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viernes, 10 de agosto de 2007

Ray Bradbury
Ray Bradbury, Fahrenheit 451


Hace un tiempo que andaba buscando un libro para regalarle a mi sobrina que para mi propia sorpresa ya tiene 18 años. Pero andaba buscando algún libro no simplemente desde la pasión que en mí hubiera despertado o el interés o el afecto; sino un libro que en mí hubiera dejado huellas difíciles de transmitir respecto a las sensaciones, pero que todavía siguiera resonando en mi memoria, en mi recuerdo, en mi cuerpo, de algún modo cada día de mi vida. Y recordé este libro que llegó a mis manos luego de Crónicas marcianas y haber descubierto a un escritor tan peculiar como Ray Bradbury, en mi propia adolescencia, en mis apenas 17 años cuando todavía todo era demasiado grande e impensado y aun debía transitar tantas cosas atascadas de y en mí, como por ejemplo, simplemente querer armar esta página haciendo circular sea en la música, la literatura, aquellos encuentros que me han apasionado. Aquella adolescente encontrándose con este libro Fahrenheit 451 y ahora queriendo a la vez compartirlo con su sobrina luego de tantos años, cuando todavía estos párrafos laten en mi piel como brújula no sólo de los seres con los que también han dejado huellas en mí, sino con el intento cotidiano, a veces no continuo pero intento al fin, de hacerse un nombre, en esa particularidad que el texto de Bradbury distingue entre un “cortador de césped” y un “jardinero”, lo cual no es fácil y el tacto como medida de lo que transforma. Pero precisamente en los tiempos que corren, cuando el intento es de la uniformidad, del todos por igual, de las comunidades donde la masa nos intenta nombrar como “globales” intentar transmitirle a mi sobrina y querer compartir este gesto a ustedes, de algo de lo singular. Y además con la “visionaria” lectura de ese Bradbury por 1953 en imaginar un tiempo donde para aquellos bomberos “su misión” contraria a la habitual, era la de quemar libros, para vivir "mejores y felices" sin ellos, en definitiva para que estos no nos despertaran y no pudiéramos encontrar algo distinto unos de otros. Vivencia acontecida de manera evidente por nuestros pueblos latinoamericanos en las dictaduras que hemos tenido.El valor de lo escrito, de la literatura, de la música... Y viene a mí el recuerdo de una canción y de su autor, un cantaautor admirable para mí, como es Jorge Fandermole (rosarino) que nos ha legado esto: “… no sé más qué hacer en esta tierra incendiada sino cantar…” (Canto versos). Y por ello "rescato", saco una y otra vez del fuego incensato este libro a tantos años de ese encuentro y lo arrojo al fuego pero que despierta la pasión y el deseo de la palabra y lo que ella genera. Libro que sumó, hizo un nudo más para establecer una relación apasionada con los libros y con la vida y con los otros y que a la vez, fue posible conocerlo por una querida y entrañable profesora de literatura que la contingencia puso en mi camino y que agradezco a la música del azar.




FAHRENHEIT 451 – Año de publicación 1953 -



- Escuche – dijo Granger, cogiéndole por un brazo y andando a su lado, mientras apartaba los arbustos para dejarle pasar-. Cuando era niño, mi abuelo murió. Era escultor. También era un hombre muy bueno, tenía mucho amor que dar al mundo, y ayudó a eliminar la miseria en nuestra ciudad; y construía juguetes para nosotros, y se dedicó a mil actividades durante su vida; siempre tenía las manos ocupadas. Y cuando murió, de pronto me di cuenta que no lloraba por él, sino por las cosas que hacía.



Lloraba porque nunca más volvería a hacerlas, nunca más volvería a labrar otro pedazo de madera y no nos ayudaría a criar pichones en el patio, ni tocaría el violín como él sabía hacerlo, ni nos contaría chistes.



Formaba parte de nosotros, y cuando murió, todas las actividades se interrumpieron, y nadie era capaz de hacerlas como él. Era individualista. Era un hombre importante. Nunca me he sobrepuesto a su muerte. A menudo, pienso en las tallas maravillosas que nunca han cobrado forma a causa de su muerte. Cúantos chistes faltan al mundo, y cuántos pichones no han sido tocados por sus manos. Configuró el mundo, hizo cosas en su beneficio. La noche en que falleció, el mundo sufrió una pérdida de diez millones de buenas acciones.Montag anduvo en silencio.

