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domingo, 28 de octubre de 2007

Era por lo menos para mí, un homenaje pendiente. Por ello me pareció apropiado hacer primero una selección de poemas de Alejandra Pizarnik, antes de compartir esta carta que tuve la necesidad y las ganas de querer escribir luego de leer una biografía sobre su vida hecha por Cristina Piña. Creo que es posible compartirla por la pasión que despertó en mí su vida y su obra; por aquello que también pudo hacer con la literatura y que en definitiva, es desde ese encuentro: aquello esparcido y que ha hecho lazo de algún modo con quienes se encuentran con sus escritos y en mi caso, atrapada por su poesía, por muchos gestos de su vida. Allí donde me he sentido tocada por su escritura. En definitiva, más allá de ese final trágico que decidió apenas pasados sus treinta años, este texto se refiere a su vida, a su obra, a sus huellas que de su poesía ha dejado en mí.



Aquí, Alejandra


Apenas una hoja en blanco o quizás este silencio para descubrir mis sentidos orientados hacia Alejandra (Pizarnik). El conocimiento de Alejandra (nada intelectual, aunque también allí tenga sus raíces), ha sido y es, un nadar casi absoluto en un mar tan sólo de realidades y preguntas. Una y otra vez me pregunto por qué, por qué, por qué allí, a ella, a esa mujer con su andar/presencia (aunque no lo halla o hubiera percibido... y valga la polifonía de ese "haya/halla" y sin las "haches"). Pregunto, le pregunto, me pregunto, allí donde sé que la angustia también crece, allí donde la materialidad de la palabra cobra tal dimensión de búsqueda, de interrogación, de silencio, de voz; por momentos angustiante discurrir con los ojos, saber o quizás presentir que en ese punto de absoluta interioridad me lanzo yo nuevamente a las preguntas, a mis no decires, a mis silencios, soledades, broncas mudas, mis miedos.
Y así terminé imaginariamente de recorrer el camino de su vida; mejor dicho, de tu vida, Alejandra... Sasha, si hay cabida para sentir que he llegado tan cerca de vos, como para permitirme llamarte así.
Y en algún momento se decidió o decidiste el instante de tu muerte y que hacia esa perfección del silencio te llevaste también la posibilidad de continuar tu arte, de seguir el intento de alguna vez encontrar la puerta que te condujera a otro territorio poético, donde no sonaran al unísono la intensidad poética de ir hasta el fondo, la Sombra, la muerte... quizás ese jardín infantil, esos ojos azules.
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Alejandra, si dirijo a vos mis palabras, no sólo es porque tu vida, tu poesía ha resonado, resuena en mí o porque sienta que tenemos puntos coincidentes en nuestras vidas, o mejor dicho, mi vida con respecto a la tuya, sino porque te "hamo" (con hache), quizás así como lo sostendría Oliveira, aquel querido personaje de Cortázar en Rayuela y su uso particular de las haches . El tiempo ha propiciado este desencuentro, mi enorme tristeza actual de no haberte podido conocer, de no haber estado cerca tuyo en algún instante de tu vida.
Yo, en 1972, recién andaba por mis casi 5 años, demasiado lejos de tu voz poética, de tu avasallante presencia... tan a destiempo de ofrecerte mi luz, este empuje hacia la vida por más que me desbarranque algunas veces.
Pero a pesar de no haberte vivenciado, has llegado a mí.
Ha quedado irrefrenablemente la intensidad de tus escritos, de tus juegos verbales, de tu sarcasmo, de tus marcas en la memoria de tantos que te han querido, tus fotos, tus dibujos y quizás el eco de tu voz.
Creo que tengo la fantasía de que hubiera podido "salvarte": del silencio perfecto, del retorno al jardín que guardaba terriblemente tu infancia, de tu desestructuración cada vez más acentuada, de tu desamparo, de tu carencia fundamental (?), de tu devastadora sensación de soledad.
