No me dejes hacer todo lo que quiero porque no quiero saber el mal que puedo hacer.

Cuando queremos memorizar algo tenemos que clamar por el olvido total.

El olvido total nos entrega las llaves de los secretos más inextricables.


ANALECTAS

Una mujer se enamora de un hombre, al enamorarse se embellece tanto que otra persona (un muchacho joven) se enamora de esa mujer que hasta ese momento le había parecido banal y carente de belleza.

Un viaje en automóvil por un camino monótono. En el cielo hay muchas nubes. Las nubes van tomando formas de objetos, de paisajes, de personas. Cuando llegan al fin del viaje, las personas saben lo que les va a suceder gracias a esas nubes, que les han revelado su destino.

Durante un bombardeo, dos amantes se pelean. No advierten nada de lo que está sucediendo, cegados por la furia que sienten el uno por el otro. Mueren al final, entre los escombros, reconciliados.

Un hombre de estrictas ideas morales habla de costumbres horribles que tenía la gente en otras épocas y exclama: “¡Eso sí que era decencia!”, sin darse cuenta de lo indecente que es todo lo que él cree decente.

Una mujer sin ningún halago en la vida se siento feliz. La fortuna la colma de riquezas y la vuelve profundamente desdichada.

Un hombre cree enamorarse de una mujer, pero descubre que se enamoró de una amiga a quien esta mujer imita.

Julio era un escritor muy extraño y personal, libre de manías o de afectación, lleno de ideas nuevas y muy sensible. Ha tenido o tiene una gran influencia sobre nuestra literatura. En el manejo de la primera y la tercera persona me ha influenciado, lo que me está causando un gran alivio. La muerte de Julio me parece una incongruencia. Sus ojos tan separados el uno del otro tenían una nostalgia, aunque se hablara de cosas materiales, de otro cielo, de otra literatura, de otro mundo casi palpable. Él, que sabía con tanta perfección no explicar en sus cuentos, cuánto le agradeceríamos ahora que nos explicara... ni siquiera puedo explicar qué, pues existen las lágrimas.

Italo Calvino murió: estas tres palabras no entran en mi alma. No las entiendo. Imagino su muerte porque él me mandó decir (la oí por teléfono): Soy una cámara de oxígeno, un indescifrable lío de cánulas me envuelven. Hasta en su muerte supo imaginar. Ese nombre queda entres nosotros como la llama que tiembla y que ilumina más. ¿Cuántas veces nos vimos? En mi mano puedo contarlas, pero siempre nos reencontrábamos, nos reencontraremos en sus libros, como si los libros fuesen los árboles verdaderos del mundo.

Dicen que el delfín se duerme profundamente cuando sube y baja nadando, describiendo ondas en su nado. Cuando baja está dormido, cuando toca el fondo del mar se despierta y sube y se vuelve a dormir para volver a bajar de nuevo.
Un niño soñaba que era un delfín y en su fiebre contaba a su madre un sueño, la descripción del pez que había soñado concordaba con la de un delfín.

Dios mío, perdóname por haber escrito tantas inútiles palabras. Sólo quise llenar el silencio que adoro.


Silvina Ocampo (Argentina, 28/03/1903 - 14/12/1994)

Extraído de:
Ocampo, Silvina: Ejércitos de la oscuridad, 1º Ed. Buenos Aires: Sudamericana, 2008

Ref. sobre su obra en: Literatura.org/Silvina Ocampo


4 comentarios:

  1. no se puede decir cartografia con tantos posesivos !

    la cartografia es patrimonio de la tierra no de un microcosmos nervioso

    de la fuckin inmanencia.

    ResponderEliminar
  2. Es interesante su comentario, para seguir pensando de qué se trata una cartografía en un estado de calma y no en una nerviosa inmanencia, pues la intención equivocamente o no, es más bien salirse del interior, de la solitaria experiencia de la literatura para hacer lazo con otros, de trazar nombres, textos, que apasionan. Es mi manera de escribir, ya que no cuento con otra herramienta como la de elaborar un mapa en alguna tierra, hacerla en este territorio "cibernético", con las objeciones, como la suya, que se puedan hacer en este caso.
    Encerrada en una habitación su palabra de ningún modo hubiera llegado hasta aquí.

    ResponderEliminar
  3. te linkiee desde mi blog de lavidatedasorpresas! bajo el titulo amiga en la columna de otros links. Sos uuna genia, besos!

    ResponderEliminar
  4. Busco el Poema " BUENOS AIRES" de Silvina Ocampo

    ResponderEliminar