- Millie, Millie – murmuró-. Millie.



- ¿Qué?



- Mi esposa, mi esposa. ¡Pobre Millie, pobre Millie! No puedo recordar nada. Pienso en sus manos, pero no las veo realizar ninguna acción. Permanecen colgando fláccidamente a sus lados, o están en su regazo, o hay un cigarrillo en ellas.



Pero eso es todo.



Montag se volvió a mirar hacia atrás.



“¿Qué diste a la ciudad, Montag?”



“Ceniza”.



“¿Qué se dieron los otros mutuamente?”



“Nada.”



Granger permaneció con Montag, mirando hacia atrás.



- Cuando muere, todo el mundo debe dejar algo detrás, decía mi abuelo. Un hijo, un libro, un cuadro, una casa, una pared levantada o un par de zapatos. O un jardín plantado, algo que tu mano tocara de un modo especial, de modo que tu alma tenga algún sitio a dónde ir cuando tú mueras, y cuando la gente mire ese árbol, o esa flor, que tú plantaste, tú estarás allí. “No importa lo que hagas – decía-, en tanto que cambies algo respecto a cómo era antes de tocarlo, convirtiéndolo en algo que sea como tú después de que separes de ellos tus manos. La diferencia entre el hombre que se limita a cortar el césped y un auténtico jardinero está en el tacto. El cortador de césped igual podría no haber estado allí, el jardinero estará allí para siempre”.



Granger movió una mano.



- Mi abuelo me enseñó una vez, hace cincuenta años, unas películas tomadas desde cohetes. ¿Ha visto alguna vez el hongo de una bomba atómica desde trescientos kilómetros de altura? Es una cabeza de alfiler, no es nada. Y a su alrededor, la soledad.“Mi abuelo pasó una docena de veces la película tomada desde el cohete, y, después manifestó su esperanza de que algún día nuestras ciudades se abrirían para dejar entrar más verdor, más campiña, más naturaleza, que recordará a la gente que sólo disponemos de un espacio muy pequeño en la tierra y que sobreviviremos en ese vacío que puede recuperar lo que ha dado, con tanta facilidad como echarnos el aliento a la cara o enviarnos el mar para que nos diga que no somos tan importantes.



“Cuando en la oscuridad olvidamos lo cerca que estamos del vacío – decía mi abuelo- algún día se presentará y se apoderará de nosotros, porque habremos olvidado lo terrible y real que pueda ser.” ¿Se da cuenta? – Gringer se volvió hacia Montag-. El abuelo lleva muchos años muerto, pero si me levantara el cráneo, ¡por Dios!, en las circunvoluciones de mi cerebro encontraría las claras huellas de sus dedos. Él me tocó. Como he dicho antes, era escultor. “Detesto a un romano llamado Statu Quo”, me dijo. “Llená tus ojos de ilusión – decía -. Vive como si fueras a morir dentro de diez segundos. Ve al mundo. Es más fantástico que cualquier sueño real o imaginario. No pidas garantías, no pidas seguridad. Nunca ha existido algo así. Y, si existiera, estaría emparentado con el gran perezoso que cuelga boca abajo de un árbol, y todos y cada uno de los días, empleando la vida en dormir. Al diablo con eso – dijo -, sacude el árbol y has que el gran perezoso caiga sobre su trasero.”






Ray Bradbury, Fahrenheit 451, Ed. Plaza & Janés, S.A., España, 1967, pág. 174


(Ray Douglas Bradbury - EE.UU., Illinois, 22 de agosto de 1920)

3 comentarios:

  1. Querida Su,
    Excelentes ambos: el texto de Bradbury, y tu comentario sobre él. Eso es herencia, para tu sobrina y para el resto de nosotros, eso de convertir un jardín en algo con alma, en algo propio, en algo tuyo.
    Gracias por esa herencia.
    Diana

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  2. Holita Su,
    Pasé, vi luz, entré y todavía te estoy leyendo.
    Dejo besos y promesas de cena.

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  3. Anónimo6/9/07 15:46

    Estoy recién descubriendo su rincón -o rincones, que hay muchos y apetecibles recovecos-. Canciones, poesía, cuentos, fragmentos bien traídos.
    Espero tener tiempo para seguir explorando el laberinto.
    De momento, felicite a su sobrina por el buen gusto de la tía.
    Diarios de Rayuela

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