Necesito dejar este testimonio. Estar completamente segura que también conmigo hubiera sido "el cielo y el infierno", para ambas. No puedo creer ni sostener que nada habría sido posible de hacer para tornar distinta tu vida... ¿O ibas desde el principio a ese mar sin palabras ni luces que es la muerte?
Sasha, he comenzado a admirar tu poesía y creo que con vos, sí cabe saber de tu vida, acariciar el recuerdo, el eco que en otros dejaste de tu paso, de tu voz, de tu imbancable manera de estar, de no querer pasar desapercibida ante los otros, de necesitar desesperadamente de esos otros que también se dejaron seducir por tu prisma particular, por aquello que te ha hecho inigualable y por lo que a pesar de tus "pataleos" te han querido mucho.
Supongo que alguna vez te reconociste; dejaste a la-chica-que-se-creía-fea y te miraste en lo bellísimo de tu alma.
Al terminar de leer esa buena biografía que te han escrito, te ofrecí la luz que hay en mí para que pudieras entrar allí... y quedarte, quedarte. No sólo por la resonancia de tu vida en mí (y de allí que me atreva a decir que con la misma intensidad que nos hubiéramos querido, nos hubiéramos peleado una y otra vez), no sólo por la increíble fuerza de tu poesía, o las incoherencias de tus juegos verbales, o tu bohemia, ni siquiera por esa fascinación de "ir hasta el fondo", límite donde emerge la muerte, sino porque aunque me sienta tan mediocre a tu lado, y aunque evoques e invoques en mí tantas, tantas preguntas de una manera distinta, me queda el inmenso aroma de tu compañía y que ante mis vaivenes ciclotímicos, me hablan de que hay un punto posible de encuentro con alguien más allá de toda distancia; aunque no lo creas (y sé que no le hablo a tu muerte, sino a la gran huella de tu vida aun teñida de sufrimiento pero también de alegría, felicidad), me has dejado algo tan inolvidable como el destello de tu vida, aunque creo que vos nunca o muy contadas veces lo percibiste. Has hecho con la materialidad de tu palabra y en ella vos contenida y estallando, una fuerza que me habla de otro ser con sensaciones de carencias fundamentales. Y que es cierto, la escritura no pudo impedir tu último salto o hasta te llevó a allí... ¡pero mujer!, has vivido junto con tus arrebatos, con lo más infantil de vos, con lo más procaz, con tus defensas/ataques para acercar/rechazar a otros... Pero has vivido, has tenido más allá de tu negación una presencia en tantos otros.
Alejandra, te amo profundamente.
Alejandra, creo que la muerte NO es un arte como otros; no hay retorno posible de la muerte para seguir creando, para tocar algo y que eso sea diferente y que allí se reconozcan tus manos, tu cuerpo, tus sensaciones, tus pensamientos. No. No hay palabras para la muerte. Es el peldaño sin retorno. Decidiste o no pudiste más que caer en esa sombra eterna, pero aquí, de este lado queda tanto de vos, tanto... Y no sólo de tu sufrimiento, no sólo de tu dolor, de tu soledad, sino de esa niña/mujer que también amó y fue amada y que a su particular manera trascendió al olvido: seguiré aquí, intentando la lucha, la creación trascendente de mi vida, aquí de este lado y también con tu poesía.
Ojalá descanses en paz, mi querida Alejandra.






Ref: Piña, Cristina: Alejandra Pizarnik, una biografía. Ed. Corregidor, Buenos Aires.

Y que de mí sólo quede
la alegría de quien pidió
entrar y le fue concedido.


Alejandra Pizarnik

1 comentarios:

  1. Uff!!!que palabras...Susana tu carta es entrañable, seguramente Alejandra en el lugar que se encuentre sentirá que su paso por aquí, no fue en vano.
    Un abrazo
    Y gracias por los poemas, sobre por “la carencia”

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